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Tras 25 años de celebración de los Juegos Olímpicos, Barcelona representa el espíritu de consenso y colaboración entre administraciones, un proyecto federal

Jordi García-Soler

Barcelona'92, que fomentó la posterior entrada de turistas, no fue un sueño y supuso la colaboración entre todas las administraciones. EFE/Quique García

Barcelona, 25 de julio de 2017 (18:51 CET)

Transcurridos, día por día y casi hora por hora, veinticinco años exactos desde que, la tarde del día 25 de julio de 1992, tuvo lugar en el Estadio Lluís Companys la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, y sabiendo cuál es la situación en Cataluña en la actualidad, parece imposible que todo aquello no fue una simple ensoñación, un mero espejismo.

Poco o nada de aquel espíritu olímpico que hizo posible no solo que Barcelona’92 se convirtiese en los mejores Juegos Olímpicos de toda la historia, sino que transformó radicalmente a la capital catalana por la tan necesaria actualización, ampliación y mejora de casi todas sus infraestructuras, la situó definitivamente en el mapa mundial y la convirtió en una referencia internacional de creatividad, modernidad, innovación e imaginación.

Barcelona'92 convirtió la ciudad en una referencia internacional de creatividad y modernidad

No obstante, con ser todo ello ya de gran importancia, me parece que lo que desde un punto de vista histórico confiere todavía mayor trascendencia a Barcelona’92 es que hizo realidad aquella tan conocida frase del gran alcalde olímpico y luego presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall: “lo que es bueno para Barcelona, es bueno para Cataluña, y es bueno para España”.

Porque Barcelona’92 fue una realidad espléndida e inolvidable gracias a un consenso institucional resultante de un consenso político y social previo, impuesto por la tozudez incansable de Pasqual Maragall y todo su equipo, con la complicidad de un Gobierno español presidido por Felipe González –con el exalcalde Narcís Serra, el primero que apostó por la candidatura olímpica de la capital catalana, convertido ya en vicepresidente-, y a pesar de las reservas y las suspicacias constantes de un Gobierno de la Generalitat presidido por Jordi Pujol, que desde su concepción eminentemente rural de Cataluña, de matriz más o menos carlista, receló siempre del potencial extraordinario de la ciudad de Barcelona y su entorno metropolitano, sospechoso tal vez por su mestizaje y cosmopolitismo liberal.

Aunque ahora, un cuarto de siglo después, parece que casi todos quieren atribuirse toda clase de méritos en el gran éxito que sin duda fueron aquellos Juegos Olímpicos y todo cuanto representaron para Barcelona, para Cataluña y para toda España, se advierte que, si nos ceñimos a la realidad de los hechos, los hay que preferirían que nada de aquello hubiese sido realidad, que todo aquello hubiese sido un mero espejismo.

Es significativo que quien quiso boicotear los Juegos sean ahora consejeros de la Generalitat

Sin nostalgia ninguna, convendría reivindicar ahora aquel espíritu olímpico que hizo que lo que en principio podía parecer un sueño ilusorio e irrealizable se convirtiera en una gran realidad de la que vinieron y siguen viniendo enormes beneficios colectivos. Para Barcelona, para Cataluña y para España.

No deja de ser curioso, y sobre todo particularmente significativo, que, pasados ya veinticinco años desde 1992, algunos de quienes en aquel entonces se significaron más en los intentos de boicot de aquellos Juegos Olímpicos con su campaña de agitación “Freedom for Catalonia” –entre otros, Oriol Pujol Ferrusola, David Madí, el exconsejero Francesc Homs y los recientemente nombrados nuevos consejeros del Gobierno de la Generalitat Joaquim Forn y Jordi Turull- figuren entre los dirigentes principales del movimiento secesionista catalán.

Porque aquel espíritu olímpico de Barcelona’92 era una clara apuesta por una concepción federalista de España como nación de naciones y de Cataluña como sociedad integradora e inclusiva, plural y diversa. 

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