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Los catalanes no han sido afortunados con sus presidentes, con un Carles Puigdemont al que le falta preparación y tiene poca talla política

Jordi Canal

Los líos del gobierno de Carles Puigdemont lo dejan, por ahora, sin urnas para el 1-O. EFE/Marta Pérez

Paris, 21 de abril de 2017 (20:40 CET)

Los despropósitos en torno a la visita de Carles Puigdemont a Jimmy Carter nos han dado una nueva muestra de la falta de preparación y poca talla política de la persona que ocupa la presidencia de la Generalidad. Las circunstancias que rodearon su elección fueron un pésimo comienzo. Casi nos hemos olvidado de ello, sin embargo, ante las sorpresas que cada día nos ofrece Puigdemont y su renovado -aunque desnortado y ya cansino- procés, uno de los mayores homenajes que se ha rendido a Kafka.

Los catalanes no hemos sido demasiado afortunados con nuestros Presidentes. El periodista Chaves Nogales ya escribió, en 1934, tras el fiasco de 6 de octubre: “Dentro de poco Companys será, como lo fue Macià, un puro símbolo. Reconozcamos que Cataluña tiene esta virtud imponderable: la de convertir a sus revolucionarios en puros símbolos, ya que no puede hacer de ellos perfectos estadistas. Lo uno vale lo otro.”

Hay dos presidentes irrelevantes, Irla y Montilla

Los nueve presidentes de la Generalitat pueden ser agrupados en cuatro bloques: simbólicos, insignificantes, meritorios e irresponsables.

Francesc Macià fue un presidente simbólico, l’Avi. El 14 de abril de 1931, Macià, líder de la flamante ERC, procedió a la proclamación del “Estado catalán, que con toda cordialidad procuraremos integrar en la Federación de Repúblicas Ibéricas”. Y nombró nuevas autoridades, así como un gobierno provisional de Cataluña. Tras las negociaciones con las autoridades republicanas, se acordó renunciar al proclamado Estado catalán a cambio de un Estatuto y la constitución de un poder político catalán. Este organismo iba a tomar el nombre, a propuesta del andaluz Fernando de los Ríos, de Generalitat. El envite, apostando por un Estado para que no se escapara la prometida autonomía acordada en el pacto de San Sebastián, dio buenos resultados. La tarea principal de las nuevas autoridades fue la elaboración de un Estatuto de autonomía. El primero de los presidentes de la Generalidad murió en la Navidad de 1933.

Cataluña convierte a sus revolucionarios en puros símbolos, al no tener estadistas

Insignificantes han sido, cada uno a su manera y en su tiempo, los presidentes Josep Irla y José Montilla.

El nacionalista Irla se convirtió, tras el fusilamiento de Companys, en presidente de la Generalidad en el exilio. En 1945 formó su primer y único gobierno, ampliado en 1946. Los choques con la resistencia del interior menudearon. El cambio del panorama internacional, las querellas partidistas, la precariedad económica y las intrigas dieron al traste con el gobierno de la Generalidad, disuelto a principios de 1948. A partir de ahí las disputas y conspiraciones no cesaron. Irla acabó dimitiendo en mayo de 1954. El socialista Montilla se convirtió en presidente de la Generalidad en 2006, en una prolongación del gobierno tripartito maragalliano. Su mandato estuvo marcado por los efectos de una reforma estatutaria paralizante y una generalizada incompetencia.

Entre los meritorios podemos situar a Josep Tarradellas y Jordi Pujol. Solamente ellos merecen, con alguna reserva, el calificativo de estadistas.

Tarradellas fue elegido presidente de la Generalidad en 1954. Viejo miembro de ERC, había sido consejero y encabezado el gobierno catalán en varias ocasiones en la década de 1930. Mantuvo la vela institucional durante el Franquismo. Sus relaciones con los nuevos partidos, movimientos y jóvenes dirigentes de la Transición no iban a resultar fáciles. Negoció con Suárez y el Rey el restablecimiento de la Generalidad. El President Tarradellas regresó en octubre de 1977, pronunciando aquel “Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí”. Había tenido tiempo en el exilio para reflexionar, adquiriendo la clara conciencia de ser un puente en la política catalana. Se retiró de la primera línea en 1980, aunque mostrara en ocasiones su disgusto por la evolución política y las divisiones, que eran, en su opinión, endémicas en Cataluña.

Jordi Pujol, una persona culta y de notable talla política, se convirtió en presidente de la Generalidad en 1980. Estuvo al frente de la institución hasta 2003. La nacionalización de la sociedad constituyó el elemento central de la misión a la que se libró el pujolismo desde las instituciones autonómicas. Esta fue posible gracias, sobre todo, a la llamada normalización lingüística, las estructuras culturales bautizadas como nacionales, el control de los medios de comunicación o el reclamo funcionarial.

Pujol merece ser destacado, a pesar del provincianismo y la corrupción

Importantes fueron los trabajos de esta etapa en el terreno de las infraestructuras y del fortalecimiento institucional. Las contribuciones a la modernización de España y a su gobernabilidad merecen ser destacadas. En el plato negativo de la balanza figuran los excesos del clientelismo y de una administración sobredimensionada, el provincianismo cultural y la corrupción. Las investigaciones policiales continúan sobre él y su familia. El mito Pujol se ha hundido.

Finalmente, en el cajón de los presidentes irresponsables hallamos a Lluís Companys, Pasqual Maragall, Artur Mas y Carles Puigdemont.

El fallecimiento de Macià llevó a Companys a la Generalidad. Su etapa estuvo marcada por dos momentos difíciles: octubre de 1934 y verano de 1936, con los desmanes en la Cataluña revolucionaria. El 6 de octubre de 1934 proclamó el Estado catalán dentro de la República federal española. La rebelión iba a durar menos de diez horas. La irresponsabilidad y el gran fiasco de octubre se convirtieron, con los encarcelamientos y la suspensión estatutaria, en una nueva hazaña del relato nacionalista. Tras el triunfo del Frente Popular, en 1936, Companys fue ratificado como presidente. Al final de la Guerra Civil se instaló en Francia, en donde fue detenido. Fusilado en 1940 en el castillo de Montjuich, es nuestro President mártir.

Pasqual Maragall, ex alcalde de Barcelona, estuvo al frente de la institución autonómica entre 2003 y 2006, gracias a un pacto tripartito entre socialistas, independentistas y ex comunistas verdes. Impulsó una irresponsable reforma del Estatut de 1979, que respondía más a las necesidades de la clase política que a las de los ciudadanos, bastante indiferentes hasta que fueron impelidos a movilizarse por la vía de la crispación, el victimismo y la defensa de la patria amenazada. El precio a pagar acabó siendo el deterioro de la convivencia y la casi total inacción gubernamental.

Maragall impulsó una irresponsable reforma del Estatut que respondía a los intereses de los políticos

El nacionalista Artur Mas fue elegido presidente de la Generalidad a fines de 2010. Las grandes movilizaciones del 11 de septiembre de 2012 y del anterior, junto con el rechazo de Rajoy de un pacto fiscal a la vasca para Cataluña, incitaron a Mas y a los suyos a una nueva convocatoria electoral con la intención de aprovecharse del ambiente en las calles. Pero CiU perdió diputados y el populista y ya patético Mas, converso al independentismo, necesitó para ser reelegido los votos de ERC. Esta etapa se ha caracterizado por ajustes y fuertes recortes, así como por el rearme nacionalista y la demanda de un Estado propio. El proceso soberanista ha constituido una excelente tapadera, mientras que la crispación ha ido en aumento.

En septiembre de 2015 tuvieron lugar unas nuevas elecciones autonómicas, en las que se impuso la coalición Junts pel Sí. Mas no obtuvo apoyos suficientes para la investidura y tuvo que ceder el puesto a otro miembro de su partido. La elección de Carles Puigdemont, alcalde de Gerona y veterano independentista, como nuevo presidente de la Generalidad estuvo precedida por un conjunto de hechos -presiones callejeras, declaraciones sobre corregir en la negociación lo que no se obtiene en las urnas, una bochornosa subasta de la presidencia de la Generalitat, voluntad miserable de erosionar el sistema por parte de la CUP ante la impasible mirada de aquellos que necesitaban sus votos- que han contribuido a desprestigiar parcialmente la institución, bastante tocada ya por casi tres lustros de relativo desgobierno, el caso Pujol y otras corrupciones, los desafíos a la legalidad y la deriva soberanista.

Puigdemont se obstina en andar un camino que no va a ninguna parte

Puigdemont se obstina, día a día, en andar un camino a ninguna parte. Mientras tanto, la acción de gobierno real brilla por su ausencia. Recurrir al segundo de los términos de uno de nuestros mitos nacionales, el del seny y la rauxa, solamente enmascara la realidad. No se trata de rauxa, sino de incapacidad y, sobre todo, de irresponsabilidad. Así nos va.

 

Jordi Canal es historiador, profesor en la reputada École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París. Su último libro es Historia Mínima de Cataluña (Turner, 2015).