Aunque atraviesa una delicada situación, el caso del Popular no se puede comparar con Bankia. / ED-Archivo

Banco Popular no es Bankia

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Pese a su compleja crisis, el banco de Emilio Saracho no se puede comparar con Bankia. En este caso sus problemas no se solucionan con dinero público

María Blanco

Aunque atraviesa una delicada situación, el caso del Popular no se puede comparar con Bankia. / ED-Archivo

Madrid, 14 de abril de 2017 (20:55 CET)

No. Banco Popular no es Bankia, nos pongamos como nos pongamos. El Popular es un banco privado desde su nacimiento, cuyas ganancias y pérdidas son asumidas por los accionistas. Es un banco con problemas. Una de tantas empresas financieras que se vieron afectadas por la crisis del 2008, cuando la burbuja inmobiliaria española nos estalló en la cara. Tampoco ha sido ésta la primera crisis a la que se ha enfrentado el Popular.

No solamente tuvo que superar la crisis del 73, también tuvo que hacer frente a una sucesión difícil y a luchas de poder internas. Y es verdad que se tomaron decisiones cuestionables que explican que el banco entrara en la crisis del 2008 con mal pie, en una situación complicada, entre otras cosas, por ser de los últimos que entró en el ruedo inmobiliario. A día de hoy la situación de Banco Popular es mala. Pero no es Bankia. Nunca lo fue.

Comparar el proceso casi maquiavélico de Bankia con la limpieza de Banco Popular es casi obsceno

Bankia fue un Frankestein resultado de la llamada “fusión fría”, integrada por la mayoría de las cajas de ahorro e ideada para achicar agua y solucionar, cuanto antes y de la mejor manera posible, el desastre de las cajas de ahorros. Las propias cajas, que muchas veces se intentan pasar como bancos privados “con alguna diferencia”, son más banca pública que quieren jugar a ser privada. Porque no es un detalle menor que, por definición, las cajas no tengan afán de lucro, sino que los beneficios se empleen para fines sociales.

Tampoco lo es que en los consejos de administración se sienten representantes gubernamentales y locales, en una proporción mayor o menor dependiendo de la comunidad autónoma. El tan injustamente denostado “afán de lucro” es lo que lleva, también en el caso de las empresas financieras, a mejorar su servicio al cliente, a sobrevivir a las crisis, a buscar el tamaño adecuado. Y además, han de cumplir con los criterios de solvencia que la abundante reglamentación financiera impone.

La corrupción en el seno de algunas cajas, habida cuenta del poder que implica la arbitrariedad de decidir qué es fin social o no; la mala gestión, al saberse respaldadas por los gobiernos central y regional; la mala influencia de las luchas políticas autonómicas, son todos factores que explican la precaria situación de muchas de ellas. Esta mala salud se puso de manifiesto cuando pinchó la burbuja inmobiliaria, como al bajar la marea queda al descubierto quien va desnudo.

No es un detalle menor que los beneficios de las cajas se empleen para fines sociales

La solución para las cajas, fruto de la ingeniería financiera, pasaba por convertir estas entidades con un estatus tan peculiar, en instituciones privadas que pudieran salir a bolsa y ser compradas. Se creó el Banco Financiero y de Ahorros (BFA) que, en principio, operaría bajo la marca de Bankia (este aspecto cambió más adelante). Para lograrlo se emplearon casi 4.500 millones de euros del FROB, a cuenta de los españoles presentes y futuros. Y se puso al frente a Rodrigo Rato. Pero BFA estaba nutrido con dinero del ladrillo y de preferentes y hubo que hacer encaje de bolillos para que aquello fuera a buen puerto.

Finalmente, en 2011 salió a bolsa el 55% de Bankia, y consiguió captar 3.100 millones más de euros. Hubo que dotar de más recursos procedentes del FROB, a pesar de lo cual al año siguiente se decidió nacionalizar la matriz de Bankia, BFA. Y ese junio del 2012, el ministro Luis de Guindos solicitó el rescate bancario a las instituciones europeas por un valor de 100.000 millones de euros. A devolver y comprometiéndose a cumplir con 37 condiciones referidas a las políticas bancarias y no bancarias, como el cumplimiento del déficit o la reforma del mercado laboral.

No se puede decir que el desastre de Bankia fuera consecuencia de la política de Mariano Rajoy. No hay que olvidar que en la cúpula de Bankia había miembros de todos los partidos tradicionales, patronal y sindicatos, que fue auditada por Deloitte, y bendecida en 2011 por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y el Banco de España.

BFA estaba nutrido con dinero del ladrillo y hubo que hacer encaje de bolillos para que llegara a buen puerto

Lo demás ya lo sabemos. Comparar este proceso casi maquiavélico de Bankia con la limpieza necesaria que está sufriendo Banco Popular es casi obsceno. Hay que esterilizar 35.000 millones de euros en inmuebles. Y se va a lograr mediante una ampliación de capital, que habrá que afinar el cómo y por cuánto, que tendrá sus problemas, pero es una ampliación de capital de un banco solvente, con un beneficio anual de unos 1.200 millones de euros.

Han bajado las acciones pero no el volumen de depósitos, los clientes confían. Nadie tiene una bola de cristal para ver el futuro, pero no es tan trágico. Lo que está haciendo Banco Popular es parte del juego del mercado: las malas decisiones se asumen así, no con dinero de los ciudadanos. Eso sí, la sangre vende más periódicos.

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