Tras las elecciones: contar hasta diez o arriesgarse a la ‘destrucción mutua asegurada’

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el de la Generalitat, Carles Puigdemont, coincidieron en Barcelona hace meses. EFE/Toni Albir

Tras las elecciones: contar hasta diez o arriesgarse a la ‘destrucción mutua asegurada’

La alta participación del 21-D liquida toda excusa. Ahora los partidos deben dialogar y buscar soluciones; la alternativa es la ‘destrucción mutua asegurada’

La polarización se ha hecho tan consustancial a estos tiempos que las elecciones del 21 de diciembre se analizan como si tratara de un duelo con sólo dos desenlaces posibles: patria o muerte. El independentismo tiene motivos para estar satisfecho, aunque una de sus opciones bastante más que la otra. Quienes no desean romper con España, en sus diferentes variantes, tan solo pueden consolarse con haber encontrado refugio en Ciudadanos, confianza que Inés Arrimadas deberá saber administrar.

Sin embargo, si se aplica una mirada más propia de ingeniero, se puede aventurar que la historia no tiene por qué repetirse necesariamente, condenando a la política catalana y española a la cronificación de la tensión y la inestabilidad con su secuela de daños para la economía y la convivencia. Para ello, los políticos deben pensar como ingenieros, pero, claro, eso es complicado.

El 82% de participación significa que, técnicamente, todos los votantes posibles acudieron a las urnas. El dato invalida cualquier excusa sobre circunstancias excepcionales: votó todo el mundo y lo hizo exactamente a quien quiso. La foto de alta definición resultante abarca la Cataluña real, la silenciosa y la hasta ahora pasiva.

La altísima participación del 21-D invalida cualquier excusa: votó todo el mundo y lo hizo exactamente a quien quiso

La división del tronco del independentismo en Junts per Catalunya y ERC y la existencia de un abanico de opciones no independentistas, unido a la masiva participación, dio a la votación un inédito carácter de banco de pruebas. Como cuando se miden las prestaciones de un motor, se pudo comprobar, con decimales y geolocalización, la potencia, temperatura de funcionamiento y resistencia al desgaste de cada oferta política.

Y, de paso, su capacidad para condicionar la política española, característica esencial de cualquier maquinaria que pretenda tener tracción en el periodo que se abre. El futuro no se decidirá solo en Barcelona. Se dirimirá en Madrid –en La Moncloa, en Las Cortes y en el Supremo—y pasará una ITV en Bruselas. Lo contrario es engañarse. O peor: seguir engañando a la ciudadanía y abocarse a la doctrina de la MAD, mutual assured destruction o destrucción mutua asegurada, como Washington y Moscú en los peores días de la guerra fría.

Después de tantos meses de tensión, los llamados a decidir de las próximas semanas deberían contar hasta diez… Si caen rehenes de lo que han articulado en sus primeras reacciones, resultará más difícil evitar destrozos profundos de los que nadie, incluyendo ellos mismos, podrá escapar. Una repetición de las elecciones al final de la primavera iniciaría los perjuicios duraderos en la economía: destrucción de empleo, cese de inversiones y gradual retirada de centros productivos.

El futuro de Cataluña tendrá que decidirse también en Madrid y Bruselas; lo contrario es abocarse a la MAD

La afirmación más certera entre las emitidas por un político en las horas posteriores al recuento posiblemente la pronunció Mariano Rajoy: a partir del 21-D, “nadie podrá decir que habla por toda Cataluña”. No es preciso extenderse sobre el asunto porque ya lo ha hecho, agudamente y antes que Rajoy, el editor de Economía Digital, Juan García en un artículo especialmente recomendable.

La gran presunción del Procés 1.0 fue la asumir en régimen de monopolio la representación política y el liderazgo moral del poble de Catalunya. Apoyándose en la ANC y en Omnium, y al dictado de la CUP, el anterior Govern adoptó una suerte de leninismo nacional revolucionario, con Carles Puigdemont al frente de una alianza de clases medias menestrales, funcionariales y radicales varios bajo la estelada contra el genérico España.

Puigdemont, probablemente intoxicado por la adrenalina, mostró de lleno su registro Procés 1.0. la misma noche electoral. Desafió al Gobierno (“ha fracasado la receta de Rajoy”), al Estado (“la República Catalana ha derrotado al la Monarquía del 155”) y advirtió a la Unión Europea (“tomen nota”) para que deje de apoyar al ejecutivo español. Demasiados adversarios para una sola noche.

Una repetición de las elecciones al final de la primavera iniciaría los perjuicios duraderos en la economía

Pero si ahora quiere contemplar siquiera la posibilidad de ser investido, ¿será capaz de asumir el Procés 2.0 que las urnas y la estrategia de ERC le exigen? La visión de Oriol Junqueras pasa por resignarse a la bilateralidad y dejar la independencia en un ambiguo sine diae. Para el PP y los partidos estatales que le tendrán que dar cobertura, como Cs y el PSOE, bilateralidad se tiene que entender inequívocamente como “dentro de la legalidad”, perímetro que el propio Rajoy, en una intervención muy diferente en tono al de apenas unos días antes, utilizó el viernes.

El papel de Ciudadanos será crucial en las semanas venideras. Es una axioma que los resultados de unas elecciones autonómicas, particularmente en Cataluña, no prefiguran los de unas generales. Albert Rivera no pudo evitar la tentación el jueves de robarle parte de la luz a su triunfadora catalana. No debería ignorar lo que enseña la experiencia.

Arrimadas tiene un je ne sais quoi ganador al que contribuye la apariencia de que no está maleada… al menos todavía, que diría el cínico. Y, quizá porque encarna la figura del catalán dual, que no necesita envolverse en exceso en la bandera rojigualda, cosa que otras figuras de su partido han hecho para ganar barlovento en el conjunto de España.

La visión de Junqueras pasa por resignarse a la bilateralidad; PP y PSOE deben entenderlo como mantenerse dentro de la legalidad

En Cataluña, gracias a Arrimadas, Ciudadanos no tiene tan marcada la imagen de ser el submarino de José María Aznar. Si así fuera, no le habrían entregado su voto –con confianza o meramente como último recurso— buena parte de la parroquia tradicional del PSC y unos cuantos huérfanos de la antigua Convergencia. Arrimadas y su equipo deberán resistir la presión de Rivera, Girauta y de otros autores del alejamiento de Cs de su centrismo original.

Tras su éxito Puigdemont y sus fieles –encabezados por la nueva Wonder Woman de la política catalana, Elsa Artadi— pueden pensar que mantener siempre a contrapié a propios y extraños y provocar una disrupción permanente seguirá funcionando indefinidamente. Hacerlo conducirá, antes que tarde, a un nuevo descalabro.

Si es así, no habrá manera de que ponga fin a su escapada sin que le reciba la Guardia Civil. Ni de que lo hagan los demás auto exiliados. Ni de que, si lo hacen, la Justicia –posiblemente— los deje en libertad provisional para que puedan asumir sus escaños o para que Oriol Junqueras y sus compañeros también salgan de prisión y acudan al Parlament a investir a Puigdemont, previo estricto pacto de legislatura.

Las elecciones catalanas han demostrado que Rajoy ha fracasado. Nada de lo que ha intentado ha funcionado

Y después de lo anterior, unos se tendrán que sentar con otros en algún lugar, que nunca será el extranjero, como proponía el ex president desafiante todavía el viernes, para iniciar algún tipo de conversaciones con el Gobierno de Madrid. Si el PP habló con ETA, lo hará con Puigdemont. En esta ocasión no hay violencia de por medio, pero los procesos judiciales, recién ampliados, contra los protagonistas de la aventura de septiembre y octubre, introducen un elemento que nadie puede controlar.

Y esa es la pieza final del puzzle. Las elecciones han demostrado que Rajoy ha fracasado. Es preciso internar algo nuevo, pero gran parte de la sociedad española está saturada de un agudo sentimiento anticatalán que va más allá de siglas, lo que dificulta hacer política… ahora que ya no queda más remedio. Pero, como el instinto más desarrollado del líder del PP es la sobrevivencia, lo razonable es pensar que algo se le ocurrirá.

Lo que uno se pregunta es qué hará y si lo hará a tiempo de impedir que Ciudadanos y otras fuerzas que le apoyan en el Congreso le retiren el oxígeno. ¿Podrá, además, mantener la confianza de sus socios de la UE, que hasta ahora no le han presionado, pero que –con Polonia, por ejemplo—ya tienen suficientes problemas?

Al final, todo vuelve a estar como estaba en 2010, en 2012 en 2015 o, incluso. El ra de bre en Cataluña se analizan, generalmente, ncial a los tiempos que vivimos que  ocurriramos de nuevo la frialdad del , en varios momentos de este año que termina. ¡Tantas oportunidades perdidas! O se busca una solución que no sea reanudar el conflicto o la alternativa es la destrucción mutua asegurada.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Carlos Lareau

Analista, Economía Digital

Carlos Lareau está especializado en comunicación corporativa y relaciones institucionales. Es socio director general de Conduit Market Engineers. Dedicó 12 años al periodismo de trinchera en El Diario Vasco, El Correo Español, PRISA y EFE.

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