El estadista Pérez Rubalcaba

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CiU colaboró con Pérez Rubalcaba de forma estrecha, contribuyendo a la estabilidad del Estado, como se formula en Cuando pintábamos algo en Madrid

Alfredo Pérez Rubalcaba, en el Congreso./EFE

18/04/2017 - 12:22h

“No sabes cuánto te echo en falta”, fue el correo electrónico que recibí de Alfredo Pérez Rubalcaba el 4 de noviembre de 2005. Yo ya me había apeado de la política activa y el plenario del Congreso de los Diputados había aceptado a trámite, dos días antes, la proposición de ley relativa a un nuevo Estatuto de Autonomía para Cataluña. Seguí el debate y me gustó especialmente la intervención del entonces portavoz del Grupo Parlamentario Socialista. Le envié un e-mail de felicitación y de ahí su reproducida respuesta.

Conocí a Pérez Rubalcaba cuando era secretario general de Educación en el ministerio que encabezaba José María Maravall en los primeros gobiernos de Felipe González. En concreto, como dejé escrito en mi libro Cuando pintábamos algo en Madrid, (ED Libros), con ocasión del procedimiento parlamentario que dio lugar a la Ley Orgánica Reguladora del Derecho de Educación.

Fue un intento de los socialistas para revivir el serial que firmó el profesor Peces Barba en la ponencia constitucional y fuera de ella, pues filtraron a El País un avance de la misma que les sirvió de excusa para ausentarse de los trabajos y montar un pollo de mil demonios con la disyuntiva del derecho a la educación versus libertad de enseñanza por en medio.

Con Rubalcaba CiU trabajó codo con codo, hicimos de cayado de Estado

Por poco no les excomulga la Conferencia Episcopal Española y por poco menos no se va al garete la reconversión de la legislatura en constituyente.

Pérez Rubalcaba y yo trabajamos codo a codo para asear un proyecto legislativo que ciertamente rompía en dos a la sociedad española y encima también podía hacerlo respecto del consenso heredado de la etapa constituyente. Un acuerdo en el desacuerdo que también sirvió para desarrollar mediante ley la casi totalidad de los preceptos contenidos en la Carta Magna.

También en esta tramitación legislativa, CiU hizo de cayado de Estado para equilibrar internamente el futuro texto legal, resituarlo en el confortable espacio constitucional y favorecer las competencias estatutarias que en materia educativa se habían otorgado a la Generalitat de Cataluña. Catalanismo cristalino.

Desde entonces, y a pesar de las cercanías o de las lejanías que irían imponiendo la carrera política de Alfredo, así como la mía en el ámbito estricto de la Cámara Baja, mantuvimos no sólo una relación de proximidad para el pacto, sino de amistad tan sincera como respetuosa.

Fue de nuevo muy intensa cuando presidí la comisión de investigación del “caso Roldán” siendo Pérez Rubalcaba ministro de la Presidencia de Gobierno. Siendo mi grupo político, CiU, socio parlamentario del PSOE, asegurando la gobernabilidad del Estado, nunca recibí indicación suya.

Por el contrario, a petición mía y mediante Decreto-Ley, se removieron algunos obstáculos legales que impedían recibir del gobierno no poca documentación, alguna clasificada como “confidencial”, que resultó clave para nuestras indagaciones. Y también fue provechosa nuestra compartida presencia en la Mesa Antiterrorista de Madrid.

Rubalcaba no fue presidente del gobierno de iure, pero sí de facto

Lo fue casi todo en el gobierno porque siempre fue un hombre de Estado en posesión de las virtudes y de los defectos que conlleva creer en el arte dello Stato hasta el punto de practicarlo.

No en vano fue el encargado de mantener contactos sobre ETA con el gobierno Aznar a raíz de la tregua de 1999 y sus encubiertas negociaciones, de firmar con el PP el denominado Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo apenas un año después y de cambiar el rumbo de la lucha antiterrorista como ministro de Interior a partir de abril de 2006 con algo más que aquello tan sabido del palo y la zanahoria.

Gracias a su labor, siempre silente, ETA anunció ese mismo año y lo repetiría en 2010, que abría un paréntesis en su “lucha armada”. El alto al fuego definitivo se produciría pocas semanas después de que mi amigo Alfredo dejara la vicepresidencia del gobierno y la jefatura del Ministerio de Interior. En esta materia tan escabrosa aún vivimos hoy de su labor impecable nunca reconocida.

Cántabro, nada dotado para la demagogia, convincente siempre, no llegó a presidente del gobierno. No lo fue de iure, pero ejerció (¡Y vaya si lo hizo!) de facto. Cosa de los electores.