El confort de Occidente se ha acabado

17 de noviembre de 2015 (01:04 CET)

La democracia se gana cada día. Pero pensábamos que no, que ya estaba ganada, que las anteriores generaciones habían hecho el trabajo.

En Europa nos ha pasado algo de eso. Un buen amigo me recuerda siempre que la Unión Europea se construyó para superar e impedir una nueva guerra, que hace cuatro días los europeos buscaban algo de comer bajo los escombros, y que en los años treinta se puso todo patas arriba, con una revuelta muy compleja en contra de las débiles democracias, en la que participaron fanáticos ideologizados, pero también los adinerados que utilizaban a sus ayudantes, los partidos fascistas que querían defender, que curioso, a sus pueblos.

Sí, es cierto. Europa superó aquel desastre, pero no se puede olvidar. Hace, de todo lo que tenemos, muy poco tiempo. 

Lo que ocurre es que lo dábamos ya por hecho. Se ha vivido bien en los últimos 60 años, con un progreso constante, con partidos políticos estables, con clases sociales que sabían cómo entenderse, como explicó con brillantez Tony Judt, en Algo va mal. Y con una forma de entender la vida basada en el laicismo, producto de un poso cultural que es el gran valor de Occidente.

Ahora todo eso está en peligro. La crisis económica, por un lado, porque en el mercado ya no estamos solos, y debemos competir con todo el planeta, con personas que quieren acceder a un grado de bienestar, y la guerra interna que libra el Islam consigo mismo, por otro, nos sume en una enorme incertidumbre.

Debemos saber convivir con esas nuevas circunstancias, debemos saber que el confort se ha acabado, como apuntaba estos días el escritor Arturo Pérez-Reverte.

Es duro, no será nada fácil, principalmente porque las nuevas generaciones han olvidado, ni nadie se lo recuerda, las vivencias de sus padres y abuelos. Vivir pendiente de todo, vivir en la inseguridad, exigirá un aprendizaje.

Lo curioso es que Francia ha cogido el toro por los cuernos, el país que ha vivido ensimismado desde hace treinta años. François Hollande parece dispuesto a librar esa guerra en favor de los valores occidentales. No será la primera vez. Sigue siendo la referencia de las libertades.

Francia ha dado el paso, y no quiere engañar a nadie: esto será duro, durará años, pero hay que aceptar el envite. Lo ha afirmado Manuel Valls, el primer ministro francés. Hay guerras justas y la guerra contra el fanatismo religioso, contra el terrorismo que niega las libertades, hay que librarla.

Sí, efectivamente, se acabó el confort. Hay que admitirlo.

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