Román Sanahuja: lazos de sangre

21 de diciembre de 2013 (18:06 CET)

Es un naufragio del que no quedan ni los restos. La sanción de la CNMV a Sacresa es el último episodio de Román Sanahuja y de sus dos hijos, Javier y Román, que trastabillaron en la compra de Metrovacesa acompañados de su socio Domingo Díaz de Mera.

Trataron de cabalgar en Cajasol (El Monte) y pelearon por el control de la constructora mastodóntica que en realidad era un queso gruyere atacado por la carcoma del apalancamiento. El de los Sanahuja es un relato conocido en el que el pez chico se come al grande; el mismo que sufrieron Bruno Figueras en la compra de Ferrovial, Fernando Martín en Martinsa-Fadesa (con una crédito de mil millones de Caja Madrid) o Rafael Santamaría en Urbis; y parecido, muy parecido, a la penetración fallida de los Entrecanales o de Florentino Pérez en las compañías energéticas. Es el desenlace triste de unos amos del universo cuyo único plan se dividió en dos: burbuja y deuda bancaria.

 
Las contabilidades fallidas son estirpes sin linaje; miradas torvas a pocos metros del abismo

Los Sanahuja son la caricatura del capitalismo miope: cuentas opacas, jets privados y la cubierta de un yate de su propiedad, el Cap de Quers, cuya eslora --44 metros de lujo flotante atracado en Montecarlo-- fueron el escenario del pelotazo de Can Domenge, una transacción de los Sanahuja pagada con una orden de prisión contra María Antonia Munar, la política de Unión Mallorquina. El pelotazo de Can Domenge adquirió talla de relato policial el día en que el capitán del yate, José Manuel Baldor, decidió poner las cartas boca arriba delante de la Fiscalía Anticorrupción.

Sacresa se llevó 52.000 metros cuadrados del mejor solar público de Palma a un precio demasiado ventajoso, con pagos en metálico de los que huelen a comisión partitocrática. El relato de Baldor rompió el silencio cómplice de una travesía nocturna entre el Port Vell de Barcelona y el puerto de Mallorca. Ante la Fiscalía, el capitán fue acusado por los Sanahuja de ser un hombre desequilibrado, un lugar común de la marinería romántica, modelo Errol Flyn en El capitán blood, el clásico papel de melancólico y dipsomaníaco.

Pero no coló y, aunque Baldorn fue despedido, resultó que sabía demasiado, tanto que habló de bolsas de plástico con fajos de billetes dentro. Poco después, otra tormenta, esta vez financiera, desembocó en el concurso de Secresa. Demasiadas coincidencias; y muchos cabos sueltos entre el amarre y la botavara.

 
Los Sanahuja son la caricatura del capitalismo miope: cuentas opacas, jets y un yate fueron el escenario del pelotazo

Las contabilidades fallidas son estirpes sin linaje; lazos de sangre; miradas torvas a pocos metros del abismo. El día que el mercado enterró los ciclos de Kondratiev hizo un daño moral inconcebible. Hay sabemos que los ciclos no sólo existen, sino que pueden llevarse por delante un 30% de la riqueza nacional. Y sabemos que el origen del mal se lo lleva el ladrillo como verificaron los Sanahuja en 2003, con su entrada en el capital de Metrovacesa, entonces controlada por Joaquín Rivero. Sacresa compró el 4% de Metrovacesa, secundando a Rivero con el fin de frenar una opa hostil lanzada por los italianos de Quarta y Astrim sobre el 100% de la inmobiliaria.

Una batalla accionarial que acabó en guerra abierta cuando Metrovecesa decidió crecer como estrategia defensiva haciéndose con la empresa francesa Gecina. Los Sanahuja y Rivero llegaron a las manos. A un lado del ring se situaron Rivero y su socio Bautista Soler, entonces presidente del FC Valencia y, al otro lado, los Sanahuja. Estos últimos se llevaron la pieza. Pero nunca una victoria había resultado tan amarga.

Después de un armisticio accionarial, los Sanahuja se quedaron con Metrovacesa y Rivero con Gecina. Ahora, los dos apellidos vuelven al escaparate, pero mutilados por la vergüenza pública. Los Sanahuja han sido multados por la CNMV por manipular las acciones de Metrovacesa entre el 13 de octubre y el 4 de diciembre de 2008. Por su parte, Rivero será juzgado en Francia por su gestión como presidente de Gecina.

 
Los Sanahuja eligieron lo que son. Compraron respetabilidad en el Liceo y en el Barça

Sanahuja no empezó ayer. No es un nuevo rico, pero actúa como tal. Roman Sanahuja enjauló su fortuna original en los años autárquicos de la protección oficial; el tiempo de los enjambres de hormigón en el cinturón industrial de Barcelona. Movilizó enormes recursos gracias a los pisos de protección oficial sobre el fondo piadoso -“de rodillas, señor ante el Sagrario”- de los años posteriores al Congreso Eucarístico de Barcelona. Sacresa es una empresa del ancien régime. En su ocaso, ha empotrado el presente contra la nostalgia del pasado.

Los Sanahuja eligieron lo que son. Compraron respetabilidad con palcos en el Liceo y abonos en la tribuna del Barça. Los hijos del patrón han superado a su padre en el gasto, no en el ingreso. Han buscado la pleitesía que exige el que tiene viviendas lujosas y piezas en el París de Garnier. La operación Wallbrook (la compra de una superficie de 87.819 metros cuadrados alquilables de oficinas en plena city que nunca llegó a desarrollarse) marcó el inicio de su declive. Luego llegarían lo riesgos imposibles, como la compra de la torre del HSBC en Londres por 1.600 millones de euros o la entrada en el mercado alemán, saldada con unas pérdidas de más de 200 millones.

La iliquidez de Sacresa, especialmente de su filial Caufec, remontó la memoria de operaciones discutibles, como la urbanización de Finestrelles, una antigua propiedad de Fecsa-Endesa situada en el entorno residencial de la Diagonal de Barcelona, donde el conocido Colegio Alemán se encajona debajo de Sant Pere Màrtir. Los Sanahuja habían concentrado gran parte de su riesgo en operaciones de deuda en derivados que, sobre el papel, habrían de servir de cobertura ante las malas coyunturas.

Pero esta vez, como en tantas otras, la ingeniería financiera falló. Los Sanahuja, antiguos propietarios mayoritarios de los solares de la Illa Diagonal, licenciaban su hegemonía. Formaron parte del cartel inmobiliario que mantuvo Barcelona a raya –el club de los Núñez y Navarro o La Clau d’Or- y, sin embargo, mataron su futuro con un empacho de recursos propios.