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España es una sociedad madura que ha aprendido de su memoria histórica y que puede dar un salto si apuesta por un patriotismo cívico, desde la libertad común

Santiago Mondejar

Gerard Piqué y Sergio Ramos, en un partido de la selección española de fútbol, que representa esa idea de creerse España.
Gerard Piqué y Sergio Ramos, en un partido de la selección española de fútbol, que representa esa idea de creerse España.

Barcelona, 26 de julio de 2017 (11:17 CET)

La reciente noticia de que el alcalde del municipio tarraconense de Batea ha manifestado su intención de lograr que este pueblo de 2.000 habitantes se incorpore a Aragón es un delicioso ejemplo de justicia poética aplicada al prepostero concepto de la plurinacionalidad, el cual, llevado a sus últimas consecuencias, insuflaría un nuevo vigor a los particularismos micronacionalistas del Bierzo, Olivenza, La isla de los Faisanes, Petilla de Aragón, del Cartagena, y como, no, del Valle de Arán.

Este peculiar "regreso al futuro" que proclama a España como Nación de naciones acepta tácita y acríticamente el ideario nacionalista que explica España como una realidad geográfica carente de continuidad Histórica propia. Una mera colección de nacionalidades, que implica la denegación de una realidad histórica, política y jurídica, y la perversión de nuestro texto constitucional que hace referencia al pueblo español como sinónimo de ciudadanía, no de etnia.


Pero hay algo que va más allá de esta frivolidad y que es más grave, ya que supone una renuncia a cohesionar España mediante un patriotismo cívico capaz de tomar la iniciativa creando una visión de País basada en el orgullo de pertenecer a una sociedad con igualdad de derechos y obligaciones y la ausencia de privilegios arbitrarios de supuesto origen histórico. Un patriotismo español moderno cuyo fundamento son unos valores políticos plurales que transcienden los particularismos identitarios al definir al sujeto político, y que no es sino el fruto de una libre asociación de personas unidas por lazos de ciudadanía.

Se renuncia a cohesionar España mediante un patriotismo cívico capaz de tomar la iniciativa

Esta diferenciación entre patriotismo y nacionalismo es una obligación democrática, porque la cristalización del nacionalismo es el gran fracaso de lo cívico. No hay patria verdadera cuando la igualdad ante la ley se vulnera por la existencia de castas o privilegios.

El patriotismo cívico se construye desde la libertad común, cohesiona a la ciudadanía desde el apego a las instituciones políticas y defiende la libertad común de los ciudadanos. Por contra, el nacionalismo se basa en la exclusión del diferente y en el sacramento de la singularidad de origen para alcanzar la homogeneidad cultural, lingüística, étnica e ideológica del pueblo. Esto tiene efectos prácticos y severos en la determinación del modelo de convivencia, apreciables estos días en Cataluña como antaño los vimos en el País Vasco: cuando un grupo domina la Esfera Pública la democracia se convierte en meramente nominal, tal y como nos recuerda Hannah Arendt.

No olvidemos que la Esfera Pública es el espacio transparente, abierto y común, en el que la libertad política y la igualdad permiten ejercer la ciudadanía. Es el ámbito en que el la actividad política se lleva a cabo alcanzado acuerdos por medio de la palabra, de la persuasión. Convenciendo, no imponiendo. La clave para ello es que esto pueda hacerse libre y públicamente. A diferencia de lo religioso, la identidad ciudadana no puede forjarse en el dominio de lo particular, de lo íntimo. Fuera de la Esfera Pública, ni la participación política ni la virtud cívica son posibles. Sencillamente porque la crítica y la disensión políticas no pueden articularse a puerta cerrada ni mediante la ocultación.

La esfera pública es el espacio transparente en el que la libertad política y la igualdad permiten ejercer la ciudadanía


De ahí la importancia de desarrollar un patriotismo cívico español, desacomplejado, orgulloso de sus logros sociales y de vivir en un sistema de libertades políticas y personales que permite la plena igualdad entre sus ciudadanos. Un patriotismo solidario que, a diferencia del nacionalismo, no promueve las hegemonía cultural, lingüística, ideológica y por ende política.

Dicho de otro modo, un patriotismo del siglo XXI cuyo valor principal es el respeto recíproco a la diferencia y al librepensamiento, y que combate la unificación espiritual, ideológica y etnológica. Un patriotismo que no exige una fidelidad ciega sino una lealtad crítica.

Al revés que el nacionalismo, este patriotismo no se adquiere por obra y gracia del espíritu del pueblo, sino que requiere ser cultivado a través de la educación ciudadana, de la legislación y a través del buen gobierno, pero también necesita ser reforzado mediante la lucha militante contra la corrupción y de la participación proactiva de los ciudadanos en la vida pública a partir de la premisa de que la ciudadanía no nace de los lazos de la nacionalidad sino de la fuerza que da el espíritu cívico de los ciudadanos que atesoran la libertad, la justicia y la tolerancia que tanto nos ha costado tener.

Es necesario desarrollar un patriotismo cívico español, desacomplejado, orgulloso de sus logros sociales


Un País moderno con una cultura global como España no puede construir su ciudadanía con una quimera plurinacional que prima la vinculación a peculiaridades folclóricas o étnicas y a particularismos ideológicos y lingüísticos que se identifican cómo propios de un territorio, sino desde el compromiso con la libertad común y con las instituciones y el modo de vida que las sustentan y que nos permiten vincularnos con nuestros compatriotas en la defensa activa de nuestros valores y anhelos comunes.

La española es una sociedad madura y diversa que ha aprendido de su memoria histórica que los pueblos más homogéneos cultural, religiosa y étnicamente no son precisamente los que tienen mayor espíritu cívico. Parafraseando a Joan Manuel Serrat, demasiados pueblos han vertido en nosotros su llanto como para que a estas alturas se espere que nos creamos ingenuamente que la pertenencia al territorio otorga cualidades espirituales y que seamos incapaces de separar sentimiento y razón, distinguiendo entre deseo y realidad.

Antes al contrario, sabemos en carne propia lo que genera el sueño de la razón, y que las comunidades uniformes tienden a ser intolerantes y gobernadas por tópicos y prejuicios. Por eso, un contrato social como la Constitución Española, cuyos principios están forjados con la protección incondicional de las libertades y el bien común,  desde la igualdad y el respecto a la ley, es un valor en si mismo, que se basta para enarbolar un patriotismo cívico que representa la superación de la tribu, de los antagonismos culturales y del chauvinismo.

El fomento de este patriotismo es la asignatura pendiente de la democracia española.

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