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El independentismo se asoma a la realidad, y tras ganar un referéndum puede ocurrir que se logre su bloqueo y todo derive en un adelanto electoral

Fèlix Riera

El independentismo no sabe cómo avanzar ahora, después de asomarse a la realidad. EFE /Archivo

Barcelona, 12 de octubre de 2017 (04:55 CET)

De la misma forma que no toda Cataluña es independentista, no podemos asegurar que habrá acabado el independentismo político y, aún menos el social, con la no proclamación de la DUI. Lo que si podemos decir es que nada es más asombroso que la realidad cuando hace descender a los hombres de sus cegadores ideales.

La victoria del independentismo el 1 de octubre ha propiciado, paradójicamente, su bloqueo y muy probablemente el adelanto electoral. Ganado el referéndum ilegal, obligados por ley de transitoriedad ilegal a declarar la DUI tras conocer los resultados de dicho referéndum, se ha impuesto reconocer lo más adecuado a la realidad, que es mejor no declarar la independencia. Han constatado que la solidaridad de Europa no desembocaba en apoyos políticos para propiciar la deseada ruptura con España.

Lo ganado con el autonomismo se puede perder con la independencia

La migración de empresas y entidades financieras de Cataluña fuera de sus fronteras, no siendo irreversible, es un toque de atención a los dirigentes independentistas, al advertir que lo ganado con el autonomismo puede perderse con la independencia. Han observado en las calles de Barcelona que “el pueblo” se ha dividido entre la Cataluña independentista y la Cataluña que dice basta! a tantos encuentros con la historia.

Hoy en la calle se manifiesta la ilusión independentista y el agotamiento de tanta ilusión instrumentalizada por unos pocos. Hace unos días en una de las manifestaciones en favor de la independencia se podía leer en la cabeza de la manifestación “las calles siempre serán nuestras“; hecho que pudo comprobarse también tras la manifestación del domingo convocada por Sociedad Civil. Las calles son de todos, independientemente de las ideologías defendidas, compartidas o no. Ya se puede decir, sin ser desleales con Cataluña, que el marco de convivencia se ha roto y habrá que restablecerlo.

Los que hace unos días proclamaban el fin del procesismo deberán admitir que éste ha vuelto

Pero, por otra parte, no debemos caer en el error de pensar que la asombrosa realidad sólo tiene una cara. Hay una realidad que debe ser considerada por el Estado español si no quiere caer en el riesgo de seguir repitiendo los mismos errores.

La Cataluña independentista es la suma de particulares evoluciones hacia un deseo de ruptura, consecuencia de la falta de sensibilidad española ante sus reivindicaciones económicas y de reconocimiento como país. A ello hay que sumar la necesaria y urgente reforma de España y sus instituciones. Se viene constatando la falta de un sólido plan para dotar de un proyecto industrializador en Andalucía que permita independizarse de la megápolis de Madrid, de favorecer el corredor del Atlántico, como el del Mediterráneo que sigue esperando, y la falta de un debate con voluntad de impulsarlo en el terreno territorial que demanda la reforma de la constitución.

La asombrosa realidad ha propiciado, afortunadamente, la rectificación de la muy tachada y deteriorada “hoja de ruta”. Los que hace unos días proclamaban el fin del procesismo deberán empezar admitir que éste ha vuelto

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