Carles Puigdemont en Bruselas, con sus exconsejeros, que admiten que el 155 supuso un baño de realismo. EFE/ Horst Wagner

El imprescindible baño de realismo del independentismo

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El independentismo necesita un auténtico baño de realismo que pase por aceptar los efectos devastadores que ha tenido y tiene para la economía catalana

Jordi García-Soler

Carles Puigdemont en Bruselas, con sus exconsejeros, que admiten que el 155 supuso un baño de realismo. EFE/ Horst Wagner

Barcelona, 27 de noviembre de 2017 (18:16 CET)

Los principales dirigentes del independentismo catalán parecen empeñados en insistir en sus errores. Casi todos ellos se niegan a asumir que la unilateralidad en la que basaron sus promesas de independencia les ha conducido, tal como muchos les habíamos vaticinado, al puro desastre. Un desastre que no tendría mayor trascendencia si les afectase solo a ellos y a sus seguidores, pero que es de una extremada gravedad por las terribles consecuencias que este desastre tiene para el conjunto de la ciudadanía de Catalunya.

Nadie, excepto los más empecinados defensores de ese independentismo “low-cost” que se nos quiso vender, puede negar ya los efectos devastadores que ha tenido y tiene para la economía catalana el desarrollo insensato y falaz de una hoja de ruta sin fundamento alguno. Miles de empresas catalanas -casi todas las más importantes, comenzando por las dos únicas entidades financieras con auténtico peso y muchas otras de sectores estratégicos, pero también infinidad de empresas medianas y muchísimas de las pequeñas, incluso autónomos- han trasladado sus sedes sociales, y en no pocos casos también fiscales, en busca de una mínima estabilidad.

Si le añadimos los efectos negativos que en estos dos últimos meses se han detectado también en sectores muy importantes para la economía catalana, desde el turismo y el comercio hasta la hostelería, la restauración y todo tipo de espectáculos, está claro que el desastre tiene unas características tremendas.

Sus peores consecuencias se dejarán sentir de verdad cuando, pasada la habitual euforia consumista de las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes, la realidad se imponga con toda su crudeza, con un incremento sustancial del paro y tal vez incluso con el traslado de centros de producción existentes aún en Catalunya.

Puigdemont ha tomado la directa, con ataques no ya contra el Gobierno español, sino contra la UE

No obstante, a mi modo de ver las peores consecuencias del alocado viaje a ninguna parte emprendida en su día por Artur Mas y seguida por su sucesor, Carles Puigdemont, definitivamente ya sin ningún criterio, es la cada vez más notoria y profunda escisión social que se ha producido en la ciudadanía catalana y entre ésta y las ciudadanías española y europea. Por mucho que lo nieguen los líderes del secesionismo y sus altavoces mediáticos, esta escisión social es ya innegable, la reconoce la inmensa mayoría de la ciudadanía catalana y parece difícilmente reversible a corto e incluso a medio plazo. El daño hecho a la convivencia ha sido y es terrible. Como es terrible también el grave deterioro causado al prestigio internacional del que venía gozando, en especial desde 1992, la ciudad de Barcelona y, por extensión, el conjunto de Cataluña.

Aunque el ya cesado consejero de Salud de la Generalitat, Toni Comín, se haya atrevido a hablar desde su estancia en Bruselas de un supuesto “baño de realismo” experimentado por el movimiento secesionista durante las últimas semanas, los hechos no nos dan ni un solo indicio de que se haya producido este milagro tan esperado.

Con una contumacia insuperable, los dirigentes del independentismo persisten de forma tozuda en sus errores, ya sea Marta Rovira, secretaria general y candidata de ERC, insistiendo en que el Estado les había amenazado con una feroz respuesta armada “con sangre en las calles”, o bien sea el ex-presidente Carles Puigdemont con sus ataques descabellados y sin fundamento no ya contra el mismo Estado español sino también contra la Unión Europea, en ambos casos con descalificaciones absurdas tanto a sus más importantes instituciones como a sus máximos dirigentes.

El baño de realismo comporta entender que el 71% de los catalanes desea un acuerdo con el Gobierno español

Al movimiento independentista le es ya absolutamente urgente y necesario, me atrevo a decir que incluso imprescindible, un buen baño de realismo. Quizá no le dé réditos electorales, porque comporta de modo inexcusable reconocer el despropósito absoluto de la vía seguida hasta aquí.

Pero este baño de realismo al que debe someterse de forma inmediata el movimiento independentista, todos sus dirigentes, sus propagandistas y también sus siempre leales, entusiastas e ilusionados seguidores, a buen seguro que nos evitaría a todos, y en primerísimo lugar a todos y cada uno de los ciudadanos de Cataluña, prolongar una caída al vacío, un descenso a la nada.

Una vez hecho este baño de realismo, es muy probable que comprendan que el 71% de los ciudadanos de Cataluña desearían que, tras las elecciones del 21D, se intentase buscar un acuerdo con el Gobierno español para resolver el encaje de Cataluña en España, y que el 56% considera que esto es también lo más probable que suceda.

Quizá incluso lleguen a entender que únicamente el 24% de los ciudadanos de Cataluña preferirían que se intentara continuar con el proceso secesionista, y que solo el 26% considera que este será el camino que se seguirá.

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