Los encargos de Mas para ser un nuevo Pujol

13 de marzo de 2016 (21:00 CET)

La confusión que vive Convergència Democràtica es la que experimenta también el conjunto de la sociedad catalana. Todo está revuelto. Las ideologías se tambalean, porque los tiempos nos superan de forma constante. Una de las pruebas de fuego la tendrá ahora Josep María Álvarez, nuevo secretario general de la UGT. Ya no se trata de su posición sobre el problema catalán, sino de la defensa de unos trabajadores que no se afilian, que se dan de alta de autónomos para autoemplearse, en el mejor de los casos. La defensa de cada vez menos trabajadores, porque el sistema productivo los expulsa, con mejoras constantes en la productividad.

Artur Mas, por tanto, que quiere seguir liderando el proceso de refundación de Convergència, lo tiene complicado. Precisamente porque nadie sabe, ni él mismo, el papel que debería ocupar una fuerza política que, pese a nacer ligeramente inclinada al centro-izquierda, --cuando Jordi Pujol miraba a Suecia en los años setenta—acabó enmarcada en el centro-derecha, con acento neoliberal.

El caso es que Mas ha ideado una fórmula. Considera que Convergència puede volver a ser lo que fue, aunque después de haber dado un pasito adelante, con su posición a favor de que Cataluña tenga estructuras de Estado. Lo que se interprete como Estado, eso es otra cosa. Para Mas puede ser un Estado asociado, o una parte de España con gran autonomía, que pasaría, como primera medida, por una independencia fiscal.  

El historiador Agustí Colomines, colaborador de Economía Digital, considera que Convergència se debería dejar ya de "ambigüedades", y que ahora no puede pedir el apoyo de catalanes que no quieran la independencia, pero sí la soberanía, lo que implica poder pronunciarse en un referéndum de autodeterminación. El historiador entiende que el gran problema de CDC es la credibilidad.

Y lo que añadimos es que, precisamente, esa credibilidad debe centrarse, si Mas aspira a que CDC sea, de nuevo, un agente central, no únicamente en el ámbito nacional, sino en el ideológico. A diferencia de Colomines, lo que se le pide a CDC es conocer qué defiende para la sociedad catalana, qué modelo de sociedad, una sociedad que se transforma cada día, como el resto del mundo, y que puede experimentar un terremoto en el sistema productivo, como se señalaba respecto a Josep María Álvarez y la UGT. Estamos cazando moscas mientras el mundo se mueve a gran velocidad.

Lo que parece que Mas pretende es una mutación en un nuevo Jordi Pujol, que, --con todas las diferencias, evidentes, de todo tipo—para que CDC sea todo al mismo tiempo: soberanista, pero no del todo, de centro-derecha, pero no del todo, conservadora, pero no….   Y con esas ha ido encargando papeles: Germà Gordó defiende la vía pragmática; Josep Rull el alma socialdemócrata y soberanista; Jordi Turull la ortodoxia de la organización, y Fernández Teixidó el alma liberal, con el ánimo de seguir conectado a España. Con la idea de que todo confluya, después, desde proyectos aparentemente distintos, en una nueva CDC.

¿Es posible, después de todo lo que ha ocurrido? Y lo más importante, ¿todos esos actores, conectados hasta ahora a CDC, querrán seguir las instrucciones, o alzarán el vuelo por su cuenta?