De sondeos y escenarios futuros

20 de septiembre de 2015 (00:00 CET)

La práctica totalidad de las encuestas conocidas hasta ahora sobre el 27-S coinciden con diferencias no sustanciales en varias cosas: un porcentaje muy alto de voto indeciso (o que no quiere decir qué hará); una victoria rotunda de Junts pel sí, lo que unido al fuerte crecimiento de las CUP podría dar la mayoría absoluta al conjunto de fuerzas independentistas y, ante la fragmentación del resto de opciones, una ausencia de alternativas a que Mas vuelva a la presidencia de la Generalitat.

El alto número de indecisos, inaudito si no me falla la memoria sobre los resultados de sondeos similares en anteriores procesos electorales, confiere a esta última semana de campaña una importancia fundamental. Si realmente hay casi un 30 por ciento de catalanes que aún no han decidido su voto, existen muchas posibilidades de que se den alteraciones importantes entre las previsiones demoscópicas y los datos que finalmente arrojen las urnas.

Pero pensemos que, escaño arriba o abajo, el parlamento autonómico que salga de las votaciones del 27-S tendrá la composición que a fecha de hoy muestran los sondeos preelectorales. Pensemos, asimismo, que ante la lentitud de procesos y comportamiento políticos en España --y Cataluña, claro-- no hay un nuevo gobierno de la Generalitat hasta finales de octubre o principios de noviembre (prácticamente en plena campaña ya para las elecciones generales que podrían convocarse el 20 de diciembre).

En esa situación, las actitudes que adopten Mariano Rajoy y Artur Mas podrían empujar irremediablemente el conflicto entre las administraciones que presiden hacia unos derroteros que lo agravasen. Y, créanme, existen los incentivos para que así ocurra.

El 28-S, si se produce el desenlace previsto, habrá una fuerte presión social desde las fuerzas soberanistas para que Mas dé pasos concretos en la hoja de ruta hacia la secesión. Es posible, y aquí aflorarán probablemente contradicciones en el interior de esa amalgama de partidos y organizaciones, que la idea de Mas sobre el futuro escenario de la independencia sea distinto del de sus compañeros de viaje.

El líder convergente no vería con malos ojos un estado asociado, un estado bajo la Monarquía española u otras fórmulas que mantuvieran nexos con el resto de España. Y, seguramente, a cambio de un nuevo horizonte de negociaciones, podría ceder en plazos y términos. No está claro que piensen de esta manera otros integrantes de Junts pel sí.

En cualquier caso, enfrente de Mas habrá apenas un gobierno español en funciones que debe revalidar su elección (y lo tiene muy complicado) en un par de meses como mucho. Si Mas acelera y Rajoy no responde, es probable que el electorado de éste último empiece a resquebrajarse y desconfiar de su capacidad para solucionar el creciente desafío soberanista. La tentación a la que puede estar sometido Rajoy es que una posición de dureza y de inflexibilidad podría traducirse en votos, con lo que los impulsos a que tanto uno como otro pisen el acelerador y la inminencia del choque anunciado son nada desdeñables.

Si Mas cree de verdad que cualquier estrategia hacia la independencia (y que nadie dude ya a estas alturas que ése es el objetivo del líder catalán) debe tener unos elevadas dosis de negociación debería constituir un buen gobierno para gobernar y decretar una tregua hasta que haya un nuevo ejecutivo en la capital de España. Si Rajoy cree, por su parte, que la determinación del soberanismo requiere de otras iniciativas que las anunciadas y fracasadas hasta este momento, debería empezar desde ya a negociar, en secreto o públicamente, con otras fuerzas qué posibles salidas hay al enfrentamiento que hoy vive una parte importante de la sociedad catalana con España.

Y es que si, por lo que sabemos hasta hoy, Cataluña amanecerá el 28-S con una mayoría independentista en su parlamento, podemos deducir también que el 21-D, si finalmente se convocan las elecciones generales para el 20, el parlamento español tendrá una composición en la que será necesario el concurso de más de una, y quizás dos, fuerzas para constituir un gobierno con credibilidad y autoridad para desenredar la madeja que envuelve hoy la política española.

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