La república que construimos

22 de enero de 2017 (06:00 CET)

Esta semana me han invitado a presentar un acto sobre la república que construimos. El acto consistía en una mesa redonda de empresarios para hablar de las expectativas de las empresas de cara a la futura república catalana.

Había un sentimiento generalizado entre los empresarios, todos de pymes, que a los retos del cambio de modelo global -ya bastante complicados-, se añadía un contexto español absolutamente perjudicial.

Surgieron los temas de la energía y las políticas de puertas giratorias que explican el escándalo de los precios eléctricos en nuestra casa. Se planteó la grave problemática, única en Europa, de la tolerancia (apenas rebajada hace poco) con la morosidad de las grandes empresas –y el Estado incluido- en relación con los proveedores, normalmente pymes; que ha significado la mortalidad de unas miles de empresas según la Plataforma Antimorosidad.

Se puso sobre la mesa la cuestión logística, absolutamente mal resuelta con la ventajas políticas al aeropuerto de Barajas y las cargas onerosas al Puerto de Barcelona, que es el más rentable del Estado.

Se analizó a fondo otro escándalo como es el retraso, buscado políticamente, de la construcción del corredor mediterráneo de mercancías. Corredor recomendado por la Unión Europea en base a datos científicos sobre flujo de mercancías y su potencial crecimiento. Desde Málaga a La Jonquera, el frente marítimo del área que significa entre el 50% y el 60% de población, de PIB y de exportación, podría ser una interfaz inigualable económicamente entre el tráfico marítimo del Mediterráneo procedente del Oriente y la región de la Gran Banana centro europea, por transporte ferroviario. En España este es sólo el 4% mientras en Europa se sitúa en torno al 20% o más.

Otro ponente expresaba el lamentable papel del concentrado sistema financiero en relación a las pequeñas empresas. Y finalmente, hay quién ponía de relieve la pérdida de gas en inversión y resultados sobre PIB en el ámbito tecnológico, debido a la caída en picado de las inversiones estatales que se desvían al continuar construyendo AVEs en medio de desiertos humanos.

No hay que decir que la conclusión de todos los ponentes era que sólo con el acceso de Cataluña a un poder político propio se podrían desencallar estos cuellos de botella estructurales, de origen político y sin ninguna justificación, basada en la eficiencia del conjunto peninsular.

Personalmente en mi introducción señalé tres grandes retos del siglo para las empresas y la futura república.

1. La necesidad de avanzar hacia una economía circular con pymes innovadoras que prioricen el bien común, por sobre el interés particular

2. La necesidad de unos servicios de titularidad pública, pero de prestación variable: por empresas sociales o sin afán de lucro para superar la burocratización y el faraonismo del Estado del Bienestar, inviable ante la crisis demográfica.

3. El aprovechamiento del capital humano de la empresa para superar la eficacia con la eficiencia y la creatividad. La búsqueda de la excelencia, la pasión de los trabajadores que sólo pueden venir de la participación, avanzando hacia modelos horizontales de cogestión en estrategia y en resultados.

4. Finalmente, propuse que en los primeros 20 años de la república fuéramos conscientes de la necesidad de su consolidación. Y que esto pasaría por una fase de realpolitik que tendría que hacer posible negociar con parte de los oligopolios, con los poderes políticos mundiales, sin mirar colores. Pasaría por políticas fiscales oportunistas en función del marco geopolítico final de la independencia. Y de pactar socialmente un modelo claro de políticas demográficas y natalistas, junto al calendario laboral y de jubilación, y junto a la política inmigratoria; como han hecho los nórdicos.

Cómo ven en Cataluña, ni que sea en círculos de líderes de opinión, se está reflexionando sobre los escenarios de futuro. Y esto es ilusionante.

 

Macedonia

En cambio en España los temas de la semana han sido las subidas de la luz y la reunión de presidentes autonómicos. Déjeme decirles que si España fuera un Estado federal, que no lo es, en estas reuniones de comunidades, incluso, se decidiría la voluntad de Estado, donde el Estado consulta en los territorios federados cómo ven una política determinada que es competencia sólo del poder central.

Ya no hablamos obviamente de las competencias propias de los federados que pueden ser defendidas en estas reuniones y en el Senado federal, muchas veces con derecho a veto. Y donde los Estados federados tienen competencia sobre los municipios, cosa que no pasa aquí.

La dinámica habitual aquí - lo digo por experiencia- era que el ministro de turno explicaba lo que había decidido sin consultar, incluso, sobre las competencias compartidas o exclusivas de las comunidades autónomas.

Las CCAA del partido del Gobierno aplaudían, las otras del partido de la oposición criticaban, y sólo Cataluña levantaba la voz para defender competencias, quedando sola rompiéndose la cara. A la hora del café, algunos del PSOE o del PP te daban la razón en privado, pero el desgaste catalán ya no nos lo sacaba nadie. Puigdemont ha hecho bien en no ir a esta farsa. Actitud que habría que tomar también, aunque estuviéramos en la pantalla federalista, para hacernos respetar.