De Syriza a Podemos

01 de febrero de 2015 (00:00 CET)

Uno de los temores más publicitados en los últimos meses se ha hecho realidad en Grecia y Syriza, la coalición radical, se hizo fácilmente con el poder en el castigado país helénico. Las urnas hablaron y, contra todas las advertencias y hasta amenazas de buena parte de Europa, los griegos decidieron apoyar masivamente un vuelco en el gobierno de su país, acabar con el corrupto e ineficaz bipartidismo reinante hasta entones y dar un voto de esperanza a un grupo de políticos que despierta en el resto de la población más miedos que confianza.

Poco puede deducirse de los primeros días de gobierno de Syriza, salvo que parece dispuesta de verdad a jugar sus cartas sin aparentes renuncias de calado. Lo ha hecho en política exterior matizando la dureza de la política europea hacia Rusia y sobre todo lo ha hecho al configurar su gobierno y dándole protagonismo a ministros que han manifestado por activa y por pasiva que la negociación entre Bruselas y Atenas debe enmarcarse en otras coordenadas, que las viejas directrices no sirven y que los griegos así lo creen y han ratificado electoralmente.

Como decía no recuerdo quién a las pocas horas de saberse el resultado que otorgaba una aplastante victoria a la formación que lidera Alexis Tsipras, lo peor que puede pasar a partir de ahora es que persista la dialéctica que prima la amenaza y la fuerza apoyada en dos legitimidades opuestas: la del compromiso contraído al recibir los créditos en la troika y la del voto mayoritario de los griegos en el gobierno que lidera Syriza. Lo mejor, que aparezca la inteligencia en ambas partes y reconozcan que siempre será mejor un mal acuerdo que un buen pleito.

Ni Grecia ni Europa pueden permitirse que la lucha en ese frentes reste fuerzas a otras prioridades más acuciantes. Al fin y al cabo, las élites de ambas pueden y deben extraer lecciones de la victoria de Syriza. Con 330.000 hogares bajo el umbral de la pobreza (sin calefacción este invierno por no poder pagarla) en una población de 11 millones, una pérdida del poder adquisitivo del 40% y un empobrecimiento sin parangón de la clase media, la política de equilibrio fiscal sin más dictada por Alemania puede ser justa pero no aceptable. La capacidad humana de sufrimiento sin más siempre tiene un límite.

Es cierto que son los griegos los culpables de su situación, pero forman parte de Europa y es obligación de las autoridades helenas pero también de las que gobiernan en Bruselas y en cada una de las capitales del viejo continente encontrar una solución razonable y abrir una espita urgente que aporte esperanza --y sanidad y vivienda y servicios sociales y…-- a tanta población castigada despiadadamente por la crisis. Al fin y al cabo, si la deuda griega tiene un vencimiento medio de 20 años --pongamos por caso-- no es demasiado grave alargarlo hasta los 50 años y hasta disponer de un par o tres años de carencia. Se hizo con la deuda alemana de la II Guerra Mundial, lo hacen las entidades financieras con muchos de sus morosos más difíciles, etc., etc.

En este contexto, llama poderosamente la atención que la rigidez alemana haya encontrado como uno de los principales palmeros de su política al gobierno español. Y sorprende aún más el argumento que esgrimen, entre otros, el ministro de Economía, Luis de Guindos, para el que rebajar las exigencias comunitarias sobre la deuda griega puede incentivar a los incumplidores y en paralelo suponer un castigo para los que como España han hecho los sacrificios y las reformas necesarias para reducir su déficit. Quizás ignora el ministro que de lo mismo, exactamente de lo mismo, se están quejando en España algunas autonomías respecto a su deuda por la política que sigue su colega Cristóbal Montoro.

¿El triunfo de Syriza anticipa inevitablemente el de Podemos en España? Veremos. Las condiciones políticas son ciertamente diferentes, aunque no tanto en cuanto al descrédito de los dos partidos mayoritarios. De entrada la situación económica en nuestro país no es comparable a la griega. Pero, hoy por hoy, Podemos tampoco es comparable a la coalición que gobierna Grecia. Especialmente, porque Syriza vence en las elecciones griegas tras unos años de oposición parlamentaria, una tarea en la que la formación de Iglesias aún es virgen.

Para que Podemos pueda seguir el éxito de Syriza y conquistar La Moncloa aún falta mucho trecho por recorrer. Ciertamente, los mensajes que emita la acción de gobierno de Tsipras influirán en la sensibilidad del electorado español. Pero también los resultados de las elecciones andaluzas, más importantes de lo que a muchos le parecen, los de las municipales y autonómicas y lo que venga después. Y, por supuesto, los errores que cometan unos y otros. Sobre todo, los que aspiran a presentarse ante la ciudadanía con un mensaje nuevo e ilusionante. En este sentido, Iglesias, Monedero y Errejón han tenido unos cuantos traspiés de cierta seriedad en las últimas semanas, demasiados para tan corto espacio de tiempo.

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