La oferta cultural pública compite con la privada a golpe de dinero público.
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Los demonios del consumo cultural

¿Cómo le explicamos a un programador de teatro privado que pague por un contenido un precio superior al que recuperará si el teatro público de al lado lo hace?

Estamos acostumbrados a hablar de la cultura como si fuera el reflejo de una actividad altruista y bienintencionada y nos acompleja afrontar todo aquello que la convierte en una propuesta comercial sujeta a las reglas del mercado.

De todo hay, por supuesto, pero la mayor parte de los contenidos que asociamos cotidianamente a la creación y a la producción cultural son en realidad productos de mercado. La música que escuchamos en la radio, las películas que consumimos en los cines o mas reposadamente en casa dentro de cualquier plataforma digital, los libros que leemos, incluso las piezas de diseño que compramos para personalizar nuestras casas o los restaurantes que elegimos para singularizar una velada. Todo eso se mueve con las reglas de un mercado en el que la competencia, la oportunidad y la eficiencia son tan relevantes como en otros ámbitos del consumo cotidiano con menor capacidad para generar valor añadido.

Hay un diferencial que cuesta mucho explicar entre todo aquello que afecta la dimensión educativa de la cultura y lo que simplemente refleja su dimensión económica, y este diferencial es motivo de grandes equívocos y de complejos debates ideológicos.

La mayor parte de los contenidos que asociamos a la creación cultural son en realidad productos de mercado

No pocas personas demonizan la dimensión comercial de la cultura pero es probable que la consuman con normalidad olvidando que esos contenidos que compran generan una economía real o diferida de la que se nutren  indirectamente los nuevos creadores. Demonizar la economía de la cultura y despreciar a las empresas que la producen y la comercializan supone aceptar una progresiva colonización cultural dado que inevitablemente estamos sujetos a una oferta de contenidos constante y persuasiva que no se puede limitar con medidas proteccionistas.

Es como si alguien extremadamente crítico con la comercialización de la cultura acudiera a una manifestación contra los abusos de las grandes multinacionales y dejara a su hijo pequeño en casa tranquilamente viendo una película de Disney en su plataforma favorita. De hecho este ejemplo debe ser tan habitual como la paradoja que implica.

Una de las razones que justifican este debate es la indefinición existente acerca de los límites de las políticas culturales públicas. Si la administración dedicara sus esfuerzos a elaborar programas educativos, a fomentar la participación y el activismo cultural dejando al margen de sus intereses todo lo referente al comercio de la cultura, el debate se clarificaría, pero la realidad es otra.

La inmensa mayor parte de los teatros catalanes son públicos, exactamente igual que los auditorios o las salas de exposiciones, lo que comporta que estos equipamientos compren o incluso produzcan contenidos con recursos públicos que circulan con precios de mercado. La administración es arte y parte en la generación de una economía de mercado que afecta a la cultura y que inflaciona sus precios por encima de su rendimiento real.

La administración inflaciona los precios de la cultura por encima de su rendimiento real

¿Cómo le podemos explicar a un programador de teatro privado que pague por un contenido un precio superior al que podrá recuperar cuando al lado tiene un teatro público que lo hace habitualmente? Lo mismo podemos decir de un grupo musical o de una exposición. El diferencial de todo ello se cubre con subvenciones, lo que equilibra el mercado a costa de mantener los precios por encima de su valor de sostenibilidad.

La realidad indica justo lo contrario. Con independencia del dinero público que le dediquemos, el futuro de nuestra producción cultural dependerá de nuestra capacidad para incrementar los públicos, o sea la demanda y asociadamente a ello, los ingresos por ventas reales. De hecho, es el incremento de la demanda lo que permitirá bajar los precios de la cultura y hacerla mas accesible porqué, en no pocos casos, eliminará de la ecuación una acción publica sustitutoria que los altera al alza.

El mundo de la cultura diferencia claramente entre el coste y el valor de un producto y es evidente que cuando ambos conceptos se mezclan el precio de la actividad se dispara. A la administración hay que exigirle que administre adecuadamente el coste de cada contenido aceptando que su valor se rija por criterios de mercado. Al fin y al cabo y como en otras cosas, la gente está dispuesta a pagar lo que sea por una propuesta singular o a no pagar nada por otra que carezca de interés con total independencia de lo haya costado producirla.

Xavier Marcé

Xavier Marcé aporta una visión única de dos ámbitos críticos y transformadores de las sociedades modernas: ¿cómo impacta la economía en la cultura? ¿Y la cultura sobre la economía? Su ensayo más aclamado es El exhibicionismo del mecenas (Milenio, 2007) que escribió junto con Ramon Bosch.

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