¿Podrá Rajoy hacer de tirio y de troyano?

01 de noviembre de 2016 (20:30 CET)

Mariano Rajoy es una persona de orden, como corresponde a un registrador de la propiedad que se precie. Ha mejorado mucho como parlamentario, incluso modernizando su retranca. Consigue suscitar simpatías en la forma que ironiza y utiliza el humor. Es más brillante y más humano con la ironía que con la crítica mordaz.

Creo sinceramente que ha aprendido mucho en sus largos años de gestión, como ministro y como presidente de gobierno. Ha asimilado que quien manda en el tiempo controla la situación.

Lo demuestra muy a menudo. Goza de dominar el tiempo, incluso cuando promueve desesperación en su propio partido. Se tomó un largo fin de semana para contestar a la oferta de pacto con Ciudadanos y ahora ha disfrutado del puente de Todos los Santos para dar a conocer su lista de gobierno.

En su última intervención parlamentaria generó inquietud sobre la forma en que va a gobernar. Endureció el discurso del primer día de investidura transformando las ofertas en exigencias. De repente, reiteró a lo largo de esa última intervención una amenaza sesgada de disolver el Congreso si no le dejaban aplicar su programa, que de repente se figuró inamovible al diapasón de no estropear los logros conseguidos en la aplicación de su programa de gobierno.

Pero, ¿a qué programa se refería? ¿Al que enarboló en la campaña electoral o al nacido de su acuerdo con Ciudadanos? No es el mismo.

Puede caer en la tentación de amenazar permanentemente con la disolución de la cámara, toda vez que se supone que ni Ciudadanos ni PSOE están en disposición de unas nuevas elecciones que solo beneficiarían al PP. Tampoco parece posible que le hagan con éxito una moción de censura, a la vista de la incapacidad de Ciudadanos y de Podemos de entenderse mínimamente.

Esa es una suposición relativa. Depende de a quién culpen los ciudadanos de esa eventual nueva convocatoria. Si la achacan a la intransigencia o al incumplimiento de Rajoy del pacto con Ciudadanos, le pueden pasar factura.

En las primeras semanas vamos a saber de qué va Mariano Rajoy en esta presidencia de Gobierno. Bueno, la primera pista nos la dará el jueves con la composición de su gobierno. Si se repiten caras que están tocadas, mala señal. Si se produce el dislate de sostener a Jorge Fernández Díaz en la cartera de Interior o incluso en otro ministerio, mala señal. Para empezar, el todavía ministro en funciones tendrá que hacer frente a una comisión de investigación parlamentaria sobre los affairs en casos de utilización de una policía política.

También está tocado Cristóbal Montero, con el déficit fiscal que promovió su reforma fiscal instantánea para lograr beneficios electorales.

Si no rejuvenece su gabinete y le da un perfil mucho más político, como le piden desde dentro de su propio partido, las cosas pintarán de una  forma complicada para quien tiene la obligación, si quiere prolongar la legislatura, de un gobierno de pactos y acuerdos.

Tiene compromisos a fecha fija con Ciudadanos, que se verá obligado a exigir el cumplimiento de lo pactado para no caer en la irrelevancia y el ninguneo. La primera gran prueba de ese acuerdo serán la negociación de unos presupuestos para 2017.

El PSOE ha anunciado una oposición dura pero constructiva. Lo que significa vender a buen precio su apoyo, sobre todo en lo que contemplen los presupuestos, la reforma educativa y las medidas relacionadas con la modificación de la legislación laboral.

Poco más podemos decir a estar horas, en espera de que Mariano Rajoy se desperece del puente que está disfrutando. Rajoy es dueño del tiempo pero solo hasta que se le acabe. Y hay citas fijas que no pueden esperar indefinidamente. Los presupuestos, es una de ellas, pero no solo.

Una vez que conozcamos el jueves la composición del gobierno tendremos una pista. Y en pocas semanas, sabremos si un registrador de la propiedad, una persona de orden, es capaz de entender que ya no tiene la sartén por el mango.