24 de abril de 2016 (01:00 CET)

Cuando he visto que Ciudadanos ponía en marcha una reforma orgánica para evitar la aparición de barones regionales, me he dicho: ya tenemos nuestro partido bonapartista. La estructura de C's será totalmente centralizada y en las regiones, que han perdido la consideración de comunidades autónomas, sólo habrá delegados regionales. Si este es el partido de la renovación que Dios coja confesada a España. Viajamos hacia el pasado, a los tiempos de Bonaparte.

Casualmente tuve la ocasión hace dos semanas de asistir a la Convención anual de la Fundación Maurice Coppieters en Ajaccio (Córcega). La Fundación representa la unión de las entidades de pensamiento vinculadas a las fuerzas de progreso y autodeterministas de Europa.

Pues bien Ajaccio, ciudad natal de Napoleón Bonaparte, respira por todas partes la huella de este contrarrevolucionario que arrasó media Europa bajo los principios de la libertad, la igualdad y la fraternidad. En la ciudad encontramos multitud de topónimos vinculados al hijo ilustre: la calle principal, el nombre del aeropuerto...

Pero más allá de la épica, que tanto entusiasma a muchos franceses, ¿qué queda de su obra y de la de su descendiente Napoleón III? Un modelo de Estado musculado, intervencionista en economía, siguiendo los pasos del colbertismo, pero no especialmente redistribuidor, sólo en la medida que dispone de una ancha base funcionarial de apoyo. Un estado con un pasado colonial duro y con una descolonización casi tan desastrosa como la española. Con una force de frappe de intervenciones neocoloniales en la África subsahariana.

Una economía privada, absolutamente centralizada en el entorno de París, con baja capacidad de innovación. Y con una crisis de identidad irreversible. Francia pinta poco en Europa; y los ciudadanos de ascendencia no europea se resisten a pasar por el rasero de la homogeneización cultural de tradición jacobina.

Los compañeros progresistas y autodeterministas corsos que gobiernan la microautonomía por primera vez, nos explicaban que en las próximas elecciones generales en Francia, el duelo será entre neogaullismo y lepenismo; derecha y extrema-derecha. Xenofobia, jacobinismo, antieuropeismo. Un cóctel que no promete nada bueno para Francia y para Europa. Como en los cómics de Astérix y Obélix, sólo un pueblecito resiste esta deriva: el pueblo corso. En Córcega la extrema derecha es residual y en cambio hay una mayoría de fuerzas autodeterministas, progresistas y europeístas.

Napoleón fue del partido de Pasquale Paoli (el Babu, padre de la patria) que instauró la primera democracia de Europa en la isla durante dos décadas en el siglo XVIII, como reconocía Rousseau. Pero Bonaparte traicionó el partido de la independencia de Córcega y se pasó a la causa francesa, cambiándose el nombre (de Napoleone a Napoléon; de Buonaparte a Bonaparte), persiguió a Paoli y anexionó Córcega a Francia por las armas; y liderando la creación del Imperio francés, bajo vestimenta revolucionaria, cubrió el pacto de la antigua oligarquía con la nueva oligarquía.

Diseñó un modelo burocrático de Estado: prefectos, departamentos, policía política, enseñanza centralizada, ejército obligatorio y adoctrinador. Y siempre, en nombre de la soberanía popular expresada en plebiscitos controlados: gobernar de forma autocrática sin control parlamentario. Me suena al Gobierno en funciones de Rajoy.

Nuestros amigos corsos no pronostican nada bueno los próximos años en Francia. La locura jacobina bonapartista del catalán Manuel Valls, acabando de estropear el diseño artificial de los límites regionales franceses; y los tics de la inquisición interior sobre el inmigrante sospechoso de no adicto; sumado a los miedos de algunos notables del Midi ante el proceso emancipador catalán y a los consecutivos y frustrados intentos de cambiar el rígido modelo funcionarial y laboral francés, nos indican que nos encontramos ante un Estado con apariencia fuerte, pero absolutamente inseguro.

Un Estado que se ha querido fuerte a expensas de tener una sociedad civil débil. Y esta situación sólo trae explosiones periódicas de tintes revolucionarios que acaban siempre en contrarrevolución.

Europa, la democracia y la justicia social sólo podrán avanzar con estados de dimensiones pequeñas o medianas, cohesionados culturalmente, no a golpes de uniformización forzosa y con sociedades civiles fuertes. Tampoco debe de ser casualidad que la única zona de Francia liberada de forma autosuficiente por el maquis local y el ejército francés fuese en 1943, Córcega, después del desembarco aliado en Sicilia y que los italianos cambiaran de bando.
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