El árbol nacional y las nueces intelectuales

25 de marzo de 2016 (17:01 CET)

Hay libros que triunfan porque aparecen en el momento adecuado. Ignacio Sánchez-Cuenca acaba de publicar un ensayo, La desfachatez intelectual, y desde la primera página advierte al lector que coja aire para soportar las opiniones de los escritores e intelectuales a los que él les recrimina la desfachatez que recoge el título. Jon Juaristi, Javier Cercas, Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Mario Varga Llosa, Luis Garcicano, Fernando Savater, César Molinas, Javier Marias son, entre otros muchos escritores en español, las víctimas del sagaz estilete de Sánchez-Cuenca.

¿Cuál es la crítica que este profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid hacia esos escritores e intelectuales? Pues que aprovechen el reconocimiento público que reciben por su obra literaria o ensayística como una forma de impunidad para participar en el debate político con ideas superficiales y frívolas, expuestas casi siempre con gran rotundidad y mucha prepotencia.

Si no hubiera aparecido con anterioridad, Sánchez-Cuesta podría haber incluido en su libro los discursos de entrada y recepción a la RAE de Félix de Azúa y Mario Vargas Llosa, respectivamente. Un par de viejos lamiéndose el nabo con impúdica publicidad. Los dos llevan años sin escribir nada decente y mantienen su reputación a base de publicidad extra-literaria. Uno, el catalán Azúa, va diciendo por ahí que vive exiliado en Madrid, una mentira que también arguyó hace años Fernando Savater para sacarle rédito político, y el otro, el peruano, es conocido por sus amoríos con la Mata-Hari de Porcelanosa.

El libro de Sánchez-Cuenca se ceba con un tipo concreto de escritor opinador. La verdad, debo reconocerlo, a pesar de que personalmente aplauda su crítica, sus dardos siempre van dirigidos contra el mismo tipo de escritor. El reaccionario de derechas, patriotero y cruzado contra el nacionalismo vasco y catalán. Les regaña porque sus opiniones no tienen el timbre moral, elegíaco e izquierdista de gente como su querido Luis García Montero o Rafael Chirbes. El sesgo de Sánchez-Cuenca es evidente y, en este sentido, es injusto.

Se podría escribir un libro igualmente crítico con los escritores e intelectuales de izquierdas que emiten opiniones políticas sin ninguna preparación ni conocimiento. Él mismo incurre en el defecto que atribuye a la corte reaccionaria madrileña al poner en duda, sin tener ninguna preparación al respecto, el déficit fiscal en Cataluña. Los excesos cuando se trata de determinar qué está pasando en España no va por barrios ideológicos. He leído opiniones tajantes y desinformadas sobre Cataluña de gente que dice ser muy de izquierdas.

Sánchez-Cuenca da una receta para mejorar la presencia de escritores e intelectuales en el debate político. Les pide un estudio previo de las cuestiones sobre las que escriben, al tiempo que les reclama una crítica abierta al statu quo. Sólo de esa manera puede garantizarse de que esas opiniones tienen el valor añadido necesario para ser tomadas en cuenta. A los lectores, Sánchez-Cuenca nos recomienda que pongamos en cuestión la autoridad de los grandes escritores e intelectuales. Por eso escribo este artículo. Para advertir a todo el mundo que no sea bobalicón y lo lea sin el entusiasmo de sus defensores a ultranza.

Oigan, no se apuren por lo que es sólo mi opinión, y léanlo, aunque sea teniendo presente aquella frase de Xabier Arzallus, citada en este libro, que el nacionalismo español quiso distorsionar para identificar al PNV con ETA y concluir que los nacionalistas moderados no querían la desaparición de la banda armada para sacar tajada de sus atentados: "Mientras unos agitan el árbol, otros recogen las nueces".  Este es un libro político que combate unas ideas para empujar en dirección contraria. La desfachatez a menudo viene camuflada.

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