CDC-CUP: un pacto de perdedores

10 de enero de 2016 (22:12 CET)

El acuerdo entre Convergència, la fuerza política que aún lidera el president saliente de la Generalitat, Artur Mas, y los anticapitalistas de la CUP, forjado a ultimísima hora para evitar unas nuevas elecciones es claramente un acuerdo de perdedores cuya único y principal objetivo era evitar un mayor descalabro. Nada que ver con ese análisis coste-beneficio que un noqueado Mas exhibió para justificar su renuncia.

La aceptación por parte de los dirigentes convergentes de la principal exigencia de la CUP, la marcha de Mas, sólo obedece a la absoluta convicción de que ir a unos comicios autonómicos podrían reducir la otrora fuerza mayoritaria del catalanismo a una posición residual. Mas sólo acepta no ser el candidato a la Generalitat y dar "un paso al lado" cuando su círculo le convence, aseguran que con encuestas muy recientes, que una nueva convocatoria de elecciones podría relegar a CDC a la tercera posición en el futuro Parlamento catalán con apenas unos 20 escaños.

Mas no renuncia por el país ni nada que se le parezca, sino porque cualquier otro escenario es peor para él y lo que queda de su partido. Apartado el líder nacionalista, el nombramiento de Carles Puigdemont como nuevo presidente de la Generalitat da a los convergentes, en teoría, un período de gracia para intentar recomponer un partido muy deteriorado por la corrupción y, especialmente, los graves errores estratégicos cometidos por Mas.

También el pacto logrado es un salvavidas para la CUP. Inexpertos, voluntaristas, presionados hasta la extenuación por los intelectuales del nacionalismo y muy divididos, la CUP no ha podido soportar la intimidación sufrida y ha dado finalmente su apoyo a un gobierno del que sólo se ha cobrado una pieza: la cabeza de Mas. El plan de choque acordado con Junts pel Sí y que era otro de los trofeos que querían exhibir ha sido ridiculizado fácilmente por Lluís Rabell, el diputado de Podemos en Cataluña.

Precisamente por esa presión que no han podido resistir, la CUP veía que ir a unas nuevas elecciones, acusados de haberlas provocado, podría suponerles un duro castigo electoral en beneficio de Podemos.

A cambio de cargarse a Mas, la CUP ha mostrado contradicciones importantes, fruto tal vez de sus propias incongruencias. Han aceptado una regañina paternalista en el discurso de despedida de Mas y han pactado que dos de sus diputados renuncien al acta de diputado. ¡Ellos, que presumen de ser la quintaesencia de la democracia directa, de la participación de sus bases en todas sus decisiones, han acordado en una mesa negociadora con los herederos del pujolismo que renuncien dos personas elegidas en su momento por las militantes de la organización! ¡Todo un ejercicio de burla democrática!

Hay otro perdedor en ese pacto: Cataluña. A falta de que el nuevo gobierno autonómico eche a andar, todo hace indicar que el nuevo ejecutivo camina hacia un enfrentamiento con el Estado español que poco bueno puede traer. Sin mayoría social para un proceso más que incierto, sin aliados en España para sacar adelante cualquier medida en esta dirección, la hoja de ruta está abocada al fracaso, a cambio, eso sí, de una profunda frustración en la sociedad catalana. 
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