Los clichés de una izquierda caduca

31 de marzo de 2016 (13:50 CET)

Una mirada a la trayectoria de la izquierda que emergió el 15M y ganó después amplios espacios de poder en las administraciones arroja un balance confuso, a medio camino entre las propuestas rancias y las ansias de modernidad, entre una cierta honestidad y una ingenuidad que acaba dañando los intereses legítimos, hasta de los ciudadanos a los que pretenden defender.

Probablemente estemos ante la contradicción que supone por un lado las exigencias vitales de las nuevas generaciones y por otro el seguir anclados a iconos del pasado, tal vez por una cierta incapacidad para analizar correctamente el presente.

Son sensibles ante las graves deficiencias que presenta la sociedad actual -aunque su status es seguramente mucho mejor que el de sus padres- pero carecen de propuestas coherentes para cambiarlo. Más lúcidos en lo que rechazan, que en cómo cambiarlo. Por ello, se refugian en viejos clichés y manidas descalificaciones y respiran con más facilidad en la denuncia que en la construcción.

Quizás a partir de estas consideraciones podamos entender su afán por sobresalir en base a retiradas de retratos de la Monarquía, desaires institucionales a otras autoridades, cambios improvisados en fiestas tradicionales como la de los Reyes Magos o la Semana Santa, o el último y muy llamativo desdén al Ejército, como el que protagonizó Ada Colau.

En su fácil imaginario, el ejército español es una herencia insufrible del franquismo, la labor política desde la transición no ha sido más que pegamento para mantener el status quo opresor, los fondos de inversión son buitres carroñeros a la caza de pobres desvalidos, entre otros muchos ejemplos, y les resulta imprescindible mantener comités antifascistas sin que parezca que se estén dando cuenta de verdad de por donde vienen los nuevos aires totalitarios.

Clichés que tal vez les reconforte, pero que desgraciadamente les equivoca. Contra lo que creen, el ejército es hoy una institución encuadrada en el orden constitucional y se rige por los mismos principios democráticos que el resto de la sociedad; los fondos son unos instrumentos extremadamente útiles en nuestro engranaje económico actual, etc.…

Que la carrera de Ada Colau haya despuntado como activista antidesahucios, desde luego no ayuda a esclarecer los conceptos anteriores. Si nos ceñimos a los fondos, algo tendrá el agua cuando la bendicen. Y, desde luego, lo que resulta innegable es que su protagonismo en la economía actual ha crecido exponencialmente en los últimos años, y no por las protestas cada vez más débiles contra su actividad.

En España, sin ir más lejos, han ayudado a los bancos y a las viejas cajas a dar salida a unas voluminosas carteras de préstamos que eran inasumibles de otra forma; los fondos muestran una capacidad de maniobra de la que carecen otras instituciones y si analizáramos sin prejuicios su actuación reciente en el sensible terreno de la vivienda observaríamos como, en general, esta mayor flexibilidad les ha permitido ofrecer soluciones a medida a aquellas familias que realmente lo podían necesitar.

Quieren ganar dinero, por supuesto. Es su dinero. Quizás sus condiciones sean más exigentes, pero son las suyas. Si queremos evitarlos, todo lo que se ha de hacer es no pedirles que nos financien. Y el ejército, claro, usa armas y va a guerras, pero no está claro que las hayan inventado ellos. La violencia que ejercen los estados está reglada y responde a las exigencias que la sociedad a través de los mecanismos democráticos de decisión les impone.

Son ejemplos que desde mi punto de vista ilustran esos esquemas desabridos que aún luce buena parte de la izquierda. Estos días, sin ir más lejos, hemos visto titubear a una parte de estos dirigentes a la hora de condenar los atentados de Bruselas. Hemos oído peregrinos argumentos y justificaciones ruines. Asegurar, como hacía el alcalde de Valencia, que no se pueden condenar estos atentados porque al fin y al cabo son una derivada de la guerra de Irak es de una simpleza que espanta.

Condené en su momento esa intervención y me enfrenté a amigos y colaboradores que, por ejemplo, la respaldaban fiándolo todo al aval norteamericano. Creo, como pensaba que ocurriría, que además de injusta esa guerra sólo ha generado más inestabilidad en el mundo. Pero de ahí a no condenar las atrocidades del yihadismo es como no apoyar algunas reivindicaciones de los palestinos porque algunos de ellos crucificaron en su momento a Jesucristo.

Me duele la visión simplista de esa izquierda caduca, porque debilita la política nacional. Me resulta difícil desligar los bandazos del socialismo europeo y la fortaleza de la derecha sin pensar en ese esquematismo que aún guía una buena parte de los postulados de la izquierda, incluso de la que se proclama nueva.