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Las diferentes acciones del movimiento independentista se justifican como necesarias para servir al pueblo, pero cae en prácticas peligrosas

Miquel Porta Perales

La escuela catalana ha potenciado los valores del nacionalismo, y la ha convertido en una escuela catalana. EFE
La escuela catalana ha potenciado los valores del nacionalismo, y la ha convertido en una escuela catalana. EFE

Barcelona, 30 de marzo de 2017 (17:44 CET)

En Cataluña, la espiral del silencio –ese no expresar lo que uno piensa, cuando va a contracorriente de la opinión oficial, por temor a las consecuencias de toda índole que pudieran derivarse de ello- está desapareciendo a marchas forzadas. O lo que es lo mismo, el ciudadano catalán está perdiendo el miedo al “qué dirán”, al “qué pensarán” y al “vete con cuidado por si acaso, porque nunca se sabe qué puede ocurrir”. La prueba: cada día son más los ciudadanos, comentaristas y políticos que hablan, sin complejos, del “golpe de Estado del nacionalismo catalán”.

Conviene saber de qué hablamos cuando hablamos de golpe de Estado. Para empezar, la expresión “golpe de Estado” proviene de la Francia del siglo XVII y, a partir de ahí, surgen una serie de definiciones clásicas que contienen algunos elementos comunes. Por ejemplo: la idea de complot, el secretismo, el incumplimiento de la ley, la rapidez, la insurrección para conquistar el poder o redistribuirlo de otra manera, los actos de fuerza sin violencia, o la violencia militar, política o social.

Con posterioridad, el golpe de Estado se asocia también –insisto, también- a una suerte de pretorianismo, militar o civil, que buscaría –según dicen los sujetos agentes del mismo- la democratización o modernización del Estado. Asimismo, se habla de la existencia de un golpe de Estado “institucionalizado” que expresaría –otra vez: según dicen los sujetos agentes del mismo- la voluntad del “pueblo”. Los golpistas, que se presentarían como los verdaderos representantes y defensores de los intereses del pueblo, actuarían por el bien de la nación.

Los golpistas siempre suelen justificar sus acciones por el bien de la nación

Por lo demás –aportaciones recientes-, existe la idea de golpe de Estado “democrático” (Ozan Varol) y de golpe de Estado “blando” (Gene Scharp). Ambos –que hablan de diversas “modalidades de desestabilización” y de “estrategias conspirativas no violentas”- se refieren a golpes contra regímenes dictatoriales. En cualquier caso, la idea de Hans Kelsen de golpe de Estado como “acción radicalmente ilegal”, sigue ahí.

Y en Cataluña, ¿qué? El caso catalán podría ser –se trata de una hipótesis- un híbrido de Gabriel Naudé y pretorianismo civil “institucionalizado”. Me explico.

Gabriel Naudé (1600-1653), en su Science des Princes, ou Considérations politiques sur les coups d´État (1639), define el golpe “justo” como aquellas “acciones osadas y extraordinarias que los príncipes están obligados a realizar… contra el derecho común, sin guardar ningún procedimiento ni formalidad, arriesgando el interés particular por el bien público”. Matizo: el príncipe cree, o dice creer, que el golpe es una práctica lícita, justa y obligada al servicio de la Nación o el Estado. Un príncipe que ha de procurarse el consentimiento del pueblo a través de mitos, creencias, libelos, persuasión, seducción y apariencias.

El caso catalán oscila es una especie de pretorianismo civil institucionalizado

De Gabriel Naudé –bibliotecario, mago y asesor de Mazarino- a un pretorianismo civil “institucionalizado” que combina acción política y acción colectiva con el objetivo de desestabilizar progresivamente al Estado. Verbigracia: relato, imágenes, sentimientos, agravios, movilización callejera, calentamiento y recalentamiento del ambiente, declaración de soberanía, diseño de una legalidad a la carta, “astucia”, desafío, desobediencia, fraude de ley, incumplimiento de la legalidad, procesos participativos que esconden referéndums ilegales, homenajes a los inhabilitados por desobediencia a las resoluciones del Tribunal Constitucional, leyes de transitoriedad en la sombra, diplocat, tergiversación de la legalidad internacional o reforma exprés del reglamento del parlamento de Cataluña en quince minutos para evitar el debate parlamentario.

Una deslegitimación del Estado de derecho, y un golpe a la democracia, en beneficio –dicen- de una hipotética República catalana íntegra, virtuosa, transparente, limpia y esplendorosa.

Una práctica no democrática -¿golpe parlamentario? ¿autogolpe?- que sitúa al nacionalismo catalán entre Burundi y Venezuela. Todo ello hasta que llegue el gran momento de la gran ruptura.

Todo, aseguran –veta peronista-, en nombre y defensa de la democracia y el pueblo. Todo –esa comunión espiritual y unidad de destino entre nación y nacionalismo- por Cataluña.

La obsesión que no cesa. La ficción sigue ahí. El nacionalismo catalán vuelve a las andadas. De momento, no sale al balcón de la Generalitat proclama en mano. Se conforma con un mitin en el hall del Teatro Nacional de Cataluña. ¿Drama? ¿Comedia? ¿Entremés? Carles Puigdemont: “Se vengarán de nosotros si no lo conseguimos”. Artur Mas: “Hemos dejado de ser súbditos del Estado español”. Obnubilación. El nacionalismo catalán en su ínsula barataria. Populismo.

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