El presidente cesado de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, acompañado por su esposa, Marcela Topor. EFE/Marta Pérez

Al independentismo político

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Hay que pedir al independentismo político que sueñe con la República proclamada pero que viva bajo el estado de derecho que expresa la Constitución española

Fèlix Riera

El presidente cesado de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, acompañado por su esposa, Marcela Topor. EFE/Marta Pérez

Barcelona, 01 de noviembre de 2017 (17:58 CET)

El gobierno de España, al convocar elecciones el día 21 de diciembre, ha determinado y trazado con gran destreza política los límites del estado y los límites del independentismo político. De la misma forma que el Estado no puede, ni debe, convertir la aplicación del artículo155 en solución, sino en restauración del estado de derecho en Cataluña, el gobierno de la Generalitat debe cesar en su escalada basada en desbordar los límites de la Constitución.

Es decir, entender la aplicación del 155 como límite para restaurar el marco constitucional y no desbordarlo. Ahora son muchas las voces críticas en relación al independentismo pero deberíamos diferenciar su base social de su liderazgo político. Los ciudadanos que ahora, y como siempre, han deseado romper con España nunca han sido un problema hasta que la política los ha utilizado para sus fines políticos.

Por el contrario, el independentismo político siempre ha sido un problema, para todos y para ellos mismos,  pues sólo se siente cómodo desafiando cualquier limitación política que vaya contra sus objetivos. Su naturaleza, hasta hoy, ha sido alimentarlas ansias de superación de cualquier marco constitucional, enfatizadas por las negativas  del estado español a atender las demandas catalanas. Si el independentismo político  no evoluciona hacia un independentismo solidario, ni siquiera la idea de una España que pueda encajar sus demandas ni el posible cambio de la Constitución serán suficientes para tranquilizar sus ansias de ruptura.

El independentismo siempre ha sido un problema, porque sólo se siente cómodo desafiando cualquier limitación

El independentismo  debería advertir la sabia observación que nos legó la escritora  May Sinclair en su fantástico relato Donde el fuego nunca se apaga en el que advierte: "Piensas que el pasado afecta al futuro. ¿Nunca te has parado a pensar que el futuro puede afectar al pasado?…”

La ambigua proclamación de la República Catalana por segunda vez en el parlamento de Cataluña vuelve a tener un efecto negativo en el pasado, al sumar su fracaso político, que no social, a la historia del catalanismo que siempre ha buscado el mejor camino para defender los intereses de Cataluña. La actuaciones del gobierno de la Generalitat han vuelto a dejar sin argumentos a un independentismo realista con sus fuerzas dentro y fuera de Cataluña.

La idea de que el conflicto permanente y las movilizaciones permanentes son su legado político para el futuro del independentismo es un error en la medida de que los acontecimientos vividos la pasada semana lastran la interpretación del pasado, lo debilitan y convierten la historia del indepentismo en una acumulación de energías, no para crear una República, sino para destruir al estado español.

Lo que hagamos hoy tiene consecuencias en el pasado, en cómo será contada la historia. Hay que recordar que quien hace la historia no son sus protagonistas, sino quien la narra, quien la relata; y el tiempo arrojará más luz en sus errores de cálculo que en sus historias de resistencia.

Los acontecimientos de la pasada semana lastran la interpretación del pasado y eso lo debe asumir el independentismo

El nuevo tiempo que se abre con la convocatoria de elecciones debería ser aprovechado por todos para dotar una nueva orientación a la política catalana, concentrando el esfuerzo por trazar actuaciones coyunturales que reparen los efectos de un proceso que nos ha alejado de la cuestión central, consistente en favorecer los intereses de Cataluña sin perjudicar a los catalanes.

Aunque parezca un planteamiento ilusorio dada la fractura que se ha creado en la sociedad catalana, el proceso electoral debería servir para fortalecer la unidad civil, dejar de estigmatizar al contrario y convertir las elecciones del 21D en las elecciones de todos y contra nadie. Se puede estar en contra de todo lo acontecido y tener, a la vez, la certeza de que nada se podrá hacer sin contar  con la aritmética política que obligará a unos y otros a dejar fuera lo que nos divide y empezar a sumar lo que nos une. Hoy, el imperativo es la recuperación de las instituciones y volver al diálogo como un primer paso para alcanzar acuerdos.

La prioridad es volver al diálogo, y recuperar las instituciones

La vuelta del independentismo político a la normalidad democrática va a resultar clave para provocar un descenso suave y armónico del independentismos social y volver a situar el anhelo de un cambio en el marco constitucional para mejorar la situación de Cataluña. Para ello, todas las fuerzas políticas independentistas deben concurrir a la elecciones autonómicas, mantener sus parlamentarios en Madrid, seguir solicitando el independentismo tras la ambigua proclamación de la República Catalana, apelar a la paciencia, ser perseverantes y mantener la perspectiva”.

Paciencia porque la República aún no ha llegado. Perseverancia porque hay que presentarse a las elecciones autonómicas convocadas por Mariano Rajoy para poder seguir optando a la independencia. Y estrategia porque se debe luchar y perseguir los objetivos dentro del marco del estado del derecho si queremos sobrevivir políticamente al independentismo radical. Simplemente hay que pedir al independentismo político que sueñe con la República proclamada pero que viva bajo el estado de derecho que expresa la Constitución española.

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