Mariano Rajoy ha afrontado el pleito catalán con prudencia y serenidad, y eso se ha visto, erróneamente, como un defecto. EFE/

Rajoy en la intimidad con el referéndum de fondo

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Rajoy está dispuesto a impedir el referéndum y pide que no haya equidistancia en esa cuestión, sin ofrecer por ahora ninguna salida

Manel Manchón

Mariano Rajoy ha afrontado el pleito catalán con prudencia y serenidad, y eso se ha visto, erróneamente, como un defecto. EFE/

Barcelona, 30 de mayo de 2017 (09:55 CET)

Mariano Rajoy quiere tomarse el problema catalán con mucha calma. Se le puede reprochar, y así lo hace una parte del empresariado catalán, que esa calma haya sido la protagonista desde el inicio del proceso soberanista. En ningún momento ha querido Rajoy asumir el reto que se le planteaba desde el soberanismo catalán. Y tiene sus razones. Pero ahora, en la recta final, tiene claro que lo peor sería la precipitación y tomar medidas que acabaran siendo contraproducentes.

Ese Mariano Rajoy en la intimidad, el que han conocido unos pocos interlocutores, pregunta más que responde. Esos interlocutores aseguran que el presidente del Gobierno pide que cada uno se ponga en su lugar, y que verbalice cómo actuaría con un presidente de la Generalitat que no ha sido elegido, que no tiene nada que perder, que confunde –de forma voluntaria—todos los conceptos, y que juega con los sentimientos sin pensar en las consecuencias.

Es el Rajoy que se pudo escuchar en las jornadas económicas de Sitges, organizadas por el Círculo de Economía. El que, ya relajado, departió con algunos asistentes y consideró que lo más importante es “no cabrearse”, no actuar con celeridad sin antes valorar todos los caminos posibles. Pero es el mismo Rajoy que, esta vez, no aceptará que se celebre un referéndum de autodeterminación, y que pide que se dejen las posiciones cómodas, una equidistancia que, en realidad, a nadie beneficia.

Rajoy asegura que lo principal es no cabrearse y adoptar las medidas mínimas

Rajoy sabe que en algún momento el Gobierno que preside deberá abrir una negociación, y no se cierra a una reforma de la Constitución que tuviera unos límites claros, y que contara con las mayorías necesarias. Pero reclama que, antes, se plante cara al intento de celebrar un referéndum que no cabe en la Constitución. Lo que está pidiendo es que la sociedad civil catalana –la que quede en pie—abra los ojos y rechace el proyecto del gobierno de Carles Puigdemont.

Y ese es el verdadero problema de Cataluña. Rajoy en la intimidad desnuda al conjunto de la sociedad catalana. No vale ahora contraponer la situación con la del resto de España –donde también hay problemas importantes. Si estamos abordando el caso catalán, hay que incidir en una sociedad catalana que no distingue entre un estado de derecho y un proyecto secesionista rupturista. Y eso es grave.

Las reacciones de esa sociedad civil, sus colegios profesionales, sus universidades, sus patronales, sus medios de comunicación, sus entidades cívicas y culturales, sus principales intelectuales y economistas, no acaban de ser claras. Lo que está en juego es si se respeta o no la ley, la Constitución que la gran mayoría de catalanes votó en 1978.

El Rajoy en la intimidad sabe que, después de parar el referéndum, deberá buscar acuerdos

Rajoy actuará. Pero no lo hará Rajoy, ese Rajoy persona, con copa de vino en la mano, que departe con serenidad sobre los retos de la Unión Europea, en un entorno educado en el Círculo de Economía. Lo hará el Estado, las estructuras de un estado de derecho y democrático, homologable a las principales democracias del mundo.

Y después, eso sí, deberá llegar la mano tendida, la negociación y el acuerdo. Porque esas movilizaciones sociales en Cataluña no se han producido por capricho aunque se hayan utilizado de forma partidista. Y eso sí que lo debe entender el Gobierno de Mariano Rajoy. El Rajoy en la intimidad lo ha reflexionado y lo asume.