Rajoy saca a los nacionalistas del lazareto

22 de julio de 2016 (01:00 CET)

En Madrid hay un calor espeso y sofocante; un bochorno de tormentas reprimidas que inunda el ambiente de un estado de galbana, de pereza insustancial que invita al dolce far niente, un concepto sabio italiano que invita a abstenerse de cualquier compromiso o dedicación para dejarse llevar por la desidia. Los argentinos, que tienen un alma dividida de gallegos e italianos, inventaron otro concepto complementario con los anteriores: hacer fiaca, referido expresamente al aislamiento de no hacer nada. Solo respirar.

El clímax está producido fundamentalmente por el hastío político. La gente no soporta ver a Mariano Rajoy, precisamente haciendo fiaca, esperando que le caiga del guindo y le sea entregada la forma de investirse sin mover un dedo.

En este ferragosto anticipado hay algunas pequeñas grandes noticias. Aunque creo que me estoy poniendo pesado con el léxico, les recordaré que ferragosto es el estado catatónico en que caen los romanos en ese mes y se escapan a la playa o a la montaña.

Por fin se van diluyendo los vetos. Se habían instalado en el imaginario un vademecum de infectados a los que no podías tratar en absoluto. Eran los partidos y los líderes que se habían enviado al lazareto porque se estableció que contaminaban la vida democrática. Algo increíble en la política moderna y europea.

Si un líder constitucionalista se atrevía a entrevistarse con un dirigente nacionalista, especialmente catalán, de los que quieren acabar con la unidad de España, quedaba automáticamente estigmatizado. El veto se ha levantado porque el PP, patriotismo en estado puro, ha pactado con nacionalista vascos y catalanes, algunos votos para quedarse con la presidencia del Parlamento. Magnífica noticia. A partir de ahora, una vez roto el estigma por Mariano Rajoy, se podrá recuperar el debate político sin segregaciones.

Parecería obvio tener que recalcar que un partido, cuando es legal y cumple los preceptos de inscripción en el registro, pasa a ser legítimo por muy lejanas que sean las ideas de quien se atreve a enjuiciarlo. Del mismo modo se ha acabado, o está a punto de suceder, que Ciudadanos vete al candidato del PP después de haber ganado dos elecciones seguras. Es el líder que quieren los militantes y votantes de ese partido y no debiera haber más que hablar.

Insisto, porque cuando se instala la vigencia de un estigma sin fundamento cuesta mucho disolverlo.

Ni siquiera han hablado todavía con los nacionalistas sobre la forma de resolver el conflicto catalán. No sé en que pone en riesgo la unidad de España que el PP negocie con los nacionalistas vascos y catalanes el reparto de sillones en la mesa del Congreso salvo que se les hubiera concedido el derecho a la independencia, que obviamente no es el caso. A partir de ahora, en consecuencia, ya no hay vetos tácitos o explícitos en la política española.

Los líderes de Ciudadanos tendrán que recapacitar sobre su abrumadora insistencia en que si ese pacto se hubiera realizado se negarían en redondo incluso a la abstención en la investidura de Mariano Rajoy. Lo están repitiendo en esta asfixiante atmósfera madrileña tanto que les costará más rectificar. Y tendrán que hacerlo.

La semana que viene, el rey abre ronda de consultas con los líderes políticos. Es un ejercicio obligado pero inútil en esta primera fase. No dan los números para una investidura de nadie. Y por lo que sé, el rey, en esta ocasión, si no observa compromiso suficiente en los partidos para que pudiera investirse un candidato, no se lo encargará a nadie. Quedará para después del verano otro proceso de consultas reales, mientras Mariano Rajoy se pone de verdad a negociar con recado de escribir.

Para mí lo razonable sería que Ciudadanos pactase entrar en el Gobierno con el Partido Popular. Es su espacio natural y la forma de demostrar que el nuevo partido nacional tiene una razón de ser. Claro que le haría un favor impagable al PSOE, si con ese acuerdo le aliviase de la necesidad de una abstención. Si Rivera se pone exquisito en su veto a cualquier acuerdo con los nacionalistas, incluida la abstención a Mariano Rajoy, Ciudadanos se quedará sin espacio político en una carrera a la irrelevancia.

Me atrevo a caminar por las calles de Chueca escapando del calor, fundiéndome con las sombras. No encuentro a ningún parroquiano que me compre un rato de conversación política. Intento un mensaje apocalíptico, invocando el terrorismo, la suspensión de la carta de derecho humanos en Turquía, los peligros del brexit y la posibilidad real de que Donald Trump llegue a ser presidente de los Estados Unidos.

Un ciudadano cabreado me recuerda que  está haciendo fiaca. Me dice que le vaya a ver en septiembre. Aquí, ya se ha cerrado el quiosco.