29 de marzo de 2016 (23:00 CET)

José María Aznar aparece de forma periódica. Siempre está. Pero se esconde. Le gusta entrar en escena en el momento adecuado. Y este martes lo hizo en la Casa América en el acto de homenaje a Vargas Llosa por su 80 aniversario.

Aznar coincidió con Mariano Rajoy, se dieron la mano, pero se evidenció el enorme distanciamiento entre los dos presidentes que ha tenido el PP. Aznar es un hombre antipático. Difícil de tratar. Este cronista coincidió con él en un acto de Faes en Navacerrada en julio de 2008. Su comentario fue elocuente: "¿Qué cómo estoy?, ¡resistiendo, ya ves, aguantando!".

Y es que Aznar lo ha pasado mal, se le ha quedado ese rostro bronco de quien sabe que ha cometido errores graves, y que, también, ha superado momentos muy angustiosos, como el frustrado atentado contra su persona por parte de ETA. Pero Aznar representa a una especie de político que se echa en falta.

El enorme Tony Judt, en Algo va mal (Taurus), relataba la necesidad de que la socialdemocracia olvidara sus errores, que se dejara de flagelar y que diera un golpe en la mesa para defender las conquistas sociales alcanzadas. Y se refería a Thatcher, no para alabarla por sus políticas, pero sí para destacar su personalidad y liderazgo. Thatcher tenía un proyecto, creyó en él y trató de ponerlo en practica.

Es cierto que los políticos deben tener cintura, y que no pueden dejar de lado, por completo, a las opiniones públicas, pero los ciudadanos reclaman a gritos que defiendan algo, un programa, una idea, una reforma, algo, y que lo hagan con convicción, no mirando encuestas a cada momento.

Es lo que reclamó Aznar, en presencia de Rajoy. "Necesitamos nuevos liderazgos, capaces de ejercer una tracción social, moral y política a la altura de los desafíos que tenemos", aseguró. Se trata, a su juicio, de "repensar" las "grandes iniciativas sobre las que se ha estructurado el mundo desde mediados del siglo pasado". Para Aznar, la "revolución tecnológica vertiginosa" obliga a rehacer "todo lo que se ha escrito sobre teoría del Estado, división de poderes, sistemas electorales o sobre la soberanía".

Y tiene razón. Aznar pide lo que los ciudadanos esperan: liderazgos que, con proyectos, sean capaces de aunar voluntades, de tener detrás a una gran mayoría para llevar a un país a mayores cotas de desarrollo. Aznar lo hizo. A muchos les gustó. A otros les irritó. Se equivocó en la guerra de Irak, pero tuvo una idea sobre el papel que podía ocupar España en ese momento.

Su peor momento llegó con los atentados del 11M, y es ahí donde surgen todas las dudas: señor Aznar, es difícil salir de nuevo a escena con esa mochila. Un político debe liderar, pero no manipular, en una situación tan grave, al conjunto de la sociedad. Pero eso sólo lo sabe el propio Aznar, y será él quien deba, algún día, explicarlo con detalle.

En cualquier caso, vale la pena quedarse con esa idea del liderazgo de Aznar. Su jefe de gabinete, en su etapa en La Moncloa, Carlos Aragonés, coincidió con el jefe de gabinete de Felipe González, José Enrique Serrano, en un acto organizado por Foment del Treball antes de las elecciones del 20D. Y la coincidencia de los dos fue total: González y Aznar han sido los únicos presidentes del gobierno con "mirada larga", con proyectos para España.

Y eso ahora, sin gobierno, y con escasos líderes, se echa en falta. Aunque no es algo propio de España. Tony Judt lo deja claro respecto a otras latitudes:

"En el mundo angloparlante, la egoísta amoralidad de Thatcher y Reagan abrió el camino al discurso vacío de los políticos del baby boom. Con Clinton y Blair el mundo atlántico se estancó con afectación".

Y así vamos.
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