Cuatro pollos de cojones en Cataluña. Carles Puigdemont ha especulado en su viaje a Dinamarca con regresar a España / EFE

Cataluña, una marca antipática

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El cortoplacismo se ha convertido en la norma del soberanismo, un camino de consecuencias económicas y sociales imprevisibles

Juan García

Economía Digital

Cuatro pollos de cojones en Cataluña. Carles Puigdemont ha especulado en su viaje a Dinamarca con regresar a España / EFE

23 de enero de 2018 (16:20 CET)

Desde que el soberanismo tomó las riendas de la política catalana, el cortoplacismo se ha convertido en la norma. Más aún, en su único escenario posible y hasta deseado. El ir tirando, ver con qué “astucia” se sorprende al gobierno central, cuál es el titular más efectivo para la prensa internacional… se han convertido en el día a día.

Cómo describir, si no, el circo de este lunes con Puigdemont de acróbata volador. Cómo entender las horas y reuniones secretas o públicas, con filtraciones interesadas o ciertas, sobre si la presidencia de la Generalitat será vía telemática, voto delegado, porque yo lo quiero o quién sabe cómo, y no haya una palabra, una sola palabra, sobre la política que ejercerá el día después ese nonato gobierno.

Es una estrategia, o táctica, qué más da, agotadora, por supuesto. Pero sobre todo es un camino peligroso y de consecuencias económicas y sociales imprevisibles. Ya he dicho en alguna que otra ocasión que una de las pocas certezas que, desde mi punto de vista, podemos tener ahora es que Cataluña será de aquí a cinco, diez, años más pobre que hoy.

Cataluña ya no es esa marca admirada en España y en el resto de Europa

En apoyo de esta tesis podríamos poner sobre la mesa los múltiples datos que arrojan las estadísticas económicas y discutir si esas cifras mejorarán o empeorarán en función del tiempo que tarde en encauzarse la actual situación, pero ni está escrito en ningún sitio que vaya a tener ese final feliz ni podemos estimar con un mínimo de fiabilidad el coste que tendrá la aventura.

Sí podemos, a poco que abramos los ojos y despleguemos nuestra capacidad auditiva, que la intranquilidad por la situación y el devenir de Cataluña aumenta con cada noticia que alimenta el esperpento. Cataluña, reconozcámoslo, ya no es esa marca admirada en España y en el resto de Europa, ya no inspira esos chistes bienintencionados que situaban esta comunidad un punto por encima de la media española en temas de innovación, apertura, educación social…

La factura hay que empezarla a pagar desde ya y el tiempo sólo genera intereses en nuestra contra

Cataluña, aceptémoslo, es hoy una marca antipática, que no genera empatía, asociada a la generación de problemas y no a sus soluciones, que no suscita confianza. En palabras del excelente columnista Santiago Mondéjar:

“Cataluña, que en tiempos se promovía a sí misma como la fértil excepcionalidad europea en el erial ibérico, se ha convertido en una ucronía política en el contexto europeísta; un excepcionalismo en el que se dan las condiciones que nutren el caldo de cultivo de un movimiento político instalado en la exaltación permanente”.

Y esto, queridos amigos, no es gratis. La factura hay que empezarla a pagar desde ya y el tiempo sólo genera intereses en nuestra contra. La sociedad –empresarios, medios, profesionales, instituciones- debe decidir cuanto quiere que dure este experimento que ya ha consumido a unos cuantos aprendices de brujo.

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