Albert Rivera y Pedro Sánchez, lo que se juegan en Cataluña

18 de octubre de 2015 (23:00 CET)

Los vaivenes de la política española son constantes. Las encuestas han dibujado en los últimos meses escenarios muy diferentes, y a ello se agarran los partidos que en estos momentos llevan las de perder. Es el caso del PP, que no ha vivido, precisamente, la mejor de sus semanas, con la advertencia de Bruselas sobre unos presupuestos que debían servir para demostrar que el Ejecutivo hace los deberes y quiere cumplir con sus promesas sobre la bajada de impuestos.

Pero lo que sí ha comenzado a ser una tónica, madurada lentamente, es la apuesta del mundo económico por una alternativa en el Gobierno de España, por una alianza política que sea capaz de avanzar en las reformas que necesita el país y afronte retos como el de Cataluña, con inteligencia y mano izquierda.

Esos sectores económicos, como se apuntaba en Economía Digital, lo que desean es una mayor actividad por parte del inquilino de Moncloa, que sepa diagnosticar e implementar las medidas que se necesitan. Más allá de los datos demoscópicos, aparece en el horizonte una alianza entre el PSOE y Ciudadanos, todavía poco concreta.

La paradoja es que ese acuerdo de gobernabilidad puede llegar casi por accidente, ante la parálisis del PP de Mariano Rajoy, que ha comenzado a experimentar una peligrosa deriva, con protagonismos cruzados por parte del ministro García-Margallo, Montoro, Sáenz de Santamaría y el propio Rajoy.

Uno de los reproches a Rajoy es que no ha sabido manejar el problema catalán, pensando en que sería la misma sociedad catalana la que acabaría anulándose a sí misma, porque no existe una mayoría amplia que defienda la independencia. Eso podría ser una realidad, y se verá cómo acaba la investidura de Artur Mas, pero no puede ser la guía para un Gobierno español, responsable del conjunto de la sociedad española, lo que incluye a la catalana. 

Y ese reto, si no lo asume Rajoy, o el PP, lo debería asumir el próximo Ejecutivo, que podría encabezar Pedro Sánchez, con la ayuda de Albert Rivera. Nadie discute que la prioridad absoluta es reconducir la economía española, y las grietas del sistema político, con la necesidad imperiosa de reforzar los organismos reguladores, de dotar a la administración de justicia de mayor autonomía o de solucionar de una vez por todas el cáncer de la financiación de los partidos políticos. Pero en paralelo se debe afrontar con valentía la cuestión catalana, porque, entre otras cosas, representa casi el 20% del PIB de España.

Tanto Pedro Sánchez como Albert Rivera, si fructifica ese pacto, no pueden buscar un mero parche. Una de las cuestiones que siguen quedando en el aire es saber cómo los políticos del conjunto de España pueden hacer ver que Cataluña precisa de un mayor encaje, lo que no equivale ni a privilegios ni a chantajes.

Sencillamente se trata de creerse de verdad el estado autonómico, con competencias propias, y compartidas, con lealtad institucional mutua. Eso es lo que ha deseado desde el inicio una gran parte de la sociedad catalana, incluso la que ha votado a candidaturas independentistas como un método para presionar hacia un acuerdo satisfactorio.

Lo que está en juego esta vez en las elecciones generales no es únicamente la gestión de una nueva legislatura. España se encuentra en una situación en la que debe decidir: caminar hacia los países punteros de Europa y del mundo, y buscar una solución duradera sobre su pluralidad interna. Se ha demostrado que el PP, con una excesiva presencia en sus filas de altos funcionarios del Estado, que no quieren cambios de ningún tipo, no ha sabido solucionar ese reto. Ahora falta saber si Sánchez y Rivera son conscientes de que no pueden eludirlo.

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