El peligro que el PP no quiere ver

05 de junio de 2016 (20:33 CET)

Lo ha conseguido Mariano Rajoy. En su entorno había dudas sobre su estrategia. No entendieron, en el primer instante,  su decisión de no presentarse al debate de investidura. El presidente del Círculo de Economía, Antón Costas, que se entrevistó con el propio Rajoy y Pedro Sánchez justo después de las elecciones del 20 de diciembre, esperaba una abstención del PP –y, posteriormente, de Podemos—tras la iniciativa del PSOE y de Ciudadanos de impulsar un programa de gobierno conjunto. Pero Rajoy estaba en otra cosa.

El núcleo de dirigentes más duro del PP tenía claro que en ningún caso Rajoy iba a facilitar un gobierno presidido por Sánchez. Y así ha sido. No se presentó a la investidura –es lo que esperaba el PSOE para comprobar la soledad del PP, tras un debate que hubiera sido durísimo para el presidente en funciones—y aguantó las negociaciones del resto de partidos con una clara estrategia: polarizar la política española entre dos bandos, el PP, como supuesta fuerza política sensata, y Podemos, identificada como una fuerza que traerá el desastre en España.

A eso ha jugado Rajoy, ayudado por medios de comunicación que han potenciado a Podemos, y que han logrado que sea visto por muchos ciudadanos como una alternativa real. Al margen de los errores propios de los socialistas, y de sus constantes dudas sobre Pedro Sánchez –y de los errores del secretario general—el PSOE se ha quedado atrapado, y puede ser el gran damnificado de las elecciones del 26 de junio.

Las encuestas se empeñan en mostrar a Podemos-Izquierda Unida por delante de los socialistas. Los partidos políticos pueden pasar por crisis profundas. Es ley de vida, como les ocurre a los ciudadanos particulares o a las empresas. Pero para el conjunto de España la polarización política en dos grandes bloques no es nada positivo. Máxime cuando uno de esos bloques es consciente de que no quiere gobernar, de que su momento llegará más tarde. Lo ha verbalizado el ahora referente de Podemos, tras el acuerdo con Izquierda Unida, Julio Anguita. La obsesión es ir quemando etapas, y la primera pasa por desbancar al PSOE como referente de la izquierda, para acumular fuerzas –que es un lenguaje netamente comunista— y disputar, más tarde, el poder al PP.

Ese es el peligro que el PP no quiere ver. Se permite, además, algunas frivolidades, como reclamar al PSOE una gran coalición, con el argumento de que el PP, en condiciones similares a los socialistas, haría lo propio, como ha asegurado el ministro de Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz.

¿Seguro que se prestaría? Es fácil decirlo cuando se sabe que esa posibilidad es muy remota. Los precedentes, en todo caso, van en la dirección contraria. Gran parte de lo que le ocurre al PSOE está relacionado con la gestión de la crisis económica. En mayo de 2010 la Comisión Europea exigió cambios profundos. Rodríguez Zapatero reaccionó, y no tuvo al PP de su lado. Todo lo contrario.

¿El defecto del PSOE cuando estuvo en el Gobierno? No tocar nada de una política económica que había impulsado el PP y que había provocado un progresivo déficit exterior, que llegó a ser en 2007 –ya con Zapatero—del 10% del PIB. Por tanto, aquella responsabilidad fue, como mínimo, compartida. Pero se prefirió, por parte del PP, cargar contra el adversario para alcanzar el poder.  

Ahora, algunos dirigentes del PP, en privado, sostienen que se les ha ido la mano alentando a Podemos. ¿Recuerdan a Rajoy susurrando a Pablo Iglesias que las encuestas indicaban que le iba "muy bien" a Podemos, antes del 20D?  

Un país polarizado entre un centro-derecha que cree que no debe cambiar nada, y un bloque de izquierdas –con clara influencia comunista—que prepara cuanto antes el asalto al poder—no augura nada bueno para el futuro.
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