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Acato, pero protesto por una decisión judicial que ordena la prisión incondicional contra Cuixart y Sànchez, porque es exagerada y nada justificada

Jordi García-Soler

La Comisión Europea evita comentar el encarcelamiento de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, en la imagen. Bruselas lo considera un “asunto interno de España” / EFE

Barcelona, 17 de octubre de 2017 (18:30 CET)

Tomo prestado el título de este artículo de un poema escrito por Pere Oliva, el seudónimo que utilizaba el para mí tan querido y añorado Joan Reventós en sus breves y bellos poemarios, fiel reflejo de una personalidad humana tan rica, compleja y multidimensional como fue la del principal impulsor y líder indiscutible de la unidad socialista en Cataluña. No pretendo con ello atribuirme el derecho de asegurar que Reventós compartiera este artículo si pudiera, porque jamás se me ha ocurrido patrimonializar o instrumentalizar a ningún fallecido en defensa de mis ideas u opiniones, a diferencia de lo que algunos suelen hacer con excesiva frecuencia.

Dicho esto, sé muy bien que en un Estado democrático de derecho –y sin duda la España actual lo es-, los ciudadanos debemos respetar y acatar siempre todas las decisiones judiciales. Pero también tenemos derecho a disentir de ellas, incluso a protestar contra ellas si no nos parecen justas, adecuadas u oportunas.

Acato, por tanto, la decisión judicial de ordenar prisión incondicional contra Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, los dos principales dirigentes de Òmnium Cultural y de la Assemblea Nacional Catalana, acusados ambos de un supuesto delito de sedición. No obstante, disiento de esta decisión judicial y protesto contra ella. La considero exagerada, desproporcionada y poco o nada justificada, y por tanto absolutamente inadecuada e inútil.

Y sobre todo considero que es una decisión judicial inoportuna, que no hace más que echar más leña al fuego del gravísimo conflicto institucional y político existente en Catalunya, este gran problema de Estado que plantea el desafío secesionista.

Protesto, por la cerrazón tanto de Rajoy como de Puigdemont, porque son incapaces de abrir puertas al diálogo

Catalunya entera vive “con el alma en vilo”, o “amb l’ai al cor”, como certera e inteligentemente tituló en portada El Periódico pocos días atrás. Es un sinvivir incesante, una pesadilla permanente, una situación colectiva de ansiedad, angustia, depresión y estrés, que se ha materializado ya en un aumento notable de prescripción y consumo de medicamentos tales como ansiolíticos, antidepresivos y somníferos, así como en un incremento considerable de visitas a las consultas de psiquiatras, psicólogos y terapeutas.

Otro sector profesional catalán que tiene asimismo las agendas poco menos que colapsadas es el notariado. Son ya unas setecientas las empresas catalanas que han trasladado sus sedes sociales a otras comunidades autónomas, y el ritmo de traslados no solo no se reduce sino que aumenta. No se trata solo de los únicos dos grandes bancos catalanes ni de otras grandes empresas; se trata también de gran cantidad de pequeñas y medianas empresas, este rico entramado del tejido económico y social que ha hecho fuerte a Catalunya, puesto en entredicho por la evidente inseguridad jurídica ahora existente.

También ante todo esto me remito al título del ya mencionado poema de Joan Reventós: acato, pero protesto. No me queda más remedio que acatar o aceptar esta situación tan grave, pero no puedo dejar de protestar ante ella. Protestar, aunque solo sea por el tan socorrido derecho al pataleo, ante la absoluta cerrazón de unos y otros, tanto de Mariano Rajoy como de Carles Puigdemont, incapaces ambos de abrir puertas al diálogo. Puigdemont, negándose a reconocer que no declaró ni proclamó la independencia de Catalunya. Rajoy, no dando su brazo a torcer por su afán de ganar por goleada, hasta llegar a la humillación de su adversario.

"Deberemos volver a salir a la calle con el lema Llibertat, amninistía, Estatut d'autonomia"

El famoso viaje a Ítaca anunciado por Artur Mas cuando emprendió su huida hacia adelante como algo idílico y plácido, se ha tornado ya en una aventura alocada, con consecuencias posiblemente irreversibles y trágicas. Ni uno solo de los dirigentes, adalides y propagandistas del movimiento secesionista catalán tuvo el coraje político de advertir de los posibles costes económicos, empresariales y sociales de aquel tan fantasioso e irreal viaje a Ítaca. Todavía más, todos ellos negaron una y mil veces estos costes, ahora ya hechos triste y dramática realidad: unos costes económicos enormes y ya palpables, unos costes empresariales innegables y, lo que a mi modo de ver es aún mucho más grave, unos costes sociales tremendos, evidenciados en la desaparición de aquella unidad civil que había hecho que en Cataluña conviviéramos en paz y en libertad, con un muy alto nivel de autogobierno y con un progreso económico que nadie puede poner en duda.

Se lo comentaba a un buen amigo y compañero, tan veterano o más que yo en la militancia de la catalanidad antifranquista, democrática y de izquierdas: “Tendremos que volver a salir a la calle a manifestarnos con aquel mismo lema de hace ya más de cuarenta años: “Llibertat, amnistía, Estatut d’autonomia!””.

 

 

 

 

 

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