El independentismo no sabe cómo avanzar ahora, después de asomarse a la realidad. EFE /Archivo

Del 12 de septiembre al 2 de Octubre: salir del campo de minas

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El objetivo debería ser el de alcanzar el 2 de octubre un armisticio que logre una nueva 'conllevancia', sin ganar ni perder

Carlos Lareau

El independentismo no sabe cómo avanzar ahora, después de asomarse a la realidad. EFE /Archivo

Barcelona, 12 de septiembre de 2017 (00:11 CET)

Tengo un amigo, catalán y ex paracaidista, que se jugó la vida en Kosovo para abrir un pasillo en un campo de minas. Lo hizo como en las películas, a mano y sólo con su bayoneta, para sacar a su pelotón de una situación comprometida. “No podíamos esperar a que llegara ayuda de fuera”, explica; “estábamos a merced de que cualquiera nos emboscara”.

La imagen del pasillo entre el campo de minas se asemeja al pasadizo que resta hasta el desenlace de la presente entrega del drama catalán. Un recorrido plagado de peligros soterrados que cualquier accidente o error de cálculo pueden accionar. Y flanqueado de francotiradores emboscados, que solo con un disparo pueden convertir el drama en tragedia.

La sesión matinal de la Diada-2017 volvió manifestar la esquizofrenia de la polis catalana. Por la mañana, en un ambiente de menos civilidad y mas tensión ambiental que de costumbre, el Govern y los políticos (no todos: se abstuvieron Ciudadanos y el PP, acudieron el PNV y Bildu) pusieron sus flores a Rafael Casanovas, posaron en el photocall y realizaron sus declaraciones.

La capacidad de movilización del soberanismo organizado es formidable, con una gran puesta en escena

La tarde fue para la épica de un pueblo en marcha, ese ritual cuidadosamente interpretado –con diseño de producción y dirección de fotografía— en las calles de Barcelona y en las plazas de Cataluña. La Diada del Sí, masiva como las anteriores, ha sido el último pilar de un procés concebido como un puente de cinco tramos entre el post-pujolismo hasta la Nueva Ithaca independiente que Artur Más comenzó a recorrer en 2012.

La capacidad de movilización del soberanismo organizado es formidable. Pero otros factores han aflorado con fuerza. El 11-S debía ser la previa de la campaña hacia el 1 de octubre. Pero como “el mejor de los planes –reza el adagio— rara vez soporta el primer contacto con la realidad”, se convirtió en un exorcismo para superar la tormentosa aprobación parlamentaria de las “leyes de desconexión” y la mala conciencia por los modos, peligrosamente cercanos al autoritarismo, de los primeros actos jurídicos de la pretendida República Catalana.

Se pronunciaron palabras mayores: que España se desliza hacia un franquismo redivivo (Neus Lloveras); que se aplican contra el independentismo los mismos métodos que Turquía contra los disidentes (Jordi Sánchez). Y se expresaron anhelos cuestionables, como que las felonías de Jordi Pujol y familia sean juzgadas por la inminente ‘justicia catalana’. Todo para plantar más minas ‘claymore’ en el camino hacia una salida al problema catalán que no sea el hecho consumado, de una parte, o la represión –judicial, administrativa o gubernativa—de la otra.

El independentismo recurre a palabras mayores, como decir que España se desliza haciaun franquismo redivivo

La grave situación requiere prestar atención a los datos fríos de la economía y a los hechos constatables de la política de las últimas cuatro décadas; no al “relato” de los últimos cinco años. Pero ante todo, obliga a entender –y superar—las emociones que han dado forma a la doble matriz instalada en la sociedad de Cataluña: la largamente sostenida de catalanes versus españoles y la más reciente de catalanes frente a catalanes.

Ambas son agudas y descansan sobre bases endebles. Y ambas son peligrosas. Lo demuestran los hechos de los últimos años. Si no se detiene la escalada de despropósitos –el autismo y la inacción del gobierno durante los últimos cinco años; y la desobediencia y la declarada insumisión del Govern y el independentismo de los últimos cinco días— llegaremos a desenlace de suma negativa: el “vencedor” será, como mucho, el perdedor que menos haya perdido. 

 

El las últimas semanas, particularmente tras las sesiones del 6 al 8 de septiembre en el Parlament, diferentes medios de comunicación han publicado sondeos sobre las actitudes en los cuatro cuadrantes de esa matriz dos por dos. Cada investigación se debe interpretar a la luz del sesgo de quien la publica, pero hay varias coincidencias –en su mayoría desalentadoras—que se resumen en dos: crece la polarización y el tiempo juega en contra.

El apoyo a un referéndum es mayoritario en Cataluña (entre el 70% y el 80%) pero en el resto de España, los que se oponen suman una proporción similar. En Cataluña, más del 80% creen que el enconamiento actual es responsabilidad del Gobierno de Mariano Rajoy. Sin embargo, fuera de Cataluña, la resistencia al soberanismo es un factor importante en la recuperación del PP, que vuelve a situarse como opción preferida en el conjunto de España y recupera escaños en Cataluña.

El Gobierno impulsará más pronto que tarde la inhabilitación del presidente Puigdemont

En Cataluña siguen siendo más, por un margen de entre cinco y diez puntos, los que prefieren seguir vinculados a España que los que quieren irse. Pero la condición imprescindible es un nuevo marco de relación sea producto de una negociación y rubricado por un referéndum legal.

Quizá por eso, casi un tercio de los encuestados fuera de Cataluña señalan que la aplicación del artículo 155 es su opción preferida para atajar la insurrección. Por el contrario, existe otra España: la que levantó un castell y siguió con entusiasmo un concierto de Manel en el barrio madrileño de Arganzuela el mismo día que se aprobó la Ley Fundacional de la República Catalana. Más de la mitad de esa España de entre 18 y 34 años, se declara partidaria de que Cataluña decida su futuro en un referéndum pactado y legal.  

La crispación surte efecto. Los voceros del apocalipsis (los irredentos de la ‘caverna’ pero  también voces de las que se esperaría más prudencia) especulan con algún incidente, algún brote de violencia, que ya vislumbran en el horizonte del 1-O. Uno sospecha que, frente a ellos, alguno de los que se declaran en rebeldía también se beneficiaría de un golpe de efecto singular y dramático con el que demostrar su tesis de pueblo oprimido.

El Gobierno de Rajoy está dispuesto a llegar hasta donde haga falta con los instrumentos ordinarios –que no son pocos—que le concede la ley. La desobediencia declarada por el Govern augura nuevas querellas de la Fiscalía e intervenciones del Tribunal Constitucional. La inhabilitación de Carles Puigdemont no es sólo posible sino probable, más pronto que tarde. El propio president parece desearla cuando afirma –como hizo el martes por la mañana en RAC1—que irá a su despacho aunque el Constitucional le suspenda.

Puigdemont ha pasado de ser el primer propagandista del procés a desear ser su primer mártir. Ya ha cumplido con dejar a Cataluña “en las puertas de la independencia”. Su aspiración no es pasar a la historia del nacionalismo; es entrar en su santoral

Si –o cuando— se le inhabilite, el procés rebasará el horizonte de eventos situado en el borde de los agujeros negros del espacio. La astrofísica desconoce lo que hay más allá. 

No se trata de ganar o perder, se trata de aprender y aceptar una nueva conllevancia

Uno se pregunta si alguien, en La Moncloa o en el puente de mando independentista, ha realizado un elemental análisis de riesgos. Y si lo ha hecho, se diría que la decisión de los principales protagonistas ha sido correr todos los riesgos identificados en lugar de evitarlos o de buscar alternativas.

Las próximas tres semanas serán como las tres horas que pasó mi amigo por tierra, hurgando con la bayoneta, buscando minas para evitarlas: un registro de la Guardia Civil frente al que se oponga resistencia; una incidente entre policías; coacciones en un ayuntamiento que acaben en enfrentamientos; declaraciones incendiarias…

La esperanza –¿lo último que se pierde?— es llegar al 2 de octubre en condiciones de acordar un armisticio viable. Un respiro que permita a todos decir “hasta aquí hemos llegado”. Las instituciones de Estado tendrán que transformarse. No al dictado de quienes más han gritado sino después de un verdadero procés. Pausado, abierto, honesto y mutuamente aceptado, que la ciudadanía de todo el Estado pueda refrendar legítimamente.

No se trata de ganar o perder. Se trata de aprender –y aceptar—una nueva conllevancia.

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