Indra, sus chollos y sus vínculos con Josep Pujol Ferrusola

06 de febrero de 2015 (20:09 CET)

El Gobierno de Mariano Rajoy ha tomado al asalto la presidencia de Indra, la compañía más lustrosa del firmamento tecnológico español. Para ello se ha valido del ente estatal Sepi, subsidiario de Hacienda.

Sepi es el mayor accionista de Indra, con un 20% de su capital. Para liderarla ha designado a Fernando Abril-Martorell, un todoterreno que militó sucesivamente en las filas de JP Morgan, Telefónica, TPI Páginas Amarillas, Crédit Suisse, Grupo Prisa y Banca March, siempre en puestos de máximo relieve y retribuidos con munificencia. En la actualidad es miembro de los consejos de Prisa y de la gestora aeroportuaria Aena.

Abril releva en la jefatura a Javier Monzón de Cáceres, quien presentó la dimisión días atrás. La renuncia es la fórmula menos deshonrosa para el abandono minutos antes de que te echen por la puerta de servicio con un expeditivo puntapié.

Un par de hechos explican la fulminante caída de Monzón. Uno es el eclipse de su gran valedor, don Juan Carlos I, que le servía de escudo protector y a quien solía rendir pleitesía hasta el sonrojo. Otro reside en los planes del propio Monzón para desmembrar Indra en distintas divisiones. Ocurre que una parte nada desdeñable del conglomerado está íntimamente relacionada con el ministerio de Defensa y las telecomunicaciones. Por tanto, afecta a la seguridad nacional. De ahí que el troceo y la planeada venta de algunas de sus parcelas a grupos extranjeros disparasen las señales de alarma en la Moncloa.

Monzón es un prodigio de supervivencia. En 1992, a la insultante edad de 35 años, aterrizó en la cúpula de Indra, con Felipe González al frente del Gobierno. Se mantuvo en el cargo los ocho años de José María Aznar. Perduró durante los siete de José Luis Rodríguez Zapatero. Y todavía aguantó impertérrito tres años más con Mariano Rajoy. Ha revelado tener más vidas que un gato y un instinto de resistencia a prueba de bombas.

El caballero deja la casa, pero como suele ocurrir en el plutocrático repertorio del Ibex, se va con el riñón bien cubierto. En 2014 cobró una remuneración de 3,5 millones de euros. Y a título de finiquito se embolsa otros 16 millones. A los socios de Indra les salió caro que Monzón trabajara en la entidad. Todavía más caro les ha costado que deje de hacerlo.

Con todo, los chollos citados son grano de anís al lado de la fortuna que Monzón se llevó a la faltriquera durante sus 22 años de mandato. Alguien ha elaborado el cálculo, tal vez alguno de los aspirantes a sustituirle: arroja la bonita cantidad de 130 millones de euros.

Más conchas que un galápago

A la inacabable ejecutoria de Monzón contribuyó sin duda su innata capacidad para granjearse el favor de los políticos de toda laya y condición. Por ejemplo, el año pasado tuvo a bien comprar por millón y medio de euros una sociedad de tres al cuarto perteneciente a Pablo González Romero, hijo de Felipe González, que ni por asomo valía esa conspicua suma.

No es esa la primera ocasión en que Monzón paga el oro y el moro por una empresa. En 2002, pretendía ganar cuota de mercado en Cataluña, donde sus negocios apenas estaban presentes. Para ello, se le ocurrió reclutar un abrepuertas. Dicho y hecho, se hizo con la consultora barcelonesa Europraxis, que, casualidades de la vida, contaba entre sus socios más relevantes a Josep Pujol Ferrusola. Indra satisfizo 44 millones por el 100% de Europraxis. 

El vástago del muy honorable, poseedor del 14%, obtuvo una ganancia mayúscula. Además, recibió una oferta irresistible. Él y otros directivos ingresaron un premio extraordinario de nueve millones a condición de seguir en la firma y manejar los hilos de su trama.

Y he aquí que se obró el milagro de los panes y los peces. Sobre Europraxis empezaron a llover contratas y más contratas de la Generalitat, de sus loterías, del departamento de Economía, del Institut Català de la Salut, del Cidem y de ayuntamientos varios.

Para terminar, dos curiosidades dignas de nota. Primera. Josep Pujol es el único integrante de su saga que no está imputado en casos de corrupción. Y segunda, tiene fijada la residencia en Madrid, a donde la trasladó huyendo del infierno fiscal en que Artur Mas ha sumido a los catalanes.

Como dice el refranero popular, no hay fecha que no se cumpla, plazo que no venza, ni deuda que no se pague. Ahora ha sobrevenido el ocaso de Javier Monzón en Indra. Ya puede disfrutar de su dorado retiro.