Carles Puigdemont ha demostrado que los soberanistas se han quedado atrapados en sus propias trampas. EFE/Generalitat de Cataluña

Atrapados en sus propias trampas

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Atrapados en sus propias trampas los dirigentes soberanistas han dejado a los suyos en la estacada y eso puede provocar un cambio en el mapa político

Jordi García-Soler

Carles Puigdemont ha demostrado que los soberanistas se han quedado atrapados en sus propias trampas. EFE/Generalitat de Cataluña

Barcelona, 30 de octubre de 2017 (20:51 CET)

La bandera española sigue izada en el Palau de la Generalitat. Otro tanto sucede en el hemiciclo del Parlament de Catalunya. Parece raro, pasadas ya más de setenta horas de la proclamación de la República Catalana. Una proclamación que ni siquiera ha sido publicada en el Butlletí Oficial del Parlament de Catalunya ni en el Diari Oficial de la Generalitat. Carles Puigdemont ya no preside el Govern, al igual que Oriol Junqueras ha dejado de ser vicepresidente y han cesado de sus cargos todos los hasta ahora consejeros, así como todos los otros altos cargos de designación directa. La Mesa del Parlament ha dejado de estar convocada y se reunirá solo el último reducto legal de la cámara autonómica, su Diputación Permanente.

Atrapados en sus propias trampas, los secesionistas se han topado de frente con la realidad. Ya no pueden seguir viviendo en su irrealidad, en su universo virtual. El narcisismo y el ensimismamiento tienen sus propios límites, incluso cuando se trata, como sucede ahora, de unos fenómenos no solo individuales sino colectivos. La extravagancia de una votación secreta y en urna para algo aparentemente tan solemne y trascendente como la proclamación de la independencia de un país puede haber sido el postrer episodio de un proceso que se demuestra ya fallido.

El secesionismo catalán no ha traspasado el Rubicón, se ha hundido él solo

Nada estaba previsto ni preparado para el triunfo de la unilateralidad. La firme respuesta del Estado democrático de derecho, tanto con la aplicación gradual del artículo 155 de la Constitución como con la inmediata convocatoria de nuevas elecciones autonómicas para el día 21 de diciembre, ha desbaratado todos los planes del secesionismo y ha descolocado a todos los dirigentes independentistas, tanto a los que hasta ahora formaban al Govern de Junts pel Sí y a sus aliados de las CUP como a la Assemblea Nacional Catalana como a Òmnium Cultural.

Todo ello ha llevado al desconcierto de gran parte de los centenares y centenares de miles de ciudadanos independentistas, que han pasado de su legítima ilusión de haber llegado a considerarse ya ciudadanos de la nonata República Catalana a considerarse simplemente ilusos. La fe del carbonero, creyente de todos los dogmas, principios y normas, se derrumba al comenzar a dudar, al descubrir que casi todo lo que se les había prometido queda en nada. Queda en mucho menos de lo preexistente: queda en una autonomía intervenida y, por tanto, gobernada desde la Moncloa.

Mientras, otros muchos otros centenares y centenares de miles de ciudadanos de Catalunya, tan ciudadanos de Catalunya como los que hasta ahora se consideraban los únicos dignos de esta calificación, se manifiestan de forma multitudinaria en las calles y plazas de muchos municipios catalanes, con profusión de banderas, tanto las españolas como las catalanas –las de verdad, esto es la constitucional en el primer caso, y la “senyera” y no la “estelada” en el segundo-, y lo hacen sobre todo repitiendo de forma insistente un grito: “Votarem!”, “¡Ahora sí que vamos a votar!”.

El mapa político puede cambiar, porque el independentismo ha descubierto que el rey iba desnudo

El descalabro sufrido ya por la economía catalana es indiscutible y es de temer que vaya a más si no se impone de nuevo la sensatez, es decir el “seny”, renunciando de una vez y por todas a la “rauxa”. Está claro que ningún Estado ha reconocido ni va a reconocer a la por ahora nonata República Catalana. Y la escisión social en Catalunya es una realidad asimismo innegable. Me duele mucho verme obligado a reconocer que llevaba razón José María Aznar cuando vaticinaba que “antes se romperá Catalunya que España”. Me duele también tener que dar la razón al exministro de Asuntos Exteriores José Manuel García Margallo, porque la nonata República Catalana se encuentra “perdida en el espacio sideral”.

El secesionismo catalán no ha traspasado el Rubicón. Se ha hundido en él. El barco que viajaba a Ítaca ha terminado también hundido. El día 21 de diciembre saldremos de dudas. El mapa político catalán puede experimentar un giro espectacular. O no. En cualquier caso se tratará de unas elecciones autonómicas de una trascendencia política extraordinaria, con una participación electoral previsiblemente muy alta, con un electorado no independentista muy motivado y con un electorado independentista que en gran parte se halla estupefacto al haber descubierto que el rey iba desnudo.  

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