Duran se va, pero Unió se queda

18 de enero de 2016 (01:00 CET)

Joan Capri decía aquello de que el amor se va, pero "ella se queda", provocando las carcajadas de los televidentes. Era una forma divertida, --siempre debe prevalecer el humor—de apostar por la convivencia, aunque se refería estrictamente a las relaciones de pareja.

Con Josep Antoni Duran Lleida y Unió se podría aplicar la frase, aunque, claro, con un significado distinto. Duran se va, sí. El líder de Unió y uno de los grandes referentes de la política catalana y española de los últimos treinta años, ha entendido que no puede seguir al frente de un partido que no ha obtenido representación ni en el Parlament ni en el Congreso.

A Duran le faltó el valor en los primeros años de la década de los 2000, cuando Jordi Pujol apostó por Artur Mas, al que nombró conseller en cap del Govern y, por tanto, su sucesor al frente de CiU. En aquel momento Duran Lleida dejó constancia de su contrariedad, al dejar su cargo como conseller de Governació, pero, aunque hizo un tímido intento, no supo o no pudo liderar un proyecto alternativo que podía haber arrastrado a una parte de Convergència.

Ahora todo aquello ya no tiene remedio. Pero sí es cierto que algunos de los dirigentes que han abandonado Unió para formar Demòcrates de Catalunya recuerdan que Duran contaba con todo el partido, y que se estaba dispuesto a ir tan lejos como se hubiera decidido. Han pasado los años, y los dirigentes políticos deben entender que no se pueden eternizar en los cargos, que los partidos necesitan periódicamente una renovación interna, --sin llegar a los extremos de la CUP-- y que lo más importante es mantener un proyecto y unos valores.

Duran, creyendo que era el mejor activo de Unió –y era cierto, pero nunca se puede potenciar a otros si uno no deja la primera línea—ha ido capeando todas las situaciones. La decisión, ahora sí, pero tarde, de ir en solitario a unas elecciones, tras la deriva independentista de la Convergència de Mas, ha dejado a Unió fuera del Parlament y del Congreso. Y no le quedaba otra que dejar su cargo orgánico, para que Unió decida su propio futuro como proyecto político.

Es ahí donde Unió se queda. Se quedan unas siglas históricas, nacidas en los años treinta, como Esquerra Republicana, con Ramon Espadaler al frente. Se quedan unos valores, y un proyecto, que, desde el catalanismo, quiere mantener y potenciar los lazos con el resto de España, implicándose en la gobernación del Estado. Es lo que Jordi Pujol siempre impidió, tanto a Miquel Roca como a Duran Lleida.

Ahora bien, Unió tendrá dificultades. Sigue muy relacionado a unos rostros, a dos personas que han copado el partido, Duran Lleida y Josep Sánchez Llibre. A una forma de realizar política, en Madrid, demasiado pendiente de los despachos de abogados, del mercadeo de enmiendas.

Tendrá dificultades también porque la política catalana se ha encerrado en sí misma, y se considera que el catalanismo, aquel que elogiara Cacho Viu, como modernizador de España, ha muerto de forma definitiva. Pero Unió queda, siempre que una fuerzas con otros sectores, con otros partidos, con profesionales distintos, con una parte de la sociedad catalana que espera un proyecto sólido, catalanista, pero sabedor que se debe colaborar con España.
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