Meditaciones kitsch 

17 de noviembre de 2016 (06:00 CET)

En todo el mundo surge un clamor contra el magnate de las Vegas, convertido por el incienso de los votos en presidente/cardenal de la nueva moral americana y su política. Sus credenciales son amplias, todas centradas en despreciar al contrario y considerarlo impuro. El clamor intelectual bascula entre la perplejidad, el asombro y el convencimiento de que lo grave no es Trump sino aquello que representa.

Hoy la bajeza eleva al pueblo como antes lo hacían los sueños de Luther King o Kennedy. La herencia de Obama es Trump. El desconcierto no debería centrarse en su triunfo, sino en cómo y porqué lo ha logrado. Su estrategia está basada en debilitar la democracia hasta dejarla sin aliento y, por fin, apropiarse de ella tras las votaciones.

Su gran contribución es establecer el nuevo canon de democracia, consistente en demostrar que es mejor servirse de ella, y reducir su campo de juego, que servirla.

Observo una fotografía de Trump en su ático dorado de Nueva York. Está sentado en un trono dorado y blanco junto a su esposa, que lleva un vestido rosa pálido que se balancea en el aire. Al otro extremo de la imagen, vemos a uno de sus cinco hijos subidos a un gran león de peluche y, a los pies del fiero león, unos cochecitos de juguetes que reproducen limusinas y coches deportivos de alta gama.

Esta sola fotografía muestra hasta qué punto lo kitsch ha triunfado en nuestra sociedad. Una chapuza estética, vulgar, insípida, que desnaturaliza la belleza hasta el extremo de dejarla sin energía para emocionar.

Se hablará mucho de que ahora Trump, ya presidente, moderará sus pulsiones de fealdad para ser aceptado en la comunidad internacional y, de esta forma, hacerse perdonar su oratoria. Se nos dirá que, una vez ganadas democráticamente las elecciones, debemos aceptarlo y ser indulgentes con sus abusos. Pero lo que deberíamos hacer es recordar que el fin no legitima los medios empleados.

La fotografía retrata una familia alejada de la realidad de las personas, aquellas que circulan bajo su torre de oro. Aplaudir su discurso, más cínico que sincero, dando aliento a Hillary Clinton por su trabajada derrota, retrata a buena parte de la política internacional y a un gran número de comentaristas que reclamaban rectificación.

Si, cinco minutos después de haber ganado las elecciones de EEUU, el mundo intelectual, político y económico normaliza el fenómeno Trump, es lógico llegar a la conclusión de que no es que haya triunfado la estética Kitsch; es que ya vivimos en ella.