Rajoy, o cómo gobernar ahora sin ataduras ideológicas

03 de octubre de 2016 (01:00 CET)

Mariano Rajoy no las tiene todas consigo. Duda. El PP ha asistido al desplome del PSOE, con la batalla interna de la última semana y con el colofón traumático de este sábado en el comité federal, con el susto en el cuerpo. ¿Por qué? Porque una gestora, una dirección provisional para el PSOE que dirigirá el presidente de Asturias, Javier Fernández, no garantiza la solidez de un grupo parlamentario de 85 diputados a lo largo de una legislatura, aunque se supone que antes el PSOE tendrá otro líder y habrá celebrado un congreso clarificador, y dificulta los acuerdos.

Aunque la tentación de Rajoy pudiera ser la de no aceptar la abstención del PSOE, reclamando mayores condiciones para poder tener claro que podrá gobernar con cierta holgura, el líder del PP no puede forzar unas terceras elecciones después de lo que le ha pasado a los socialistas. Sería jugar un partido contra un equipo diezmado, sabiendo que ya cuenta, de inicio, con un marcador a favor.

Lo que se plantea ahora en España es un gobierno del PP, después de año de parálisis, que se verá forzado, eso sí, a negociar en el Congreso con Ciudadanos y con el PSOE, y partidos nacionalistas, como el PNV, que, previsiblemente, también se abstendrá.

Pero esa es la ventaja del PP y de Mariano Rajoy, que no tiene las ataduras ideológicas que sí han hecho mella en el PSOE.

Lo que le ha ocurrido a los socialistas no es característico de España. La socialdemocracia no sabe cómo gestionar un cambio en el modelo productivo, que ha provocado que las grandes multinacionales hayan sabido –abusado en muchos casos—aprovechar los resortes de la globalización, sin que el poder político se haya adaptado. En el caso del PSOE el gran fracaso que ha cosechado arrancó en mayo de 2010, cuando Rodríguez Zapatero fue incapaz de explicar cómo y por qué había aceptado modificar toda su política económica, forzado por la Comisión Europea.

Luego llegó Rubalcaba, y Pedro Sánchez, con problemas añadidos. Y es que el espectáculo de este sábado se debe en gran medida a la trampa de Sánchez de ligar sus intereses personales con las exigencias institucionales, y es que España necesita un gobierno desde el 20 de diciembre de 2015.

Si el PSOE precisa de un congreso donde se debata con fiereza, si es necesario, sobre qué ofrece al conjunto de España para modernizar todas sus instituciones y mantener la idea del progreso social, acompañado del crecimiento económico, éste no se puede preparar en un mes de diferencia.

Mientras todo eso pasaba, con la irrupción de un movimiento social en las calles, el 15M, que derivó en la creación de Podemos, el PP seguía ahí, con Mariano Rajoy, con graves problemas de corrupción, pero lidiando la situación como podía y con una gestión –ayudada por el Banco Central Europeo—que ha permitido levantar tímidamente la economía.

Y, aunque el PP corrió riesgos parecidos al PSOE, éstos no se han concretado. Ciudadanos no es ahora el partido que puede erosionar al PP, como sí lo ha sido Podemos respecto al PSOE. El PP de Mariano Rajoy –y por ello lo criticaron los aznaristas— no tiene ataduras ideológicas. Puede subir impuestos y bajarlos, puede ser socialdemócrata y ofrecer recetas liberales; utiliza algunos símbolos para retener a su derecha social –la cuestión del aborto—y los deja de lado en cuanto percibe que le van a restar. Y el partido de Albert Rivera ha dejado de constituir un riesgo, porque el PP sabe –Arriola-- que los ciudadanos acaban votando, cuando están muy hartos, a los gobiernos establecidos, porque, al menos, gobiernan. Y si más o menos lo hacen bien, tienen premio, como ha ocurrido en Galicia y Euskadi.

Esa es la ventaja de Rajoy, que podrá demostrarlo ahora, en una legislatura, --cuando lo decida la gestora del PSOE—que será complicada, que le obligará a acuerdos y a cesiones.

En la izquierda, eso es otra cosa. El problema ahora para el PSOE es si, esta vez, será o no un punto de inflexión, porque Podemos también sigue ahí. La dirección socialista creyó que nunca pasaba nada, que un cierto colchón de votantes siempre los tendría, aunque no protestara ante las directrices de Bruselas. Pero a veces pasan cosas.