Seguidores de Marine Le Pen pasan frente a un poster de la candidata a la segunda vuelta. EFE/SN

El rapto de Europa

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Los cambios y transformaciones en el orden económico han provocado la aparición de un sinfín de populismos de diferentes colores

Santiago Mondejar

Seguidores de Marine Le Pen pasan frente a un poster de la candidata a la segunda vuelta. EFE/SN

Barcelona, 26 de mayo de 2017 (09:55 CET)

En 1992 Francis Fukuyama proclamó la defunción del materialismo histórico y la hegemonía universal de la democracia liberal de mercado. Lo cierto es que el optimismo que trajo la muerte súbita del imperio soviético tras cuatro décadas de guerra fría pareció confirmar la prevalencia de un consenso político. Lo hacía bajo diferentes denominaciones, en un abanico que abarcaba desde la socialdemocracia a la democracia cristiana.

Este consenso ha saltado en mil pedazos en 2016, primero con el brexit y luego con la victoria de Trump, y el peligro de la Espada de Damocles lepenista. Todos casos trufados por la latente emergencia de populismos multicolor y los micronacionalismos en toda Europa, auspiciados por un Vladimir Putin proverbialmente encarnado en un toro posverdadero que se afana en secuestrar a Europa.

¿Qué ha pasado para que hayamos entrado en regresión y nos encontremos en esta situación? A mi entender, y recurriendo a la sufrida Teoría General de Sistemas, podemos considerar que el modelo económico imperante era mucho más interdependiente de lo que ingenuamente se creía, y que la fe en el pacto social que lo legitimaba se ha agotado. O que, usando la fraseología marxiana, el sistema ha sucumbido a sus contradicciones internas, que no por veladas eran menos reales.

Vayamos por partes: la prosperidad que las democracias liberales disfrutaron desde el final de la Segunda Guerra fue fruto de un análisis integrado llevado a cabo por las élites políticas occidentales ante la amenaza comunista, que concluía que la principal amenaza para la democracia liberal era el desempleo.

Ello dio lugar a la promoción de políticas comunes orquestadas para lograr que los niveles desempleo se mantuviesen por debajo del 5%. En la práctica significaba virtualmente el pleno empleo y un Estado del bienestar providencial capaz de combinar políticas keynesianas con la inclusión benefactora en el sistema del restante cinco por ciento de la población y que no podía integrarse en el mercado laboral. Y es aquí cuando comienzan a desarrollarse las contradicciones internas.

Tal y como argumentó Michał Kalecki en los años 40, una vez que se alcanza una situación de pleno empleo, los alicientes de los trabajadores para permanecer en un mismo puesto de trabajo se reducen drásticamente, lo que obliga a incentivar la contratación y retención de empleados mediante incrementos salariales.

Lo cual, a su vez, lleva a que las empresas eleven los precios de sus productos y servicios. Es decir, creando inflación y contrayendo deuda para crecer. Esta es precisamente la dinámica en la que entraron las democracias avanzadas: a mayores niveles de empleo, mayores niveles de inflación, lo cual quedó de manifiesto en el bienio 50-60, un periodo en el cual se alcanzó un escenario en el que los niveles de desigualdad se situaron bajo mínimos históricos gracias a la contención de los beneficios empresariales y la amortiguación del peso de la deuda merced a la inflación. 

Naturalmente, esta inflación inducida, en realidad significaba un impuesto sobre los rendimientos de los inversores y los prestamistas que veían así sus retornos restringidos y por ende menguados. A todo lo cual tanto las empresas como las entidades financieras reaccionaron promoviendo un nuevo paradigma económico en el que el pleno empleo pasaba a un segundo plano en beneficio de la estabilidad de los precios, lo que inevitablemente condujo a la inducción del desempleo como medida correctora de las dinámicas inflacionistas antes descritas.

Esto llevó a un estricto control salarial que tuvo como consecuencia el predominio de un mercado de acreedores, creando la ficción de un estancamiento inflacionario acoplado a un aumento de la productividad estimulado por la inversión y basada en deuda que en términos reales solo beneficiaba a los proveedores de capital.

 En 2017 nos encontramos con la paradoja de que el neonacionalismo está representado por Syriza, Trump y Le Pen

Por supuesto, este modelo no era sostenible, y así, la crisis de 2008 obligó a los bancos centrales a poner las imprentas a toda máquina para inyectar papel moneda en una economía que una vez más adolecía de contradicciones internas acentuada por la falta de liquidez monetaria.

De nuevo, los rendimientos del capital se situaron bajo mínimos, aunque esta vez a causa de la deflación provocada por tipos de interés virtualmente negativos, colocando a los trabajadores en activo en una situación insostenible ante un mercado laboral precario y volátil, unos niveles de endeudamiento incremental desproporcionados y una constricción salarial sistémica.

Todo eso nos lleva al 2017, momento en el que los ciudadanos descubren inadvertidamente el poder que el voto les otorga para darle una patada al monetarismo en la espinilla de la democracia liberal.

Se levanta el telón y aparecen, al igual que en el periodo de entreguerras y como setas, los populismos, basados en las mismas premisas que sus antecesores: antideuda, antiliberalismo, proteccionismo, aislacionalismo y nacionalismo. La diferencia con los años 30 del siglo XX estriba en que en 2017 nos encontramos con la paradoja de que este neonacionalismo representado por Syriza, Farage, Trump, Le Pen y una pléyade de clones (entre los que destaca por méritos propios el separatismo catalán), lejos de ser un fenómeno localizado, es una pandemia mundializada que se retroalimenta gracias a la globalización de la que aborrecen.

En el caso occidental, el populismo se manifiesta en una desafección de amplios sectores de la población trabajadora que, que adolece de una educación formal limitada y resiente los efectos laborales de la globalización en su forma de vida, impeliendoles a una alienación de facto que es fácilmente explotable por movimientos populistas que recogen la perdida de dignidad social y respecto que perciben quienes no se benefician de la globalización.

Durante varios lustros cundió el espejismo de que encajes como la a Tercera Vía de Giddens podrían llegar a un equilibrio político basado en una economía mixta, y así tomar la iniciativa para superar la crisis en la que la socialdemocracia occidental la entro al albur de la implosión del bloque soviético.

En la practica, este intento acabo por ser su canto del cisne, encarnado por el pacto con el diablo de Clinton y Blair con los mercados de capital y los productos financieros como las hipotecas subprime que catalizaron el colapso del sistema bancario en 2007 y sirvió para incubar los populismos en ciernes que surgieron del colapso ideológico de los partidos socialdemócratas que debían haber sabido contener la desesperación de las víctimas de la crisis canalizando en positivo la desafección de un sistema que ya no encontraban relevante mas allá de una función asistencial que tiende al paternalismo y erosiona la dignidad de los trabajadores que resintieron no ser de utilidad a la sociedad.

Estos amplios sectores demográficos acabaron, a falta de alternativas ilusionantes retrayéndose del mercado de trabajo y de la vida social en general, subsistiendo con ayudas publicas que solo logran cimentar su convencimiento de ser una carga para una sociedad paralela a cuyo progreso ya no pueden contribuir de una manera activa.

En épocas de crisis existencial, la autoafirmación nativista cumple la triple función de escapismo

Durante algunos lustros cundió el espejismo de que encajes como la a Tercera Vía de Giddens podrían llegar a un equilibrio político basado en una economía mixta, y así tomar la iniciativa para superar la crisis en la que la socialdemocracia occidental la entro al albur de la implosión del bloque soviético.

En la práctica, este intento acabo por ser su canto del cisne, encarnado por el pacto con el diablo de Clinton y Blair con los mercados de capital y los productos financieros como las hipotecas subprime que catalizaron el colapso del sistema bancario en 2007 y sirvió para incubar los populismos en ciernes que surgieron del colapso ideológico de los partidos socialdemócratas que debían haber sabido contener la desesperación de las víctimas de la crisis canalizando en positivo la desafección de un sistema que ya no encontraban relevante mas allá de una función asistencial que tiende al paternalismo y erosiona la dignidad de los trabajadores que resintieron no ser de utilidad a la sociedad.

Estos amplios sectores demográficos acabaron, a falta de alternativas ilusionantes retrayéndose del mercado de trabajo y de la vida social en general, subsistiendo con ayudas públicas que solo logran cimentar su convencimiento de ser una carga para una sociedad paralela a cuyo progreso ya no pueden contribuir de una manera activa y respetada por el resto de la sociedad.

Lo hemos visto en el Reino Unido, Estados Unidos, Francia pero también en España: en épocas de crisis existencial, la autoafirmación nativista cumple la triple función de escapismo, de darle sentido a la existencia y de proyectar las frustraciones propias en los otros.

Esta situación se exacerba debido al aumento exponencial de los flujos de personas fruto de la expansión de los entramados comerciales entre países, de las migraciones por razones económicas y por el solapamiento de múltiples sistemas normativos y legales cada vez más complejos que resultan de difícil asimilación para el ciudadano de a pie, y que se aferran al simplismo utópico, asibilbe y reconfortante de las propuestas populistas.

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