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Más de un ciudadano podrá exclama: ¡Campi qui pugui!, pero ya no sólo en relación a España, sino ahora también en relación a Cataluña

Fèlix Riera

La escuela catalana ha potenciado los valores del nacionalismo, y la ha convertido en una escuela catalana. EFE
La escuela catalana ha potenciado los valores del nacionalismo, y la ha convertido en una escuela catalana. EFE

Barcelona, 21 de septiembre de 2017 (04:55 CET)

Una constatación: toda ideología o movimiento político y social tiende a la máxima potencia y cada incremento de potencia disminuye los años de su hegemonía en la sociedad, corroyendo las ideas que les permitieron crecer. El actual conflicto entre el gobierno de la Generalitat y el estado español es un proceso que incrementa gradualmente la potencia de aquello que defienden.

Es un aumento potencial que, a medida que avanza, va ahogando los argumentos de unos y otros hasta convertirlos en grotescos, que es lo contrario de lo supuestamente sublime que pretenden alcanzar. Como en las ilustraciones de John Tenniel en la obra Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carrol en las que podemos ver cómo una serie de mujeres tocadas por la belleza se convierten en mujeres que nos dan miedo. Nada como los espejos cóncavos para tomar conciencia de cómo una idea elevada a su máxima potencia puede llegar a deformar y deformarse hasta alcanzar  a aquellos que la han hecho realidad.

Se ha querido ver a España por muerta muchas veces en la historia del catalanismo

Cuántas veces en la historia del catalanismo, desde finales del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX , se ha dado por muerta a España. Joan Maragall nos muestra esta visión en su artículo La independencia de Cataluña, publicado  en 1897, cuando dice: “debemos creer que ha llegado a España la hora del campi qui pugui y debemos defendernos rápido de toda relación con una cosa muerta”.

La cosa muerta es el pensamiento español y, por extensión, el proyecto de España. Otros intelectuales como Josep Pijoan o Joan Estelrich han entrado en la misma lógica, al destacar la necesidad de buscar una salida a la relación con España; una salida que sólo acrecienta el desánimo y el desconcierto en el cuerpo cultural y político catalán. Mostrar el cuerpo político e intelectual español como una figura muerta es una idea que se ha extendido como tesis hasta el actual conflicto.

El independentismo no ha sabido ver que con la transición se acabó la historia de España como sentimiento trágico

La muerte de España como realidad, al margen del contencioso que mucho catalanes tienen con ella, se pretende argumentar como una consecuencia directa de la muerte de la misma democracia en el estado español.

Se busca mostrar y certificar, como notarios, los abusos de un estado que, para defender su supervivencia, está dispuesto a cruzar la fina línea  que separa el estado de derecho de un poder desnudo que ya nada debe obediencia a sus súbditos. Lo que en la voz de Maragall era una notable reflexión para unir el futuro de Cataluña a los vientos de modernidad de Europa y alejarse de una España obcecada en mantener un cierto papel de liderazgo en el mundo mientras  perdía  sus colonias y su papel en la historia, contrasta con la utilización de esta misma figura retórica por parte del independentismo más radical.

Un independentismo radical que nunca ha sabido ver que con la transición, y una vez alcanzada la democracia, se había acabado la historia de España como sentimiento trágico para iniciar la historia de los españoles.

La potencia con la que se dice que la democracia ha muerto en manos del estado español sólo busca alejar definitivamente a Cataluña del estado. Una actitud que, si fuera crítica, ayudaría a centrar la futura relación entre Cataluña y España pero que, al ser meramente instrumental para llegar a la independencia, puede llegar a eliminar toda posible solución.

La pregunta es, ¿cuándo se dará respuesta a la petición de un nuevo marco de relación entre Cataluña y España?

Esta misma lógica de elevar a la máxima potencia un argumento tendencioso también lo encontramos en la posición del gobierno español, que sigue sin afrontar el fondo del problema de la relación entre Cataluña y España. En estos últimos años, el gobierno español ha visto cómo "los cuatro gatos que iniciaron el catalanismo",  tal como advierte Josep Pijoan, se han convertido para España en un millón seiscientos mil ciudadanos a la espera de respuestas a muchas preguntas que se sintetizan en una ¿Cuándo se dará respuesta a la petición de un nuevo marco de relación entre Cataluña y España?

El argumento que se potencia hasta sus máximas cuotas es intentar confundir el independentismo catalán con el gobierno de la Generalitat. Como ocurre con  los coches que pueden llegar a ahogarse si se les fuerza y se les lleva a la máxima potencia, estamos alcanzando un nivel que puede provocar ahogar las vías argumentarles que pretenden buscar adeptos a sus causas.

Esta situación lleva a más de uno de los ciudadanos a exclamar ¡Campi qui pugui! Pero esta vez ya no sólo en relación a España, sino ahora también en relación a Cataluña.

 

 

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