Recomponiendo el puzzle

Iñaki Urdangarín durante su comparecencia | EFE

Barcelona, 18 de marzo de 2017 (19:48 CET)

Esta semana el programa de humor de TV3, Polonia, emitió un gag donde se veía una pareja mirando el televisor y abonándose al nuevo canal de emisión de series “Juezflix”. Allí estaban ofreciendo toda las teleseries con engaños, traiciones, policías corruptos, jueces dóciles, políticos perseguidos, periodistas callados etc. Los títulos son conocidos por ustedes: Noós, Gürtel, Bárcenas, Murcia, fondos ocupacionales, tarjetas black, caso Palau, y casos políticos como el 9N o Forcadell.

¿Cómo se ha llegado a esta realidad entre dramática y esperpéntica de la que hemos vivido esta semana nuevos capítulos que superan cualquier imaginación de guionistas de thrillers o de historietas de Mortadelo y Filemón?

La salida del franquismo fue un pacto entre franquistas y los aspirantes al ascenso a la oligarquía. Alta burocracia de los cuerpos del Estado, políticos del movimiento y políticos que iban desde la democracia cristiana hasta algunos eurocomunistas que, de hecho, avalaron el acuerdo entre clases dominantes: la oligarquía castellano-andaluza, la burguesía vasca y la catalana.

Fue un acuerdo de no ruptura, ni siquiera simbólica: el Rey era nombrado por Franco y los políticos franquistas ni siquiera fueron inhabilitados cómo había pasado con los de los regímenes dictatoriales de todo Europa al caer. Por eso los pilares esenciales del estado fascista no se tocaron, sólo ligeros liftings a la justicia y a la policía.

Mal comienzo por una supuesta nueva democracia. El 23F fue el aviso que debía continuar “atado y bien atado”. Y Felipe González y Alfonso Guerra que recibieron un aval irrepetible el 1982 para consumar el cambio democrático no sólo dejaron todo intacto, sino que heredaron la tradición de uso partidista de los poderes del Estado. (Recuerdan aquello de “Montesquieu ha muerto” de Guerra, no es extraño que ahora pida liquidar la Generalitat).

El PSOE andaluz, pues, fue la cobertura pseudodemocrática de la perpetuación del régimen y de la estructura social clasista. El PER a cuenta de la reforma agraria es la prueba. En Cataluña, la burguesía mediana se involucraba en la gestión de un autogobierno de baja calidad, del que el patriotismo verbal del pujolism era la coartada. Y en el País vasco, la burguesía siempre más astuta que la catalana lograba el control de la caja y de hecho un régimen confederal.

Una vez los fundamentos de clase del régimen fueron establecidos y comprobado que la independencia de los poderes se había evitado y los mecanismos de transparencia se habían obturado, los ladrones habituales volvieron a los despachos de la Escopeta Nacional y los políticos de los partidos del régimen que gobernaban en Madrid y a las autonomías los recibieron con entusiasmo.

El ejemplo por todos conocido y callado de la monarquía era que se embolsaba dinero oscuro. Las puertas giratorias estaban cantadas por el capitalismo del BOE: aquel que vive gracias a las leyes y decretos sesgados a su favor, aquel que gana concursos de servicios o licitaciones de obra pública gracias al apoyo directo o indirecto de los políticos o funcionarios

Así se instala una auténtica cleptocracia que con las puntas “desarrollistas” de los años 90 y de la década de los 2000, llega a los últimos rincones gobernados por los partidos mayoritarios del régimen. Y en este espectacular éxito del “atado y bien atado” está a la vez su punto débil. La percepción por parte de la clase cleptocrática, la casta o la oligarquía –díganle cómo quieran- de una impunidad infinita, los ha traído a cometer errores, algunos de ellos graves. Cuando se dispara el volumen de porquería que circula, es muy difícil que por simple regla de probabilidades no se produzca alguna fuga. Y esta es una de las causas de la salida a la superficie de algunos casos.

Pero sobre todo, lo que está acelerando más la potencia del ventilador es la ruptura del pacto entre la oligarquía cleptocrática catalana y la española. La obnubilación españolista hiperventilada desde los medios de comunicación de Madrid, que buscar subir audiencia atizando históricamente la catalanofobia, propició un gravísimo error por parte de la fracción del PP y de buena parte del PSOE.

Liquidaron de facto el pacto constituyente en el entorno del autogobierno de Cataluña con el recurso contra el Estatuto y la sentencia del TC. La dureza política de esta ruptura del autogobierno aceleraron el desfalco social de la fracción catalana de la oligarquía catalana primero; y después de la valenciana y balear, provocando la revuelta política y social contra ellas.

O salta todo por los aires, o España será más corrupta y mucho menos democrática.

En vez de darse cuenta de su responsabilidad en la pérdida de hegemonía de sus aliados o compañeros de partido en la Corona de Aragón, inculpan sus aliados oligárquicos locales en caso de CDC; o dejan caer a sus socios de partido en Baleares y Valencia. ¿Porqué han sido estos territorios los primeros en hacer saltar la hegemonía ideológica y social de la alianza oligárquica? Porque estos territorios no disponen de la almohada social que tienen las Castillas, Andalucía o Extremadura, basado en la hiper funcionarización y la abundancia de subsidios, con una mayoría de la población subalterna del Estado.

Esta sensación de impunidad que ha propiciado este primer gran error también ha incentivado el uso y abuso partidista de los aparatos del Estado una vez liquidada la separación de poderes. Esta chulería ha llevado a crear policías políticas clandestinas, a activar hasta límites insospechados las cloacas del Estado, a usar la extorsión y la mentira como armas de destrucción del adversario político.

Esta impunidad ha sido tan bestial que puede tener dos desenlaces no necesariamente excluyentes:

1. Que al tirar de la manta del oriente hispánico (Cataluña, Valencia y Baleares), acabe saliendo toda la mierda de la España de matriz castellana.

2. Que al utilizar métodos barriobajeros de investigación, acusación o juicio se acabe provocando, no se sabe si a propósito, el agotamiento de muchas causas judiciales, por uso de pruebas indebidas o testigos falsos. El resultado sería entonces que la corrupción continuaría premiada con la absolución mayoritaria.

Eso sí, las causas estrictamente políticas vinculadas a los derechos democráticos de expresión de colectivos críticos y de los catalanes tendrían una justicia rápida y condenatoria. Resultado, pues: o salta todo por los aires; o España será más corrupta y mucho menos democrática.

Hace poco Rajoy se ha reunido con Alemania, Italia y Francia para ver como salvar la agónica Europa. Ya hace falta que a Merkel busque algunos otros aliados más sólidos y presentables que esta España, si no quiere acabar por suicidar el proyecto europeo.