Donald Trump sigue los bombardeos a las bases sirias desde un complejo de vacaciones en Florida. / EFE

Trump inventa el aislacionismo intervencionista

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La guerra en Siria obligó a Trump a intervenir. La duda es si escuchará a profesionales con experiencia o si seguirá su instinto.

Carlos Lareau

Donald Trump sigue los bombardeos a las bases sirias desde un complejo de vacaciones en Florida. / EFE

Barcelona, 11 de abril de 2017 (05:00 CET)

Los principios y la palabra de Donald Trump son debatibles, pero nadie puede dudar de su instinto de auto-preservación. Las once primeras semanas de su mandato han sido una secuencia de reveses legales, fracasos legislativos y creciente impopularidad. Por eso las terribles imágenes de niños gaseados en Siria le han dado el pretexto perfecto para forzar un reset de su presidencia con 59 misiles-crucero Tomahawk.

El bombardeo, el viernes pasado, de la base aérea de Shayrat, supone un viraje de 180 grados respecto de la postura que enunció Trump desde que asumió la presidencia y de su toda retórica anterior: “¿Qué conseguimos bombardeando Siria además de más deuda y un posible conflicto a largo plazo? Necesitamos aprobación del Congreso”, tuiteó en 2013.

Y sin embargo, es justo lo que hizo, sin deliberación del Legislativo, 63 horas después de que 86 civiles –33 de ellos niños— murieran horriblemente en la provincia de Idlib a causa del gas sarín lanzado por un cazabombardero gubernamental que había despegado de Sharyat. Impávido a la contradicción, la misma pregunta que Trump se hacía hace cuatro años para atacar a Barack Obama sigue vigente hoy: ¿Tras los misiles, qué?

Trump sabe leer el ánimo de los americanos antes y mejor ninguno de sus asesores. Apenas 24 horas después del ataque, impresas ya en todas las pupilas la imagen de los niños inmolados, Trump adoptó un tono solemne –y lo que en él pasa por emoción— para decir que lo que había visto era “una afrenta a la humanidad” que no quedaría sin castigo.

Aislacionismo Trump: el bombardeo de la base aérea de Shayrat, supone un viraje de 180 grados respecto a la postura que enunció en un primer momento

El manual de instrucciones de Washington ofrece sólo tres opciones para tratar con a los rogue states (estados malhechores). Una es hacer la vista gorda; las otras dos: sanciones y acción militar. Las primeras son lentas y requieren el concierto internacional; los misiles-crucero, en cambio, permiten una agresión graduable de rápida aplicación.  

Trump optó por actuar solo y con la fuerza justa para mandar un mensaje a Damasco. El aviso previo a Moscú permitió evitar potenciales bajas rusas e hizo pensar inicialmente que EE.UU. no pretendía cuestionar el apoyo de Vladimir Putin, ayudado por Irán y la milicia chií libanesa  Hezbolá, a Bachar el Assad. Sin embargo, el domingo, el gobierno americano comenzó a enviar señales inusitadamente duras sobre su postura frente a Rusia y el futuro del dictador sirio.

El secretario de estado Rex Tillerson hizo a Rusia responsable último del ataque con gas sarín por su “incompetencia” al no garantizar la destrucción del arsenal químico de Assad en virtud del acuerdo de 2013. Y la embajadora ante la ONU Nikki Haley –a quien ya se compara con Jeane Kirkpatrick, su ferzomente anticomunista predecesora en tiempos de Ronald Reagan— elevó aún más la temperatura al no descartar futuros ataques contra Assad.

Ambos afirmaron que no existe una solución política para Siria sin que Assad salga del poder. De pronto, ‘regime change’ (cambio de régimen) es la postura de Washington, un giro radical de lo que hasta una semana antes había sido la línea oficial. Para Trump, paladín de una cosa y profeta de la opuesta, ya no importan los repetidos pronunciamientos que emitidos durante años contra cualquier intervención.

El impacto emocional que causaron las víctimas del gas sarín, hicieron inevitable que hasta los líderes aliados más tibios con la actual Administración celebraran la acción americana. Pero el efecto que realmente le importa a Trump es el que pueda obtener dentro de EE.UU.

Aislacionismo Trump: el presidente de EEUUU optó por actuar solo y con la fuerza justa para mandar un mensaje a Damasco

Las encuestas muestran que su popularidad sigue en declive (34% según el sondeo de abril de IDB/TIPP) y aceleró su caída desde el fracaso de la ley que debía del “revocar y sustituir” el Obamacare, el seguro sanitario creado por la administración anterior y que cuya abolición fue la promesa electoral estrella de Trump. Y lo peor es que su nivel de aprobación cae con fuerza entre los hombres blancos y la población rural, que cimentaron su victoria.

La opinión pública y los políticos norteamericanos reaccionan con puntualidad pavloviana cuando el presidente se muestra “presidencial”; y más todavía si hay una acción bélica de por medio que le convierta en ‘Commander-in-Chief’. “Donald Trump se ha enfrentado a su primer reto exterior y lo ha superado con nota”, decía en el Wall Street Journal Walter Russell Mead, politólogo del Hudson Institute, un think tank republicano, recogiendo el sentimiento tras el ataque lanzado desde el USS Ross y el USS Porter.

Como casi todo en la disfuncional y paranoica Casa Blanca actual, la irrupción de Trump en el escenario sirio tiene varias lecturas, perfectamente compatibles en paralelo. El elemento más elocuente es el momento en que se produce. El cierre de filas en torno a la acción militar punitiva y la severidad contra Rusia llegan justo cuando se estrecha el cerco del FBI sobre las múltiples y sospechosas relaciones del círculo íntimo de Trump con personas y entidades al servicio del Kremlin.

Pero, además de los problemas de política interna, Trump se enfrenta a otros dos desafíos exteriores, ambos conectados, de inmenso calado: las relaciones con China y la postura respecto de Corea del Norte y su agresividad nuclear.

La represalia contra Assad hubiera podido aplazarse varios días, pero se lanzó mientras el presidente chino, Xi Jinping, celebraba en Florida su primer encuentro con Trump. De hecho, el presidente terminó su primera cena oficial con el mandatario chino para seguir en directo, en una ‘situation room’ improvisada, el lanzamiento de los Tomahawk. Su equipo difundió luego una foto de la reunión, encuadrada para asemejarse a la imagen de Obama, Hillary Clinton y Joe Biden observando la operación que dio muerte a Osama Bin Laden.  

Aislacionismo Trump: la  estrategia encierra su America First un compromiso central de su campaña

Se desconoce si Trump y Xi llegaron a algún tipo de entendimiento –aunque sea no actuar sin aviso previo— sobre los próximos pasos a dar respecto de Kim Jong Un. Pero si los misiles sobre Siria no fueron un mensaje lo suficientemente claro, EE.UU. despachó el sábado hacia aguas coreanas un grupo aeronaval con capacidad nuclear: el portaviones Carl Vinson, un crucero, dos destructores y varios submarinos. Es dudoso que el despliegue anime a China, refractaria a cualquier coacción, para que aumente su presión sobre Corea del Norte

Donald Trump hizo del aislacionismo que encierra su America First un compromiso central de su campaña: dejar de ser el policía –o la niñera— del mundo para centrar la atención en los que pasa de fronteras hacia adentro. Ahora descubre que ser presidente obliga a tomar decisiones e intervenir. La duda radica en saber si escuchará a los profesionales con experiencia y sangre fría de su equipo, a los aficionados de su círculo cercano o, simplemente seguirá su instinto.

La salida del ultra Steve Bannon del Consejo Nacional de Seguridad sugiuere que se quiere dar a s+la presidencia un giro más convencional, inspirado por el yernísimo Jared Kushner. El nuevo jefe del Consejo, el general HR McMaster, es un soldado-intelectual, igual que el secretario de defensa, el también general James Mattis. Pero, por muy ilustrada que sea su visión, los ajustes de fábrica de ambos se fijaron en la academia militar de West Point.  

En Donald Trump no operan las convicciones; su móvil es la necesidad y su método, la oportunidad. La necesidad y oportunidad le han transformado, en apenas una semana, en lo que Jeffrey Golberg, director del prestigioso mensual The Atlantic, llama un “aislacionista intervencionista”. El peligro de este nuevo Trump es que sustituya la “paciencia estratégica” mantenida por Estados Unidos en Siria o Corea del Norte por una impaciencia sin estrategia… preocupante, cuando menos, cuando se dispone del botón nuclear.