Empleada en la cadena de montaje de PSA en Vigo | EFE

Sin sindicatos fuertes, no habrá cambio político

09/03/2017 - 13:10h

El sindicalismo ha sido históricamente el instrumento que la clase trabajadora se ha dado para defender sus intereses colectivos como clase y a la vez conseguir mejorar las condiciones globales de la ciudadanía. Cómo decía Marx “la clase obrera posee un elemento triunfador: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber”. Este papel ha sido ocupado por el sindicato como instrumento básico de la organización de la clase trabajadora.

Esta situación es defendida hoy en día, en momentos deficitarios de la presencia sindical, --atacada por las leyes y por los medios de comunicación como instrumentos anticuados y obsoletos--, por veteranos historiadores como Josep Fontana cuando dice “El sindicato es fundamental para la vida de los trabajadores, que adquirían una visión común de las cosas, de valores como la solidaridad y la formación cultural”, o por jóvenes politólogos como Owen Jones.

Cómo dice el mencionado Josep Fontana el sindicalismo es la última trinchera para hacer frente a la contrarrevolución. Y quizás esta ha sido la causa de que el sindicalismo haya sido en los últimos tiempos el elemento más injuriado y perseguido por los poderes de la revolución conservadora iniciada por Thatcher y que ha conquistado la hegemonía ideológica antes y durante la última crisis en los países desarrollados.

El sindicalismo ha sido debilitado por las leyes establecidas por la misma Thatcher y mantenidas por el laborismo en Gran Bretaña. Y lo mismo ha pasado en Alemania con Schröeder, en España con Rajoy, en Francia con Hollande y en Italia con Renzi. Su objetivo fundamental ha sido restar la capacidad de los sindicatos en la negociación colectiva así como y restringir la capacidad de intervención sindical. Y la situación de crisis ha sido la mayor excusa. Todo esto con la complicidad de una gran parte de los medios de comunicación.

Hace falta que el sindicalismo recupere sus instrumentos fundamentales que le fueron arrebatados por las reformas laborales especialmente el de la negociación colectiva

Después de años a la defensiva, pues los momentos de crisis nunca son favorables para el movimiento sindical debido a que el miedo es desmovilizador, parece llegado el momento de relanzar el sindicalismo a la ofensiva y para ello hace falta tanto un reforzamiento interno como una ayuda externa.

El sindicalismo, en especial el mayoritario que puede representar CCOO, ya ha hecho pasos importantes a nivel interno. Por un lado la crisis le ha permitido depurarse de vicios y comodidades de tiempos pasados y por otra, y la más importante, ha repensado su historia y a partir de sus valores fundacionales se ha planteado su adaptación a un momento histórico nuevo. Nuevo por la propia transformación del mundo del trabajo y de la clase trabajadora hoy mucho más diversa y plural en su situación. Ahora debe plantearse encontrar esa clase social no sólo en su puesto de trabajo, sino también en su lugar de vida, defendiendo sus derechos salariales directos, así como la parte de salario social que le corresponde en forma de prestaciones sociales o servicios públicos de todo tipos, desde los tradicionales, sanidad, educación y pensiones, hasta los nuevos derechos a vivienda, transporte, etc.

Del mismo modo el sindicato está efectuando pasos importantes en la renovación de sus cuadros dirigentes. Ya hay nuevos cuadros jóvenes, que no han vivido ni el nacimiento del sindicato, ni la época de la clandestinidad ni la transición y que van ocupando los puestos de máxima responsabilidad.

Esta renovación con cuadros jóvenes, identificados con la historia y los valores del sindicato, también le ha de permitir tener una mirada más actual y vivencial de la situación que en este momento vive el conjunto de la clase trabajadora.

Pero el sindicalismo también precisa como dice el mencionado Josep Fontana de la complicidad del mundo político. Los partidos políticos de la izquierda, nuevos o viejos, tienen que tener en cuenta que sin la recuperación de un sindicalismo fuerte es prácticamente imposible un cambio político real.

Hace falta que el sindicalismo recupere sus instrumentos fundamentales que le fueron arrebatados por las reformas laborales especialmente el de la negociación colectiva, el campo donde se concreta la lucha de clases, así como más capacidad de intervención tanto en las empresas como en la economía en general. Y esta es una responsabilidad y un compromiso fundamental que tienen que contraer los políticos que se reclamen de voluntad reformadora o transformadora de la sociedad.

Es significativo que en los últimos tiempos haya gente dentro de los partidos socialistas que se plantee un cambio de políticas que comporte volver a la conjunción con el mundo sindical. Lo ha hecho Jeremy Corbyn en el partido laborista y últimamente hemos visto como Pedro Sánchez ha planteado la necesaria unidad con el sindicalismo e incluso Martin Schulz del SPD reniega de la política de Schröeder y reclama la vinculación con el hasta ahora denigrado mundo sindical.

Habrá que ver como se pasa de las palabras a los hechos en cuanto a los denominados socialdemócratas, pero todavía con más razón hay que ver el planteamiento de la izquierda alternativa, especialmente en los nuevos partidos que todavía parecen muy ajenos o despistados respecto a la centralidad que el trabajo y el movimiento sindical deben tener en cualquier propuesta transformadora de cambio.

Y la recuperación del sindicalismo en el mundo desarrollado es todavía más importante si tenemos en cuenta el papel que debe jugar en un mundo globalizado donde las industries fabriles se han deslocalizado hacia países emergentes o en vías de desarrollo, pero sin trasladar ni las condiciones laborales ni los derechos sindicales. No hay duda que un movimiento sindical global fuerte es imprescindible para forzar a las empresas matrices para que respeten los mínimos derechos laborales y sindicales en sus deslocalizaciones.

El movimiento sindical, en especial el de los países desarrollados es imprescindible para dar cobijo y protección al sindicalismo de unos países donde este sindicalismo tiene ninguna protección legal o es directamente ilegal y perseguido. Y donde los sindicalistas sufren desde la pérdida del trabajo, al encarcelamiento, la tortura e incluso el asesinato y la muerte.