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El secesionismo, aunque quiera alardear de demócrata, es profundamente antidemocrático y se ha situado en una ratonera

Teresa Freixes

Carles Puigdemont junto a Artur Mas, los dos han actuado con una gran irresponsabilidad. /EFE/Alejandro García

Barcelona, 04 de septiembre de 2017 (12:54 CET)

Ratonera (literal): Artilugio para cazar ratones. Ratonera (figurado): Emboscada fallida.

Agatha Christie, en su obra “La Ratonera” muestra la impotencia de unos personajes atrapados en una casa de huéspedes, tratando de encontrar un (luego dos) asesino y en la que nada es lo que parece. Cada uno ve al traidor en su vecino y no cejan en desempeñar diversos papeles, poniéndose cada cual en el lugar del otro, por ver si, engañándole o autoengañándose, consiguen desvelar el misterio y saber cómo termina el asunto.

La teoría del engaño nos remonta también a la presidencia del “Astut” Mas, el que decía que “había que engañar al Estado” para conseguir el ansiado premio que, en aquel momento, no estaba muy claro si lo que pretendía era más dinero o si, realmente, se había echado al monte del orégano independentista en el que terminó aherrojado y fulminado por la CUP, abriéndose la era Puigdemont, parlamentariamente secuestrada por el rodillo conformado entre esa formación antisistema y la coalición Junts pel Sí.

Pues bien, ese intento de confundir, mediante pretendidas astucias y, en el fondo, malas artes, es lo que creo que está situando al secesionismo en la ratonera, ahogándose en sus propias redes y quedando relegado a sus manifestaciones más grotescas. Destacaré algunos indicadores.

La votación del 1-O, si se produce, no sería una expresión democrática, sino una burla a la democracia

El secesionismo, aunque quiera alardear de demócrata, es profundamente antidemocrático. Todo lo fundamenta, siguiendo al peor Smith, creyendo que la mayoría numérica en el Parlament le faculta a lo que sea, con independencia del contenido o del procedimiento para adoptarlo. Quieren fundamentar la ruptura con el resto de España en un “mandato parlamentario”, que ellos mismos saben, y así fue reconocido por uno de sus más radicales electos, que no responde a la mayoría social por efecto de un sistema electoral que el nacionalismo no ha querido nunca cambiar porque le ha estado favoreciendo desde el primer momento.

Y quieren identificar referéndum ilegal con democracia porque en un referéndum se vota, sin tener en cuenta que el mero hecho de depositar un voto en una urna no garantiza por si sólo que ello se realice democráticamente. La Historia, e incluso el presente, nos ha dado y continúa dándonos, ejemplos deleznables de votaciones, en referéndums y en elecciones, que constituyen una burla a la democracia, porque se realizan sin garantías y porque precisamente mediante la emisión del voto lo que se está haciendo es vulnerar el orden democrático preexistente.

El mero hecho de depositar un voto en una urna no garantiza que se realice democráticamente

El proyecto de Ley del derecho de autodeterminación, con el que se pretende realizar el referéndum del 1 de octubre próximo, es un claro ejemplo de ello: Sin base legal, sin garantías democráticas, sin cumplir con los indicadores plasmados en el Código de buenas prácticas sobre referendos adoptado por la Comisión de Venecia, esa votación, de producirse, no sería la expresión democrática de ninguna voluntad política, sino que constituiría una burla a la democracia. Por eso, fuera del secesionismo, el resto de fuerzas políticas y sociales no están dispuestas a secundarlo

Por eso, sólo ellos lo defienden. Y por eso se van a quedar solos. Pretendiendo “astucias democráticas”, se han metido en la ratonera.

Tampoco han tenido ningún éxito en el flanco internacional en el que han pretendido, también astutamente, librar buena parte de una batalla que saben perdida. Ningún gobierno democrático les apoya. Las Instituciones de la Unión Europea, el Secretario General de Naciones Unidas, se han pronunciado claramente, afirmando que la secesión o autodeterminación no es concorde al Derecho internacional o interno en el caso de Cataluña y que, si Cataluña se desgajara de España, automáticamente quedaría fuera de la Unión Europea y tendría que cumplir con todos los requisitos que se exigen a los terceros estados para formar parte de ella.

Escasos grupos de diputados, la mayoría vinculados al populismo, ya sea de derecha (los más) o de izquierda, les han dado apoyo. Han malgastado enormes esfuerzos y fondos públicos, para intentar que “expertos internacionales” demuestren la bondad y la validez de los postulados secesionistas, concretamente del inexistente “derecho a decidir” como fundamento de una secesión a la que han pretendido calificar de legítima y legal, que tenía que derivar en la creación de la “Dinamarca del Mediterráneo”.

Ningún gobierno democrático ha manifestado su apoyo al proyecto independentista catalán

El último intento, el Informe sobre El legítimo derecho a decidir de Cataluña encargado por el Conseller Romeva, no ofrece nada nuevo bajo el sol; con citas a medias y tergiversaciones que nada tienen que ver con el análisis jurídico, fundamentando la opinión básicamente en un “empirical wiewpoint” propio de una “open society”, en la que todo debe ser resuelto en una negociación política, aunque se supere el marco legal, es propagandísticamente presentado como un texto preparado por expertos de categoría mundial. Pues bien, rápidamente, el ratón ha vuelto a caer en la ratonera, puesto que la autoría corresponde a personas con cierto nombre, sí, pero respondiendo a un encargo de parte y cuya “expertise” en el tema de “la Cataluña oprimida por España” deriva de los contratos y subvenciones que la Generalitat, directa o indirectamente (vía Diplocat o CIEMEN) les ha proporcionado.

Sus trayectorias, en conjunto, se sitúan en la defensa y promoción de movimientos secesionistas en prácticamente todo el mundo. Así que, pese al “experimento”, tampoco cuela.

Ello nos conduce a reflejar lo que constituye un intento de manipulación informativa sin precedentes (se inició con el famoso “editorial conjunto”, dirigido a presionar al Tribunal Constitucional cuando tenía que dictar la sentencia sobre el Estatuto de 2006) que ha sido complementada por una teatralidad creciente, mediante performances de todo tipo, orquestadas para constituir centros de atención mediática. Desde las archiconocidas, en demasiados movimientos antidemocráticos, procesiones de antorchas (incluso dentro de universidades como la mía), hasta las representaciones del minuto 17,14 en el Camp Nou con todo el attrezzo necesario para la ocasión, las plantadas de cruces en las plazas de pueblos y ciudades representando los “muertos” producidos por los recortes estatales en sanidad (siendo la Generalitat la administración competente en este ámbito), hasta el más abyecto intento de querer presentar la manifestación contra el terrorismo y de solidaridad con las víctimas del reciente atentado islamista como un triunfo del independentismo, comportando una actitud contraria a la presencia de las instituciones españolas que habían acudido a la misma.

Seguramente no entendieron bien a Laswell (y eso que es un clásico) o a la Escuela empirista de Columbia, ni escogieron bien a los “influencers”, porque también ahí se metieron en la ratonera, pues nunca ha estado tan discutida la política de comunicación de la Generalitat como en estos momentos. Tras pretender mostrar al mundo la autosuficiencia de Cataluña, se encuentran ahora con que tienen que dar explicaciones sobre cuestiones que bien se hubieran podido ahorrar si no se hubiera optado por esa “astuta” megalomanía.

La culminación del disparate jurídico es el engendro de la ley de transitoriedad, que pretende derogar la Constitución

La falta de rigor jurídico está también originando un fiasco en la dinámica del secesionismo. No sólo porque prácticamente todas las leyes que adoptan en esa “construcción nacional” son declaradas anticonstitucionales por el Tribunal Constitucional, sino también por los vicios de procedimiento en que están incurriendo al adoptarlas, ya que, hurtando las leyes a la discusión en comisión y pleno, pretendiendo aprobarlas con toda celeridad tras una admisión a trámite que no pasa por los cauces normales, con la intención de dificultar trapaceramente que puedan ser objeto de control de constitucionalidad, se quiebra la principal garantía procedimental de la democracia parlamentaria, consistente en la posibilidad de discutir y enmendar los proyectos legislativos, así como el principio de transparencia, la antigua “luz y taquígrafos” que debe presidir los trabajos de los parlamentos.

La culminación de todo este disparate jurídico la encontramos en el engendro de la “Proposición de ley de transitoriedad” por el que pretenden derogar la Constitución de 1978 mediante una norma con valor de ley, como si de la Ley Habilitante alemana de 1933, de infausta memoria, se tratara; de completar esa derogación mediante decretos!! de la Generalitat y de amnistiar a quienes hubieran sido condenados por conducta ilegal secesionista. Se quiebra el principio de jerarquía normativa y el de la regla de reconocimiento (si Kelsen y Hart levantaran la cabeza….)

Todo ello en aras de unas normas que pretenden aprobar sin haber pasado por el trámite parlamentario ordinario porque piensan que así podrán eludir las responsabilidades por desobediencia a las resoluciones del Tribunal Constitucional, que son nulas de pleno derecho y repugnan a todo orden jurídico que se precie de serlo, para tener así expedito el camino a una declaración de independencia y crear, como si en Alicia en País de las Maravillas estuviéramos, una República catalana independiente.

Pensarán que han llegado a Ítaca… puede que, incluso, monten un “Maidan” en cualquier lado, pero se darán de bruces con una realidad sociopolítica y económica compleja que se resiste a aceptar tamaño disparate. La ratonera en la que se han metido no les devolverá, como a Alicia, su imagen en el espejo. Les situará frente a una Cataluña que mayoritariamente no respalda su proyecto, porque quiere ser, como lo fue, pese a ellos, que han estado allí agazapados, dispuestos a usar todo tipo de artimañas, una Cataluña democrática y respetuosa de la ley, inserta en España y en Europa.   

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