Autárquicos y globalistas

16 de octubre de 2016 (01:00 CET)

Trump aborda los últimos días de campaña con aires de perdedor. Sus groseras salidas de tono y el indisimulable autoritarismo asociado al supremacismo blanco, machista y cristiano, acabarán dando por buena a una candidata demócrata, tenida como gran profesional de la política, ligeramente escorada hacia la parte social, pero indiscutiblemente ligada al establishment. Al final, habrá sido una victoria fácil para Clinton, que en su campaña se ha limitado a ir a la contraofensiva capitalizando los anti-Trump, sin proponer nada de nuevo al mundo y a los EE.UU.

Por eso, habría que reflexionar sobre las opiniones de Michael Lind, periodista del New Yorker y New Republic. Lind es un pensador conservador muy crítico con la globalización liberal y multicultural que promueve el Instituto New America, un think tank de esta corriente en Washington.

Lind opina que a pesar de todo, el apoyo elevado que todavía tiene Trump, obedece a la crisis social y de identidad que ataca las capas medianas empobrecidas de origen europeo. Hace 30 años sólo eran los libertarios de derecha que afirmaban que el Estado-nación era caduco y que era positiva una inmigración sin controles. Ahora, en el mundo al revés, la izquierda más domesticada del Partido Demócrata defiende parcialmente aquellos postulados, junto con las élites republicanas, mientras que la derecha popular se ha vuelto antiglobalista.

Mientras tanto en las ciudades, polos de inversión tecnológica, financiera y de atracción turística, se encuentra una alianza entre élites cosmopolitas y trabajadores inmigrantes que trabajan en los servicios. Pero en el extrarradio encontramos a quienes dan servicios a los trabajadores de servicios y en los territorios interiores y las ciudades medianas, una clase mediana empobrecida; todos ellos con miedos hacia las nuevas inmigraciones y contrarios al globalismo.

Este renacimiento autárquico tiene que ver con estos miedos a la inmigración y a los acuerdos de libre comercio. Ahora es la derecha conservadora la que defiende la autarquía contra la importación de mercancías chinas; y ha hecho un giro en defensa de la seguridad social y las pensiones públicas. El nuevo populismo conserva algunos detalles del ADN clasista cuando se niega a perjudicar con impuestos las rentas más altas.

Pero Trump y la gente con aromas populistas como él han sabido robar la cartera a la izquierda tradicional, demasiado insertada en el sistema, y denuncian por arriba a las élites corruptas y por bajo, a los parásitos sociales. La nación formada por la mayoría social que vive de su trabajo, dicen, tiene que defenderse de los dos tipos de parásitos. El nacionalismo jacobino, por definición, es un proyecto excluyente de las clases sociales que se oponen. Cuando la élite globalista desprecia la clase obrera tradicional autóctona está abocando al populismo a miles de trabajadores blancos y sus familias.

Otro factor reactivo de los empobrecidos es la práctica unanimidad de los medios de comunicación, muy vinculados a las oligarquías económicas que fulminan a los populistas, siempre y cuando no les sean útiles. Y ahora estos no lo son.

Para Lind el futuro próximo augura un ascenso de los populismos conservadores porque luchan contra la oligarquía sin proponer un cambio de sistema. A diferencia de los populismos de izquierda que hacen coincidir la guerra a la oligarquía con un supuesto cambio del sistema.

Dice Lind que en diez años gobernarán los nacionalistas aliados con las clases trabajadoras indígenas, a las que se habrán unido las oleadas de inmigración más asentadas. Cómo pueden ver este análisis del populismo en EE.UU. es coincidente con la emergencia del europeo. ¿Ambos son totalmente denunciables?

En mi opinión, como a los inicios de la revolución industrial y democrática, todas las clases populares son afectadas por un fenómeno de empobrecimiento relativo y de pérdida de protección de la solidaridad social (antes la iglesia y ahora el Estado del bienestar). Pero este hecho compartido, por culpa de las tradicionales confrontaciones ideológicas e identitarias, hace que estas clases se dividan en tres bandos aparentemente irreconciliables: los seguidores de las teorías liberales, de las socialistas y de las populistas.

Lo curioso del caso es que todas estas ideologías tienen cadáveres en el armario. Sus extremos han provocado mucha infelicidad y centenares de miles de muertos: los fascismos represores de raíz populista; el liberalismo, en manos del capitalismo salvaje y oligárquico, provocando la miseria y las migraciones masivas; y el socialismo real de los regímenes comunistas o afines justificando dictaduras sangrientas y miserias.

Por una vez, ¿no sería de utilidad que las comunidades, desde la más pequeña y modesta y de forma concéntrica a las más grandes, empezaran a abordar una diagnosis compartida sobre los problemas que afectan y afectarán a la gente y el planeta en las próximas décadas, y sin apriorismos ideológicos se encontraran soluciones compartidas?

De lo contrario, cuanto más se acentúe la batalla ideológica y se enquisten los problemas, asistiremos al triunfo de las oligarquías de siempre. Eso sí, revestidas con bandera liberal, socialista o populista.


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