Narcisistas naciones europeas en declive: Cataluña como síntoma

04 de noviembre de 2016 (06:00 CET)

El constante y relativo declinar de los antaño todopoderosos países europeos ofrece una profunda y fascinante visión de los rincones más oscuros de la psique de las naciones en reflujo, abrumadas por el conjuro de Nirad Chaudhuri: "La falta de poder tiende a corromper, la falta absoluta de poder corrompe absolutamente".

De eso va la Unión Europea, si bien su exitoso esfuerzo por compartir recursos y frenar el belicismo no ha logrado acabar totalmente con una amarga añoranza de los viejos tiempos en los que aún se podía dominar en solitario el mundo, los mares, o al menos a los vecinos, tal como han mostrado un 52% de los británicos votando a favor del Brexit.

Los casos extremos son los mejores para analizar una tendencia general, y no hay caso más extremo de pérdida de poder que el de Cataluña: una nación otrora poderosa que gobernó un imperio en el Mediterráneo y perdió la independencia cinco siglos atrás, que ha sido fragmentada, y cuyo esfuerzo agónico desde entonces estriba tan sólo en evitar la asimilación y la desaparición.

Dos mecanismos de protección se activaron: un asfixiante comunitarismo para mantener al pueblo fuertemente cohesionado, y un complejo de superioridad compensatorio de la cruda y siniestra realidad; que juntos impiden a los catalanes cualquier acción clarividente encaminada a realizar, mejorar, o conseguir algo. La única capacitación que les queda es la de llevar a cabo actos simbólicos y pantomimas estéticas.

Tras siglos de funcionamiento de estos mecanismos, el grueso tanto del establishment político y mediático como de los marginales emergentes, y con ellos del conjunto del país, chapotea en un cenagal de narcisismo colectivo y disonancia cognitiva.

Una identidad amenazada, y por tanto inestable; una aguda conciencia de la propia e indefensa vulnerabilidad; el incesante miedo a que su dependencia les ahogue; son sobrecompensados aferrándose a delirios narcisistas de grandeza.

Los ajenos devienen instrumentos manipulables, ora en creyentes en la bondad de las posturas y aspiraciones catalanas, ora en enemigos a temer y a despreciar—los protervos españoles y su quinta columna de infiltrados que corrompen a los buenos, leales, y sencillos catalanes. Un brebaje de bravuconería, desprecio, y absoluto rechazo del pensamiento, y por ende de toda crítica, alimenta a un pueblo convencido de su misión de ofrecer al mundo el modelo definitivo de bondad y superioridad moral: ellos mismos. No hay el más mínimo interés por cómo sean realmente los ajenos, nada de empatía.

Ubiquemos ésto en el debate sobre la independencia de Cataluña, en el que la grandiosidad narcisista se manifiesta tanto en los independentistas, con mayor propiedad procesistas, como en los unionistas.

Para los procesistas, Cataluña es un gran país, y si las cosas no van exactamente por ahí es por culpa de España. Puesto que son especiales y actúan como modélica buena gente, las demás naciones se apresurarán en reconocer su valía moral coronando a una Cataluña soberana y arrumbando la éticamente arruinada, inferior España.

Un ejemplo llamativo de grandiosidad narcisista es la secular e incesante amenaza catalana de optar por la independencia en el caso de no conseguir un mejor trato por parte de España, un vulgar chantaje jamás reconocido como tal sino como una demanda de concesiones. Las implicaciones están claras: su misma pertenencia es un favor que los catalanes le hacen a España, y la independencia no es un objetivo real sino un mero instrumento de extorsión.

Esta henchida visión de sí mismos siempre ha sido fomentada por el sector unionista, que sostiene que Cataluña debe quedarse para así dirigir y gobernar España, dado que su conocimiento superior, su supremacía moral, y su europeidad mística que data de los tiempos de los carolingios, hacen de Cataluña el líder natural de una España medio africana y atrasada. Ningún catalán unionista se pregunta nunca si 47 millones de ciudadanos españoles quieren realmente que los dirijan 7,5 millones de catalanes, cuyo PIB es inferior a un quinto del total español; ningún medio de comunicación ni político catalán unionista se asoma por España para averiguarlo—éso requiere un genuino interés por el otro, y empatía, algo de lo que los narcisistas, tanto procesistas como unionistas, carecen por completo.

En vez de reconocer la irrelevancia creciente de Cataluña, un tabú nacional que todos saben pero nadie dice, al pueblo se le suministra una dosis tras otra de delirios de grandeza por unos medios de comunicación que prefieren cerrar los ojos y servir a unos políticos, tanto procesistas como unionistas, que se sirven a sí mismos, acunando sin cesar a los catalanes con medias verdades que muestran a España como algo horrible y a Cataluña, por contraste, como superior.

Ni siquiera un marco mental profundamente arraigado permite, sin embargo, aislarse completamente de la realidad, pero para éso está la disonancia cognitiva, que viene al rescate de la tambaleante cordura de los catalanes para proveer cierta coherencia entre la grandiosidad de su propia imagen y su devastada realidad—los antañones trucos que disminuyen la tensión psicológica y la angustia que experimentan los sujetos que mantienen dos creencias contradictorias al mismo tiempo y deben enfrentarse a menudo a nueva información que entra en conflicto con una, con otra, o con las dos.

Los remedios del placebo comunitarista son reducir la disonancia promoviendo que la gente evite con tesón cualquier situación que pueda aumentarla; que busque apoyo entre los correligionarios; que fuerce la persuasión de los aún infieles; que confíe ciegamente en sus abnegados líderes y sabios propagandistas; y que desacredite y silencie a todo disidente motejándole de enemigo del pueblo merecedor de encierro, traidor enloquecido a quien el resentimiento ofusca. De ahí la mentalidad autoritaria que se precisa para evitar que desaparezca la declinante nación, y el rechazo de cualquier forma de pensamiento crítico. La represión, la exclusión, y la mediocridad, devienen la única alternativa para asegurar la supervivencia.

Zia Haider Rahman lo explica muy bien: "esta clase de confianza en ellos mismos resulta esencial para sobrevivir a una ola tras otra de disonancia cognitiva que de otro modo los asaltaría, afirmaciones de una cosa mientras saben la contraria. Con seguridad la disonancia los enloquecería, así que la única manera de salir adelante es creerse lo que dicen".

Los países tan irremediablemente perdidos en sí mismos entran en un bucle en el que la falta de poder alimenta delirios que potencian fantasías que aumentan la impotencia, sin un final a la vista mientras poco a poco se desvanecen en el olvido. Llegado ese punto, no esperen nada ya de esas naciones: están condenadas a depender de la caridad de los extraños.


Este artículo se ha publicado originalmente en inglés
en la publicación Inpra.in