Los trabajadores humanitarios, un blanco cada vez más vulnerable

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Las organizaciones no gubernamentales deben proteger a sus trabajadores humanitarios, que se convierten en objetivos: es el deber del cuidado

Devastación en una calle de la ciudad siria de Deir al-Zor. / Reuters

Barcelona, 31 de marzo de 2017 (21:54 CET)

El pasado 25 de Marzo seis miembros de la organización no-gubernamental Grassroots Empowerment and Development Organisation (GREDO) fueron vilmente asesinados en la República del Sur de Sudán mientras se desplazaban en vehículo.

Siete civiles que viajaban con el equipo de la organización fueron igualmente asesinados. Nadie ha reivindicado la acción, que al margen de ser cobarde, inhumana y sesgar la vida a personas inocentes, es un agravio y una amenaza contra miles de personas necesitadas de asistencia humanitaria.

El ataque contra trabajadores humanitarios crece constantemente. Parece no tener límites, como no los tienen los que perpetran tales actos. La última década, y en especial en recientes años, ha ido escalando el nivel de inseguridad en los diferentes contextos donde trabajan las organizaciones internacionales, y especialmente las humanitarias, dada su particular naturaleza. Asesinatos, secuestros, asaltos y lesiones no son algo extraordinario. Se han convertido en algo cotidiano, por desgracia. Algo que igualmente afecta, en proporciones diferentes, a particulares, empresas e incluso turistas allá donde se desplazan.

Los entornos son cada vez más complejos e inseguros. Caracterizados por la globalización, polarización y radicalización, las consecuencias son imprevisibles. Estos no se corresponden con el patrón tradicional de guerra asimétrica entre estados territorialmente demarcados y con objetivos definidos (relativamente), donde  la violencia es estimulada por un fácil y rápido acceso a las comunicaciones, a copia de patrones y armamento. Paralelamente ha habido un aumento de los conflictos intra-estatales, con dinámicas más complejas y mutables.

Las organizaciones no gubernamentales son percibidas a menudo como objetivos legítimos para atacar

La creciente presencia de  actores no-estatales con objetivos dispares, cambiantes y borrosos  ha dado lugar a un incremento de la criminalidad, que en muchos casos, esta camuflada bajo el paraguas de agendas políticas y reivindicaciones.

Junto a ello, los contextos urbanos, se han convertido en los nuevos territorios de conflicto asociados a  grandes niveles de pobreza, exclusión social, estigmatización y violencia recurrente. Entornos caracterizados por una gran movilidad de las personas, políticamente activos y con acceso a información, dando lugar a un “ecosistema” que produce una gran diversidad de actores. 

Complejidad e inseguridad que abarca con sus tentáculos zonas donde tradicionalmente no existía. La evolución de los entornos operativos ha hecho que las organizaciones internacionales, sus trabajadores y programas se hayan convertido en objetivos, al igual que empresas e instituciones.

Las organizaciones no gubernamentales son a menudo percibidas por los actores no-estatales como competidores y alineados a una de las partes en conflicto.

Esto las conveniente, no sólo en objetivos, sino también en objetivos legítimos a los que atacar. En muchos casos son ataques deliberados y estratégicamente organizados que buscan un fin concreto.

Saber cómo actuar y responder es fundamental. Debemos desarrollar una comprensión de la naturaleza de los contextos hacia donde nos desplazamos y movemos, en particular en entornos de  conflictos no sólo armados, sino también sociales, económicos y de pertenencia.

Las organizaciones deben tener un contrato social con sus trabajadores, el deber del cuidado

Ser conscientes de estas realidades cambiantes y de los diferentes actores que interactúan, así como de sus intereses y estrategias, es esencial. Trabajar y viajar a contextos con altos índices de criminalidad, inseguridad y riesgo requiere de una gestión de la seguridad adecuada.

Pero la gestión de la seguridad no es un fin en sí, sino un instrumento  para ayudar a la consecución de un determinado objetivo. Es más, forma parte del requisito legal de “Deber de Cuidado que las organizaciones, empresas e instituciones deben tener para sus empleados.

Es un contrato social entre las partes que implica tomar todas las medidas razonables para garantizar la salud, seguridad y el bienestar del personal. La gestión de la seguridad, contrariamente a lo que se piensa (y a menudo se ve en la práctica) no es el Deber de Cuidado en sí. Sin embargo, la gestión de la seguridad, sí nos indica el Deber de Cuidado. Sutil diferencia pero esencial.

La falta de un Deber de Cuidado adecuado expone a posibles lesiones y a la interrupción de las actividades, repercutiendo de manera directa en las operaciones, al tiempo que conlleva importantes implicaciones financieras, de imagen y de reputación. Sin embargo, un sólido sistema de deber de cuidado, totalmente integrado en la cultura y las prácticas institucionales, puede mitigar estos problemas, proporcionando una prevención y protección adecuada.

Entender y valorar la importancia de la gestión de la seguridad no implica tener que enfrentarse a ella, sino incorporarla a uno mismo y a la cultura institucional. Un sistema robusto permitirá aprovechar más los desafíos y las oportunidades, en especial en contextos complejos con índices elevados de violencia y riesgo.

 

(Diego Guerrero Oris nació en Montevideo (Uruguay). Licenciado en Historia y Geografía, y Ciencias Políticas, ha trabajado durante más de 20 años en cooperación internacional con varias organizaciones como Médicos Sin Fronteras y  Naciones Unidas.  Actualmente es Consultor y Analista independiente especializado en análisis geopolítico y de seguridad, gestión de riesgos, democratización y gobernanza,  ayuda humanitaria y desarrollo).