Banco Sabadell perdió 1.873 millones en depósitos tras el 1-O. En la imagen, la sede social de Caixabank, en Valencia. EFE

El rompeolas económico del independentismo catalán

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El fracaso de la intentona independentista ha sido económico: las empresas huyen de la inestabilidad, de la arbitrariedad y de los amigos de lo ajeno

María Blanco

Banco Sabadell perdió 1.873 millones en depósitos tras el 1-O. En la imagen, la sede social de Caixabank, en Valencia. EFE

30 de diciembre de 2017 (04:55 CET)

Cuando se inicia un proyecto empresarial son fundamentales los cálculos previos. Hay que estudiar la viabilidad financiera, realizar estudios de mercado, analizar la competencia, los puntos fuertes de tu oferta, y en este sentido, mantener los pies en la tierra es fundamental. Merece la pena pasarte de pesimista antes que de optimista, porque la consecuencia de sobrevalorar tus posibilidades es el fracaso y la de infravalorarlos es el éxito inesperado.

Este modo de analizar a priori con el realismo y prurito necesarios es aplicable a cualquier emprendimiento vital o incluso político; por ejemplo, la República Independiente de Cataluña. Quiero pensar que los economistas y politólogos involucrados hicieron sus deberes y, sin embargo, algo debió fallar en sus previsiones. La Comisión Europea ya había dejado claro que no iba a involucrarse en un asunto que afectara a la soberanía de uno de sus estados miembros, especialmente, por el ejemplo que pudiera cundir. Pero, dispuestos a todo, con unos datos inflados y un surtido de palmeros alrededor, los independentistas dieron el salto al vacío. Una vez en el aire, decidieron, como suele decirse, sostenella y no enmendalla, y las cosas acabaron en Estremera para unos, y Bruselas para otros.

Las precipitadas elecciones catalanas convocadas por Mariano Rajoy no han confirmado que haya una mayoría social independentista sino que hay una fractura difícil de resolver. A pesar de que la aceleración de los acontecimientos desde el pasado mes de septiembre puede ofrecer una imagen diferente, esta división no es flor de un día, se ha ido fraguando poco a poco, se ha cocinado a fuego lento en cada escuela en la que se incumplía el mandato constitucional, en cada ayuntamiento que imponía multas a los comerciantes que no rotulaban en catalán exclusivamente, en cada declaración insultando, descalificando y menospreciando a los catalanes no independentistas y al resto de los españoles.

Las elecciones catalanas no han confirmado una mayoría social independentista sino una fractura difícil de resolver

Pero el fracaso de la intentona independentista que aún está por resolver, no ha sido, desde mi punto de vista, solamente político: ellos habrían seguido ignorando a la mitad de los catalanes sin problema. Ya se sabe, todo por la causa. Desde mi punto de vista, el fracaso ha sido económico. No creo que el rey hubiera aparecido en televisión para presionar al Gobierno si no se hubiera producido la huida empresarial exponencial de Cataluña. No creo que la Comisión Europea hubiera ofrecido tanta resistencia si Cataluña tuviera más que aportar que recibir de las arcas europeas. Y no creo que esa fuga de empresas hubiera tenido lugar si los independentistas hubieran presentado un proyecto de país económicamente viable. La historia económica internacional está repleta de ejemplos en los que se muestra la disposición de los gobiernos democráticos a tratar con cualquier régimen, por ilegítimo que sea, siempre que lo exija el “guión” económico.

¿Qué ha podido fallar? Las empresas huyen de la inestabilidad, de la arbitrariedad y de los amigos de lo ajeno. Otra cosa habría sido si se hubiera asegurado, con hechos, no con palabras, la posibilidad de obtener beneficios, de seguir operando sin altibajos, es decir, los mínimos jurídicos que cualquier economía necesita, y además, una relación fluida con el resto de los países europeos.

Así las cosas y a punto de terminar el año sin saber sobre qué hombros exactamente va a recaer la responsabilidad de seguir guiando el futuro de Cataluña, hay quien piensa, como el catedrático de derecho mercantil de la Universidad Autónoma de Madrid, Jesús Alfaro, que va a ser el desgaste económico el que va a hacer de rompeolas del independentismo catalán, y pone como ejemplo al País Vasco, donde ya parecen haberse dado cuenta de que la dependencia económica es un escollo a superar antes de plantearse un proyecto de país.

2018 llega con peores previsiones en Cataluña; queda la esperanza de que el pellizco económico despierte a las mentes sensatas

De igual modo, los catalanes independentistas más sensatos ya deben estar presintiendo que el futuro económico y empresarial es lo que va a cortar las alas a su sueño. También el Gobierno central lo sabe y ya está tomando medidas. La caída económica catalana afecta al resto de España, así que más vale pagar la factura en forma de prebendas que ensombrecer el progreso (relativo) de la economía nacional, y menos ahora que Rajoy y su equipo no están en su mejor momento.

El sueño independentista lo vamos a pagar todos de una manera u otra. Y eso no es bueno. Porque los españolitos de a pie que tengan que asumir el coste económico de este salto al vacío no van a estar dispuestos a repetir la escena, y si toca poner encima de la mesa la solución federalista frente a la unidad nacional, los dudosos se van a poner al lado de los nacionalistas españoles. Se va a caminar, de nuevo, hacia una solución de consenso y se va a perpetuar el problema territorial español. La diferencia es que la capacidad para encontrar respuestas, aunque sean de consenso, es decir, el mal menor, de los políticos actuales es muy inferior a la de los años 70, cuando quien ponía peros a los Pactos de la Moncloa, firmados por partidos, sindicatos y patronal, era Fraga, en solitario. Que no indica que fueran la solución más deseable, pero sí la disposición para el consenso de aquellos protagonistas de la política española.

Por desgracia, el año 2018 llegará con más huidas empresariales, peores datos económicos en Cataluña y mayor divergencia interna en la sociedad catalana. Mantengamos la esperanza en que el pellizco económico despierte a las mentes sensatas. 

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