El discurso del rey

22 de junio de 2014 (00:00 CET)

Hace un par de semanas, me dirigí a ustedes expresándoles mi condición de republicano. Lo hice, si recuerdan, por una razón fundamental: creo que en una sociedad moderna debe ser la meritocracia y no el derecho de sangre lo que otorgue a cualquiera de sus miembros derechos y deberes, responsabilidades y beneficios.

Con el mismo convencimiento, me oponía a lo que consideraba una nueva frivolidad: la exigencia de un referéndum para decidir entre monarquía o república. Sin más contenido, esa reivindicación me parecía, y me parece, una demanda oportunista, que además soslaya problemas más graves y urgentes que debemos resolver. Por ejemplo, el tema del aforamiento de nuestros cargos públicos.

Como suponía, ese pretendido debate ha ido perdiendo fuerza acelerada conforme discurría el calendario y puestos a medir apoyos en base a la capacidad de movilización conté bastante menos banderas republicanas en Tirso de Molina que rojigualdas en los aledaños del Congreso. Pero ni una cosa ni otra, créanme, me merecen otro valoración que la de una pura anécdota.

La validez o no del rey Felipe la certificarán sus actos, el papel que sepa o pueda desempeñar, los principios que encarne y los valores que sepa transmitir. Y de todo ello pasará regularmente un examen, del que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) levantará las oportunas actas. Arranca con un 3’5, que es la nota que según el último barómetro los españoles daban a la Casa Real. O consigue levantar rápidamente esa mala puntuación o será parte del problema más que de la solución a la crisis institucional que atraviesa este país.

Los primeros detalles han sido positivos. La ceremonia de proclamación fue austera, sencilla y sin perifollos trasnochados. Suficiente y acorde con la difícil situación en que va a ejercer la jefatura del Estado. En línea con ese respeto que dijo sentir hacia “aquellos ciudadanos a los que el rigor de la crisis económica ha golpeado duramente hasta verse heridos en su dignidad como personas”.

El discurso de proclamación --su primera actuación política de cierta envergadura-- correcto. Aunque quizás la mayoría de ustedes ya lo haya leído o escuchado, me gustaría destacar los párrafos que considero más significativos, y positivos, de esa declaración:

La libertad, la responsabilidad, la solidaridad y la tolerancia, como valores dominantes de su vida. El hecho de subrayar que empieza el reinado de un rey constitucional y la soberanía popular como fuente de su legitimidad --ciudadanos fue quizás una de las palabras más repetida--. Su promesa de una conducta íntegra, honesta y transparente, principios de los que deviene la autoridad moral imprescindible para el ejercicio de sus funciones. Su compromiso con la revitalización de las instituciones. La reafirmación de absoluto respeto hacia la independencia del Poder Judicial, cuando en unos días su hermana puede ser imputada…

Probablemente, muchas personas dirán que qué menos, pero había que decirlo y les invito a que comparen este discurso con otros. Sólo desde la obcecación, como parece ser el caso de Artur Mas, se puede mostrar insatisfacción porque a lo largo de las escasas cinco páginas y medias de la disertación no se había dicho que España era un Estado plurinacional. Es verdad, pero se habló sin rodeos de una España unida, que no uniforme, y de que “los sentimientos, más aún en los tiempos de construcción europea, no deben nunca enfrentar, dividir o excluir, sino comprender y respetar, convivir y compartir”.

Felipe VI, es verdad, más allá del atrezzo de la ceremonia y ese discurso aún no ha demostrado nada. Está donde está por ser el hijo del rey Juan Carlos, aunque no sólo por eso. Conviene no olvidar que también porque así lo contempla nuestra Constitución. Pero nada es eterno, ni siquiera la Monarquía y menos en el siglo XXI. Deberá ganarse su puesto de trabajo y los sondeos y, especialmente, las elecciones (y los resultados de los partidos que el apoyan) son duras pruebas que ratificarán o no su validez.

Pero si hubo un monarca, Jorge VI, como muestra la oscarizada película “El discurso del Rey” que aprendió a superar su tartamudez y confortar y arengar con sus palabras a su pueblo a ganar una guerra mundial, el joven Felipe en una situación menos dramática quizás también pueda cumplir los enormes retos que tiene por delante. “Si así fuese que dios y la patria os premie; de no cumplir, la patria y la ley os demande”, que dice la historia.
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