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La aceleración de la globalización ha llevado a pensar en una renta básica para compensar su cara oscura, pero es mejor una fiscalidad global

Santiago Mondejar

Montoro quita el control a Junqueras de nóminas y facturas. El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, en un acto reciente. EFE

Barcelona, 13 de septiembre de 2017 (19:14 CET)

En una fábula escrita por el autor genovés Olivier Clerc se narran las tribulaciones de una rana que se encuentra nadando en una cazo de agua fría. En un momento dado se prende un fogón bajo el cazo, pero con muy poca intensidad, de tal manera que la temperatura del agua va subiendo tan lentamente que la rana sigue nadando en el agua tibia con cierto placer, hasta que la temperatura empieza a dejar de ser placentera aunque no lo suficientemente desagradable para hacer que la rana, algo debilitada, reaccione y salte fuera de olla. Al llegar a un cierto punto, la rana está tan exhausta y aturdida que es ya incapaz de hacer nada, hasta que acaba cociéndose viva.

Por su parte, Samuel Butler, en su obra El Libro de las Máquinas, reflexionó en 1863 sobre los peligros que se derivan de la correlación de los conceptos evolutivos de Charles Darwin con la mejora de las máquinas, y del riesgo de que las estas cobren autonomía y acaben por tener preponderancia sobre los seres humanos, en una crítica a la deshumanización industrial y las desigualdades sociales, y una premonición de la Singularidad Tecnológica en ciernes que puede hacer que nuestra generación sufra la suerte de la rana de Olivier Clerc como consecuencia de la gradual confluencia de la globlalización, la automatización de los medios de producción y de la consiliencia que propicia la Inteligencia Artificial.

Tal vez deslumbrados por la brillantez tecnológica y abrumados por la celeridad del cambio, parecemos estar inclinados a mirar a otro lado, y a barrer estos problemas debajo de la alfombra buscando solaz refugio en las utopías de lo tribal. Pero lo cierto, como demostró inteligentemente a sus aduladores el Rey Canuto, es que la marea global que ya nos llega a los tobillos no dejará de subir.

La mastodóntica y pantagruélica economía de China está muy lejos de haber tocado techo, y está usando estos balances comerciales favorables para reforzar su preponderancia invirtiendo en mega proyectos de ingeniería civil como el OBOR (Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda), diseñada para conectar a China con Europa y el sudeste asiático, creando miles de kilómetros de ferrocarril y carretera junto con una serie de puertos a lo largo de los océanos Pacífico e Índico, a la vez que financia proyectos en Asia y África por valor de 100.000 millones de dólares.

Lo que está impulsando China implica una transformación de todos los sistemas de política social

Estas tendencias y los cambios que ya están teniendo lugar en nuestras sociedades son de tal alcance y profundidad que nos llevarán inevitablemente a tener que transformar nuestros sistemas de política social, ya que los modelos implementados durante la era de la industrialización ya no responden a los retos de la era digital en un mundo que esta haciendo obsoletas las soberanías nacionales a marchas forzadas.

El reto de primer orden al que nos enfrentamos es el del previsible desempleo crónico de muy amplias capas de la población, como consecuencia de la automatización generalizada de los puestos de trabajo, lo que nos empuja a un crisis de orden que se manifestará en el paulatino deterioro y decadencia de nuestras sociedades por la virtual imposibilidad de obtener ingresos regulares fruto del trabajo y la cristalización de una mayoría de la población como clase pasiva.

Una potencial solución de segundo orden a este desafío la encontramos en la propuesta de una renta básica universal, que ha venido ganando adeptos en el ultimo lustro. Aun cuando, desde un punto de vista material, la propuesta tiene plausibilidad, no podemos pecar de ingenuidad creyendo que nuestra sociedad sea un sistema linear que puede corregirse con cambios simples, cuando de hecho la sociedad global actual es un sistema transitorio, dinámico y complejo en el cual todo está interrelacionado, y cada vez mas en tiempo real.

Por lo tanto, adoptar una solución como la renta básica universal no es practicable actuando solo localmente, ya que los cambios necesarios son de tal calado que transcienden el ámbito local y obligan a adaptar y racionalizar una parte sustancial del sistema de bienestar social que opera en nuestra sociedad, y que afecta a un enorme espectro de situaciones, desde los subsidios por desempleo a las pensiones.

La era digital exige nuevas respuestas si se tiene en cuenta que las soberanías nacionales están obsoletas

A mi juicio, algunas de las propuestas presentadas hasta la fecha para financiar la renta básica universal (esencialmente amalgamar y transferir fondos de otros programas de bienestar social) son insuficientes no solo materialmente, sino porque cometen el error antes mencionado de aplicar soluciones locales a problemas globales.

Por consiguiente, creo que parte de la solución pasa por el establecimiento de un impuesto global que puede tener un papel clave para corregir esta divergencia de intereses: la implementación de un impuesto global progresivo tiene el potencial de instrumentar soluciones tangibles para que los desequilibrios distributivos que benefician a accionistas y a países dominados por oligarquías interesadas en limitar los derechos laborales, sociales y políticos de sus ciudadanos se compensen, y que a la vez les haga pagar su parte de responsabilizad en los efectos adversos que su afán por la opulencia causa tanto a sus propios conciudadanos como a los de terceros países. La globalización no puede ser un juego de suma cero, que incentive a ciertos países e individuos a aumentar su riqueza a costa de aumentar la pobreza relativa del resto.

El establecimiento de obligaciones fiscales globales que garanticen una convergencia global al alza de los estándares de la calidad de vida, puede ser un catalizador para que emerja una conciencia social internacional que fomente una ciudadanía global que nos de la oportunidad de superar la miopía de la proximidad y permita la implantación de derechos universales, pero sobre todo de obligaciones globales.

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