Una mujer muestra un mensaje que dice '#MeToo'. EFE

#MeToo, Víctor Hugo y las mujeres

Ninguna exigencia de este 8-M es nueva, pero en un mundo interconectado, el movimiento de celebrities ha ayudado a que la protesta feminista logre masa crítica

La dimensión alcanzada por la jornada del 8 de marzo, incluso antes de celebrarse, demuestra el impacto de la comunicación y la conectividad global. “No hay nada más poderoso que una idea cuyo tiempo ha llegado”. La frase se atribuye a Víctor Hugo, cuya literatura contribuyó a difundir ideas nuevas en el siglo XIX. Pero, hoy en día, las ideas necesitan cristalizar en símbolos y de eso se ha encargado Hollywood.

Los primeros días de la mujer se celebraron en Estados Unidos, Alemania y otros países del norte de Europa hace más de un siglo. Las Naciones Unidas les dio carácter internacional en 1975. Desde entonces, se han convertido en una fecha más en el calendario anual de protestas y reivindicaciones, como el 1 de mayo. Hasta este año.

El Día Internacional de la Mujer es una fecha más en el calendario anual de protestas y reivindicaciones

Las mujeres suman la mitad de la población mundial, pero no acumulan la misma proporción del poder económico o político. Sufren, según dónde, desde la más abyecta dominación hasta una discriminación de intensidad variable. Y, encima, la amenaza del acoso, de los abusos sexuales y de la violencia de género. En España, la cuenta incesante de mujeres asesinadas lo recuerda dramáticamente.

Nada de lo anterior estaba ausente en la agenda pública de las sociedades que el 8 de marzo van a escuchar un “¡me planto!” coral de las mujeres. Cabe preguntarse, por tanto, qué ha cambiado para que, este año, el cabreo de las feministas más asertivas se haya generalizado y la protesta llegue a rincones tan supuestamente reposados como la judicatura y los laboratorios donde se hace investigación científica.

Hay que preguntarse qué ha cambiado para que el cabreo de las feministas más asertivas se haya generalizado

No hay una explicación sencilla. Múltiples factores conducen a que un fenómeno alcance su punto de masa crítica, pero necesita un acelerante. En un mundo tan atento al universo de los celebrities, no es extraño que la chispa que inició su combustión se prendiera en Hollywood.

Han pasado apenas cuatro meses desde que comenzó a circular la etiqueta #MeToo para simbolizar el grito de las mujeres del cine americanas que sufrieron abusos o a quienes se exigió favores sexuales para progresar en sus carreras o empleos. Desde el momento en que figuras como Gwyneth Paltrow y Ashley Judd contaron sus historias y se supo que Harvey Weinstein era un depredador sexual, la sorpresa se transformó en indignación. Y en un movimiento cuya onda expansiva sigue extendiéndose.

Han pasado cuatro meses desde que comenzó a circular la etiqueta #MeToo para simbolizar el grito de las mujeres del cine americanas que sufrieron abusos 

El mundo actual está tupidamente interconectado. El primer episodio de una nueva temporada de Juego de Tronos se ve en un poblado de África doce horas después de su estreno en Nueva York. Existe, aunque moleste reconocerlo, una cultura mundial que influye en cada cultura particular que la acoge a su modo.  

En Estados Unidos, el #MeToo y su más articulado sucesor, el movimiento Time’s Up (‘Se acabó’) se ha centrado en el acoso en el lugar de trabajo. Como se comprobó en la ceremonia de los Oscar la madrugada del pasado lunes, los rostros más conocidos del cine hicieron su (discreto) acto de contrición por los pecados Weinstein y profesaron su adhesión unánime a lo que ya se ha convertido en nueva norma exigida de comportamiento. Una capa nueva, y probablemente inevitable, colocada encima de la ya espesa corrección política.

En la ceremonia de los Oscar, los rostros más conocidos del cine hicieron su acto de contrición por los pecados Weinstein

España es más práctica y menos mitómana. Aquí se inventó el Hola, pero gran parte de sus lectores confina su lectura a la sala de espera del dentista. Quizá por eso el abanico rojo del #MasMujeres en la gala de los Premios Goya no aventó demasiado las brasas del descontento. Tras diez años de crisis, la brecha salarial, sumada a las demás cuentas pendientes con las mujeres –la violencia sexista, el acoso, la discriminación en el tajo y en las sedes corporativas— han sido más eficaces en alimentar la jornada de 8 de marzo.

Lo que realmente escribió Víctor Hugo fue que “se puede resistir a una invasión de ejércitos pero no a una invasión de ideas”. La obra del escritor romántico francés es objeto de debate entre diferentes tendencias intelectuales del feminismo. Para unas, el personaje de Fantine en Los Miserables denuncia la suerte de las madres solteras, pobres y desprotegidas. Otras señalan que ese retrato de la iniquidad no debe aislarse del cuadro más amplio sobre injusticia y la opresión en toda la sociedad que pinta el autor.

En su tiempo, las obras de Hugo fueron inmensamente populares en todo Occidente. Tanto como lo es en la actualidad un blockbuster de Hollywood. Esa dualidad entre lo particular y lo general sigue vigente en la protesta femenina. 

¿Hay que poner el acento sobre el acoso o es preferible atacar simultáneamente los demás componentes del trato injusto a las mujeres?

Una encuesta publicada el martes por El País da argumentos en ambos sentidos. Una de cada tres mujeres en España se ha sentido acosada; la mitad se ha visto discriminada alguna vez.

Ni una huelga, ni una actriz de Hollywood, ni la adopción forzada de nuevos códigos de comportamiento van a solucionar, por si solos, la desigualdad que sufren las mujeres. Pero la huelga lanza un potente mensaje. Es elocuente, y alentador, que –según el mismo sondeo— el 82% de los encuestados (de ambos sexos) consideren que hay motivos justificados para la protesta.

Hace unas semanas, reflexionaba en estas páginas sobre el conservadurismo antropológico, del que es inherente la resistencia a alterar el orden “de siempre”. Ese conservadurismo explica, en parte, que el Gobierno –incluyendo a sus ministras— y Ciudadanos, el partido emergente del centro-derecha, se pongan de frente a la protesta. Dice poco sobre su atención al pulso social que sean incapaces de comprender la frase de Víctor Hugo sobre una idea cuyo tiempo ha llegado.

Si hay algo que enseñe la historia es que, en efecto, las ideas no se pueden detener

Si embargo, es irónico que el literato –cuyos restos descansan junto a los de Voltaire, Rousseau y Dumas en el Panteón en el que Francia entierra a sus grandes figuras— podría haber sufrido hoy una suerte parecida a la de Harvey Weinstein. Hugo fue un notorio mujeriego. Llegó a seducir a la esposa de uno de sus hijos. Lo justificó aduciendo que fue para resarcir el honor de su vástago, previamente engañado. Le salvó que no existían ni Twitter ni las tertulias de televisión.

Es la distancia entre el comportamiento público y el privado; entre la alfombra roja de Hollywood y la cantina de una fábrica o el ascensor de un edificio de oficinas. Entre la huelga del día 8 y lo que pase después.

Si hay algo que enseñe la historia es que, en efecto, las ideas no se pueden detener. Va siendo hora de darse cuenta.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Carlos Lareau

Analista, Economía Digital

Carlos Lareau está especializado en comunicación corporativa y relaciones institucionales. Es socio director general de Conduit Market Engineers. Dedicó 12 años al periodismo de trinchera en El Diario Vasco, El Correo Español, PRISA y EFE.

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