A Ada Colau se le acaba el crédito 

07/01/2017 - 06:00h

Ada Colau tiene la misma fortuna que los independentistas, los errores ajenos encubren los suyos. Sin embargo, los resultados del último barómetro que cada seis meses elabora el Ayuntamiento de Barcelona son un aviso para ella y las expectativas futuras de su gobierno.

Ada Colau, como todo el mundo sabe, es alcaldesa porque el anterior alcalde, el convergente Xavier Trias, se equivocó en la gestión de la ciudad y ya no digamos en la campaña electoral, que centró en unas gafitas de pijo progre que no aportaban nada al modelo de ciudad que defendía. ¿O sí? Ustedes ya saben que los pijo progres son gente sobrada por naturaleza y elitista hasta la médula que trata con desdén lo que no entiende.

Esa gente cree estar en posesión de la verdad y hace de la política casi un modo de vida. Trias perdió incluso a la mañana siguiente de las elecciones, cuando, abrumado por la derrota, no supo conciliar ningún pacto ante la escasa ventaja conseguida por Colau. Debió retirarse, pero aún está ahí, ocupando el sillón de concejal y perjudicando a su propio partido.

A Trias, reconozcámoslo, no le hubiese resultado nada fácil plantear una alternativa a los comunes. De entrada, porque Colau y los suyos llegaban avalados por la lucha generosa de la PAH, centrada en resolver un problema social de primer orden que nadie supo abordar, lo que dejaba poco margen de maniobra a las demás fuerzas de izquierda. Colau supo dar voz a los más perjudicados por la crisis. Pero es que, además, Trias necesitaba convencer a demasiados grupos para que le permitiesen seguir ocupando la alcaldía.

Pasó lo que pasó, y Colau lleva gobernado desde el 24M de 2015 con 11 concejales propios, más los 4 del PSC, mientras que enfrente tiene a los 26 que suma una oposición heterogénea pero que le ha tumbado los presupuestos dos veces. Colau tiene suerte de que en el Ayuntamiento exista esa fórmula mágica de la moción de confianza para superar su falta de cintura para llegar a acuerdos con aquellos grupos que no quieren quedar reducidos a la condición de perros falderos.

Si Ada Colau no superase la moción de confianza, la oposición dispondría de un mes para presentar una moción de censura y un candidato alternativo a la alcaldía, lo que, en principio, resulta improbable tal como están las cosas en CiU, empezando porque resulta incomprensible que el grupo municipal del PDeCAT siga usando las viejas siglas y mantenga su alianza con UDC.

A los eurodemócratas (así deberíamos denominarles para diferenciarlos de los demócratas de Castellà) les falta una puesta a punto. Necesitan pasar por un taller de reparación de chapa y pintura si es quieren dejar atrás la política zombi que les posee. Colau no tiene alternativa aunque su prestigio vaya disminuyendo día a día, lo que es consecuencia, en parte, de la misma actitud pijo progre que caracterizó a Trias.

Colau, una vez encumbrada en el sitial de alcaldesa, es sólo fachada, sin pizca de la genialidad que caracterizó al alcalde que todos quieren imitar: Pasqual Maragall. Maragall fue un alcalde con vista y con un proyecto cosmopolita de ciudad. Colau, en cambio, vende retales de proyectos ciudadanos que importa del Tercer Mundo e Iberoamérica.  

Si bien es cierto que el estudio demoscópico municipal certifica un descenso en las perspectivas electorales del conjunto de los partidos con representación en el consistorio

—salvo Ciudadanos, que es el único grupo que se mantiene estable— por comparación al barómetro del mes junio de 2016, en el caso de BComú el retroceso —cuantificado en 2,8 puntos— rompe el ciclo de crecimiento de los comunes que arrancó con los comicios de mayo de 2015.

A este indicador se le deben sumar, además, otros indicadores complementarios que no son precisamente complacientes con el equipo de Gobierno, como por ejemplo que la valoración ciudadana de la alcaldesa también vaya a la baja —de 5,4 pasa a 5,1—, o bien que siga creciendo la percepción social de que la actual gestión municipal es un problema en sí misma, situándose, concretamente, en el cuarto puesto en importancia entre los muchos problemas que actualmente padece la ciudad, cuyas tres primeras posiciones las monopolizan la preocupación ciudadana sobre el paro (disminuyendo), el turismo (creciendo) y la circulación (también creciendo).

Lo dicho: Ada Colau tiene suerte de que Xavier Trias y Alfred Bosch estén desaparecidos, a pesar de ser los dos políticos mejor valorados en esta segunda ola del barómetro municipal. Debe ser por comparación, puesto que no será porque alguno de los dos haya plantado cara de verdad a un gobierno municipal que navega sin rumbo.

La subida de las expectativas electorales de ERC responde, creo, al ciclo ascendente de los republicanos que se beneficia del descendente del PDeCAT, pues siempre son vasos comunicantes. Sin embargo, ni republicanos ni eurodemócratas consiguen derrotar a un gobierno municipal populista que va a la deriva imponiendo proyectos, como esa absurda y siempre desértica Superilla del Poblenou, sin buscar el consenso vecinal.

Es el signo de los tiempos: todo para el pueblo, pero sin el pueblo, característico de les regímenes paternalistas. La tendencia autoritaria que está socavando la democracia en muchos lugares del mundo, también se ve en las maneras de gobernar de Colau y sus huestes populistas. Los malos no son sólo Trump, Erdogan, Orban, Kaczyński o Rajoy, todos ellos emblemas de la derechona cerril. En Barcelona también se cuecen las habas diabólicas de la demagogia, pero en versión izquierdista.

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