stop

El puente de mando ya no controla el conglomerado asambleario y se deriva hacia el populismo, con unas elecciones que harán presidente a Junqueras

Carlos Lareau

El vicepresidente del Gobierno de Cataluña, Oriol Junqueras, próximo presidente de la Generalitat si se deriva en elecciones. EFE/ Andreu Dalmau.

Barcelona, 03 de julio de 2017 (14:02 CET)

Cataluña es un cubo de Rubik. Tiene piezas de colores en cada una de sus caras y si una se mueve, se mueven las demás. El procés sube el diapasón contra el genérico ‘España’; el Parlament conmina a la prensa a publicitar el referéndum y los alcaldes elevan a Carles Puigdemont a caudillo. Y, entre tanto, conocemos la nueva Ley de Transitoriedad, es decir, lo que vendrá después de 1 de octubre. No por boca del president sino a través, precisamente, de los medios. Y al final, Junqueras acabará de presidente.

No hay que esperar al choque de trenes: Cataluña ya es un tren a la fuga. Su cabeza tractora circula hacia las urnas fuera de las vías, aunque aún está por ver, entre a tanto ruido, si serán urnas para un referéndum o para elecciones anticipadas. El Govern, con Carles Puigdemont y Oriol Junqueras a la cabeza, iba presentar el martes la campaña ‘Garanties.cat’ para explicar cómo se hará la consulta. Lo único garantizado ahora es la expectación sobre qué explicación darán a la segunda versión la Ley de Transitoriedad publicada el lunes por El País.

Según la información, si se gana la consulta proclamaría la República Catalana y se abriría inmediatamente “un debate asambleario y social”, de seis meses, seguido de nuevas elecciones “para refinar esas ideas y redactar una Constitución”. No eran las 8.30 y Puigdemont ya tuiteaba con su habitual ironía “¡Qué país más extraño: te acuestas nazi y te levantas bolivariano”. Por su lado, Jordi Turull, jefe del PDeCAT en el Parlament y coordinador del proyecto de Ley de Transitoriedad se “tronchaba de risa; inventiva sin límite”.

La comparación de El País con Maduro y el ‘modelo bolivariano’ ha levantado ampollas. Pero las primeras reacciones fueron de sarcasmo; no de frontal rechazo a la veracidad de la información. Oriol Junqueras, entrevistado en RAC 1, especuló que podría ser una invención: “no tengo ni idea de si el borrador es falso o no; lo explicaremos mañana”.

Procede la aclaración. Y, ya puestos, que se describa cómo la revolución de las sonrisas ha derivado en la retórica de bierhalle de Carles Puigdemont: “Nos tienen miedo… y más nos van a tener”. El president es la rauxa gironina y se crece en cada nueva intervención. “Arnes o urnes”, hay que elegir entre las polillas que carcomen la democracia o la urnas… Clar i catalá.

No hay que esperar un choque de trenes, Cataluña ya es un tren a la fuga

Mis amigos independentistas, que los tengo, niegan que el procés sea populista, pero cada vez resulta más difícil evitar la comparación con los populismos más notorios. Con la América de Trump, por ejemplo. El nacionalismo de Donald Trump, me dicen, es excluyente. El catalán en cambio, es transversal y respeta las diferencias . ‘Transversal’ es una de esas nuevas palabras totales que, cuando se usan como predicado, sirven para zanjar cualquier discusión sobre el sujeto. La Ley de Transitoriedad, en la versión asamblearia que se acaba de filtrar, será tan transversal como secreta está siendo su elaboración.

Y es que hay palabras –patria, justicia, libertad— que se transforman en muros para ocultar lo opuesto de lo que se proclama defender. El jueves pasado, la mayoría independentista invocó la necesidad de asegurar un acceso imparcial a la información para que se prive del dinero público a cualquier medio de comunicación que decline publicar anuncios oficiales relativos al referéndum del 1-O.

Aunque tenga derecho, un medio realmente independiente no pide subvenciones, caso de ECONOMIA DIGITAL. Aún así, la moción de Junts pel Sí a instancias de la CUP viola la independencia periodística y, por tanto, la libertad de información. El ejemplo más flagrante lo encontremos en Hungría, donde el primer ministro Victor Orbán impuso su control de los medios por medio de restricciones a la publicidad gubernamental. Orban, es un nacionalista magyar de línea dura y se hecho célebre por abrazar el concepto de “democracia iliberal”.

Si no supiera que me habla de Hungría, juraría que me está hablando de Cataluña

Fareed Zacharia describió en Foreign Affairs hace algún tiempo las características de esa figura, en contraste con la democracia liberal con que Europa se ha gobernado durante siete décadas: “Son regímenes elegidos en las urnas que a menudo se refuerzan por medio de referéndums; ignoran los límites constitucionales del poder y privan a los ciudadanos se sus derechos y libertades básicas”. Parafraseando un viejo chiste que ya no se puede contar por políticamente incorrecto: “si no supiera, doctor, que me habla de Hungría, juraría que me está hablando de Cataluña”.

Otra característica del los movimientos nacionalistas desde el Gott mitt Uns prusiano, es la exaltación ceremonial en torno al líder de la voluntad grupal para consagrar la unidad de propósito. Toda organización utiliza alguna liturgia como refuerzo emocional de la cohesión: mítines, congresos, fiestas-de-la-rosa, aberri-egunas… Pero el procés, las ha convertido en el elemento central y recurrente de su estrategia, porque su propuesta descansa sobre la emoción y no sobre la razón.

El sábado se ofició la más reciente, en la que el municipalismo afín se juramentó para sostener el procés “hasta las últimas consecuencias”. Más allá del mutuo aliento emocional, el acto fue significativo y, posiblemente, trascendental. Carles Puigdemont ya no es sólo propagandista-en-cap del procés; ha aceptado el papel de caudillo, de primer caballero. Y si es preciso, será el primero en caer.

Ni un paso atrás, so pena de lesa patria. Así avisó Omnium Cultural al estado mayor independendista: “No aceptaremos dilaciones ni rebajas al mandato democrático”, dice el manifiesto difundido el viernes. El texto no es una arenga; es una admonición: “No hay dudas que valgan (…) seremos exigentes con el Govern que ha de proclamar la República catalana”. El conglomerado “asambleario y social” al que alude la información de El País, ya no se controla desde el puente de mando. La única opción es ceder al populismo.

¿Referéndum o elecciones para proclamar a Junqueras como nuevo president? Yo apuesto por lo segundo

La descripción que hace el politólogo holandés Cas Mudde de los populismos es la más aceptada en la actualidad: “una ideología delgada (thin ideology) que divide a la ciudadanía entre dos grupos antagónicos: los puros y los corruptos”. El populismo –continúa—se adhiere a otras ideologías gruesas (thick ideologies) para dotarse de contenido según cada caso (nacionalismo, fascismo) y reclama su legitimidad “de la voluntad del pueblo”. Aunque no obtenga el 100% de los votos y “afirma tener el 100% del apoyo de la buena gente”.

El diario La Vanguardia publicó el domingo y el lunes sendas encuestas que reflejan como puede quedar el cubo de Rubik electoral según qué piezas se muevan. Por un lado, surgen posibles mayorías tanto a favor como en contra de la independencia. Por otro, se confirma el desplome del PDeCAT, que pierde la mitad de sus votantes y se quedaría en 23 escaños frente a 43 de ERC, que dobla su apoyo actual. La obra de Artur Mas –la destrucción del catalanismo tradicional y de su partido de referencia— se consuma.

En algún lugar de las encuestas que manejan los partidos está el futuro de la cuestión catalana. Y en los planes del Gobierno central. puede mantener su postura actual para seguir en el bucle acción-reacción-acción o probar algo nuevo. Como abrir una puerta, con plazos y objetivos definidos, a una revisión constitucional de la cuestión nacional . Si el Partido Popular se apuntó al World Pride, quizá se acabe animando a emprender una reforma federal.

El sofisma que permitió la demolición del franquismo – ‘de la ley a la ley’— ya no se invoca para justificar la legitimidad del procés. Oriol Junqueras ahora dice que “legalidad solo hay una: la que deriva del espíritu del derecho”.

En otras palabras, ¿referéndum o elecciones para proclamar a Junqueras como nuevo president? Si yo fuera de apostar, apostaría por lo segundo. 

Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad